Medellín, festival

El temple, un bálsamo

 

Por Víctor Diusabá Rojas, Columnista invitado

Fotos Rodrigo Urrego B.

 

Al cierre del festival de antenoche le pregunto a César Camacho – el torero, el ganadero de campo, el forjador, el aficionado – qué es el temple. Y, sin sospechar para dónde voy con mi interrogante, me responde ahí, contra un rincón de esos en que se resguarda de la lluvia que cae por la inmensa rendija del techo abierto de La Macarena: “es el bálsamo que todo lo cura”.


Sí, torero, le creo. Incluso, así acaba de suceder en este ruedo que se ahora queda solo mientras los toreros, en manada, se marchan en pos del descanso, que bien ganado lo tienen luego de que, en general, han hecho eso mismo, templar, templar mucho, para sacar adelante una noche en la que esa virtud curó muchos defectos de La Carolina, cuando hubo que curarlos, o acompañarlos en esos instantes en que los novillos toros lo permitieron.


Sobre estas últimas, hay que decir que templó Iván Fandiño para disfrutar de las bondades del tercero del festejo, en realidad una sola, esa, su bondad.  El torero de Orduña  encontró temple en la embestida del novillo toro (al que le dieron la vuelta al ruedo póstuma) y a él respondió con  el de su esencia, esa que vimos, y sentimos, en el quite y aquella que alabamos en las series de derecha, pero no menos en los naturales de mano izquierda. El remate tuvo vértigo en las bernadinas, pero lo dicho, dicho estaba.  Las dos orejas premiaron una faena y, más allá, el momento de mayor armonía de todo el festival.
Porque, claro está, uno parte de la hipótesis de que para que haya baile se necesitan dos. A veces, sobra con uno. Digo, si ese uno se llama Julián López El Juli o si le conocen como Alejandro Talavante.  Las dos faenas tuvieron ese don, el de la marca de quien hace el temple contra la adversidad.

Lo de El Juli puede resumirse en ese acto de magia que convierte una muleta y un toro en una sola pieza sin  que se note dónde está el empalme.  Pregunten ustedes a un sastre o a un ebanista y les dirán que por más que se esmere el artista, esa unión queda expuesta, quizás disimulada, sí, pero evidente. El novillo toro fue un problema a resolver porque no tenía finales y quién mejor para  enseñarle a ir en procura del trapo rojo, con una carnada que siempre estuvo a milímetros.  Antes de eso, vale la pena no olvidar esas dos verónicas disfrazadas de chicuelinas de Julián con las que mostró otro tipo de temple, el del capote caro. Capítulo aparte, su larga noche con la espada.


Ese toro se  movió, como en general se movieron todos los de la noche, y peleó en los medios, como casi siempre lo hizo la corrida.  Aunque una cosa es moverse y pelear con calidad y otra es apurar los pasos e incomodar. Así fue de salida el cuarto, con el que Alejandro Talavante construyó, ladrillo a ladrillo, una pieza de quilates, hasta el punto de mostrar en esos redondos algún buen recuerdo de los antepasados del de La Carolina. Faena de peso, por encima de la oreja que le dieron tras un aviso.


Y templó Sebastián Ritter en ese quinto turno, hasta el punto de conmover en el regreso a Medellín, mientras el animal, poco a poco, se iba quedando corto y buscaba algún refugio. Templó Ritter y con gusto. Como por momentos lo hizo Pablo Hermoso de Mendoza a bordo de ‘Disparate’, ese torero hecho  caballo, con el enrazado último.


Y a ratos (templar) lo hizo Pepe Manrique con el muy flojo primero, al que los chispazos en algunas embestidas de cara baja no le sirvieron para sacar alguna nota media de respeto. Igual, Luis Miguel Castrillón halló el breve espacio en un par de tandas de derecha, pero ya después el toro  se volvió otra cosa  y el torero nacional no tuvo más que abreviar.


Sí, César, el temple es el bálsamo, pero no solo cuando las cosas pintan para salir al derecho, sino aún más, cuando no parecen ser y terminan siendo.  Como antenoche.