Medellín, novillada de Feria

¡ABRAN PASO QUE VIENEN JUAN Y ANDRÉS!

Por Víctor Diusabá Rojas, Columnista invitado

Fotos Rodrigo Urrego B.

 

 

Sí, abran paso, pero no para el futuro remoto sino para el presente que está a la vuelta de la esquina. Abran paso porque dos niños con caras de hombres maduros quieren hacer el toreo, muy a pesar del viento fuerte que sopla en contra en estos tiempos y más allá de la marea alta que también se llama crisis.


Se llaman Andrés Roca Rey y Juan de Castilla, son americanos para más señas y esa huella que dejaron a su paso por La Macarena en la novillada que abrió la feria, quizás sea mañana el punto de partida de dos carreras que apuntan al firmamento y quién sabe si también una rivalidad de aquellas que tanta falta le hacen a la fiesta. Rivalidades auténticas, de las que sacan chispas y apasionan a los tendidos.


De hecho, ya están en dos orillas. Andrés es Andrés y Juan es Juan. Los une la ambición de comerse el mundo a punta de temple y valor, los separa esa necesidad de imponerse, de ganar la pelea y de arrebatar si es necesario.


Medellín, la Medellín taurina, fue a ver a su hijo, a Juan de Castilla, ese mismo que quiere ser su torero, el torero de la ciudad. Y se encontró con un torrente de emociones que brotaron del azul celeste y oro de Juan para conmover a quienes esperaban mucho pero no tanto.


 Por ejemplo, que los naturales a ese tercero de la tarde de la ganadería de El Paraíso, y que sacó buena calificación, se cuajaran con verdad y salieran largos, como dibujados por las manos más sabias. O que los remates de pecho permitieran contar los segundos de su infinita largura. Y que, por momentos, Juan se abandonara para disfrutar de esos recortes con que despedía las embestidas. Hubo torería y poder para mandar. Y resolución para echarse encima y cobrar, tras una muerte de bravo del novillo del maestro Pimentel, esas dos orejas con las que había soñado estos largos meses en rincones de España donde le ido ganando a la incredulidad con lo único que se le puede ganar, con hechos.


El otro Juan fue el del sexto. A ese fardo de violencia que apareció para el adiós, el novillero le plantó cara, porque no había otra forma diferente de ganar la pelea. Igual lo hizo con la taleguilla entero o hecha trizas, y sustituida por el pantalón vaquero que tapó las señales de un intento de cogida en tres tiempos. Valor le echó Juan. El novillo no, más bien prefirió andar descompuesto y sin brújula.  Igual, a esa altura, ya Juan se había parado en el techo de la plaza para decir ¡presente!

Andrés Roca trajo también todo lo que carga en esa cabeza, a la vez tan joven y  tan llena de recursos.  Su capote quiere ser de esos que se ponen en los videos de las escuela as escuelas de torerillos. Con él no solo se luce sino que avanza en firme en la tarea de dar con el fondo de lo que le tocó en suerte.  Pudo cortar una oreja; quizás, dos; de pronto, tres, pero se fue en blanco, mordiéndose los labios.

Le tocó lo peor y la espada no cumplió, ni en el primero suyo, segundo de la tarde, en el que estuvo superior y pasó de buenos trazos a una muestra de valor seco de esas que asombran. Tampoco en el otro, un manso con peligro, dio con el lugar para dejar bien puesto el acero.


Más allá de que Santiago Sánchez no pudo estar a la altura de las exigencias del mejor novillo de la corrida, el cuarto, la Feria supo decir ¡bienvenidos!. Eso sí, no olviden: abran paso, Juan y Andrés quieren hacer historia y lo mejor es que ya comenzaron.