Cali, tercera de Feria

Tarde para no volver a los toros

Texto Rodrigo Urrego

Fotos Rodrigo Urrego B. y Diego Caballero.

 

 

Pocos sabían que Paco Perlaza, torearía su última corrida en la plaza de toros de Cañaveralejo

Pocos sabían que Paco Perlaza, un torero que se da el lujo de teneren su casa dos trofeos del Señor de los Cristales, torearía este 28 de diciembre su última corrida en la plaza de toros de Cañaveralejo. Sí, podría ser una inocentada. Pero el torero ya lo tenía decidido y horas antes de la corrida empezaría a revelarlo.

Precisamente, en la noche de la víspera, publicó en su perfil de Facebook un mensaje que tenía un significado oculto. “Solo Dios y mi familia saben porque esta noche es tan diferente a todas las anteriores antes de torear”. Y solo unas horas antes de la corrida parecía revelar el significado. “Ya a punto de vestirme de torero con toda la ilusión del mundo y con ganas de dar una buena tarde de toros en mi último paseíllo en Cali”.

Probablemente en su cabeza tenía pensado un guión para despedirse de la plaza donde nació, donde se hizo torero y donde se formó como persona. Probablemente soñaba con un nuevo azulejo en el patio de cuadrillas, donde su nombre está en casi una decena de placas que certifican las veces que se ha marchado a hombros.

Pero la realidad fue otra. Más que a una despedida, Paco Perlaza pareció comparecer a un juicio final. Porque desde que se abrió de capa con el primer ‘mulo’ de la tarde, empezaron a sonar algunas voces que llegaron a la plaza con el único propósito de increparlo. Hasta algunos tuvieron el tamaño atrevimiento de gritar ‘toro, toro’ para fustigarlo injustamente.

Más allá de esa compleja atmósfera, los toros de Las Ventas terminaron por amargar aún más una tarde que para el torero se vislumbraba especial. El primero no se movió, parecía sufrir de una profunda depresión, deambulaba en el ruedo sin ganas de vivir, sin fuerzas para embestir.

 

Así fueron por lo menos cinco de los seis que arruinaron la tarde. El cuarto, el último de Perlaza en Cali, ni siquiera se conmovió con el hambre del torero que quería de cualquier forma sacarle un pase. Y de nuevo los pitos de un tendido que se saborea con masacrar a los toreros que tienen el pasaporte colombiano, y a derretirse sin concesión por cuanto hagan los que hablan con una zeta atravesada. Por lo menos que el toro se moviera para que esos pitos fueran justificados. Igual Paco se las rebuscó para arrancar alguna arrancada. Pero fue insuficiente para que se despidiera sin el reconocimiento de quien ha sido dos veces amo y señor de la feria de Cali.   

Aparte de esta historia, la tercera corrida del abono fue un atentado a la esencia de la fiesta. Daba pesar, y también rabia, ver salir uno a uno a esos toros para pasearse por el ruedo sin iniciativa, sin ganas de vivir. Si en la corrida de Ernesto González tres toros partieron plaza como una exhalación tan pronto se abrió la puerta del chiquero, los de Las ventas había que empujarlos para que por lo menos dieran un paso para adelante. Eran soldados que se asustaban de ir al frente del pelotón de batalla.

Por eso tampoco Sebastián Castella pudio disfrutar de su regreso a Cali, la plaza que lo catapultó a la cima, donde a punto estuvo de perder la vida cuando toreó con una costilla perforada en su pulmón, de donde se ha ido con tres señor de los cristales, y donde fue la piedra angular cuando la feria de Cali atravesaba una crisis de la que apenas medió empieza a salir. Por el contrario, se fue inédito. Hasta con la muleta desarmada.

El Fandi pudo haber maquillado la tarde. Bien se pudo ir con alguna oreja de más de la que el palco le regaló tras una faena insulsa, sustentada en el movimiento ágil de sus piernas, y rematada con un pinchazo y un violento  bajonazo. Al quinto, que se cansó de embestir sin gracia, sin emoción, hasta le pidieron el indulto, sí el indulto. Ese mismo público que dos días antes no había hecho nada para que el toro Bujón de Paispamba, el mejor toro de muchas ferias, se fuera sin reconocimiento y en medio de la indiferencia al destasadero.  

La tarde fue de esas con las que cualquiera se podría llenar de argumentos para no volver a los toros. De hecho Perlaza tomó ese camino, y al parecer no volverá a los toros, vestido de luces, en Cañaveralejo. De hecho, cuando se quitó su vestido sangre de toro y oro, escribió en su Facebook: "Es una pena estrellar las ilusiones en una pared,  cuando el rey de la fiesta no va a la cita es imposible sentirte torero".