Medellín, primera de temporada

El Juli y lo impoible

Por Víctor Diusabá Rojas, Columnista invitado

Fotos Rodrigo Urrego B.

 

Encuentro, para mi decepción, que la máxima aquella de que “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible” la dijo el Guerra en sus tiempos de figura del toreo (finales del siglo diecinueve), pero que su verdadero autor es Charles Maurice de Talleyrand, el político francés. Aunque para quedar en paz con mi conciencia taurina, estoy seguro de que le debió sonar mejor, y con todo el acento andaluz y cordobés, a quien siempre será el segundo califa del toreo.


Sí, está claro que “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”, tanto en la diplomacia como en el toreo, y no menos en la vida.  Solo que ahora me asalta una duda: ¿eso va también para Julián López El Juli?


Lo digo porque si uno, por ejemplo, está el sábado pasado en La Macarena y anda caminando allá en el ruedo la faena al quinto de la tarde, a la altura de las decisiones en la faena de muleta, pues está clarísimo que El Juli no tiene otra escapatoria que ir por la espada de verdad y dejar ahí su paso por Medellín, es decir, en blanco, porque no ha podido hacer mucho con el parado segundo de la tarde y en este otro, noble pero sin arrestos, las opciones están a punto de agotarse.


Y ahí, ante una plaza que mira en silencio y se lamenta en voz alta para sus adentros, este señor decide convertir el agua en vino, con una facilidad que asusta. Porque, una de las dos: o este torero tiene la cabeza más sabia de cuantos hemos visto en estos tiempos; o, aparte de eso, lleva un toro también bajo la montera y, en consecuencia, sabe mucho más de lo que, todos juntos, creemos saber.

Y vienen entonces esos muletazos largos, cada vez más largos, con una suavidad que esconde, bajo el guante de seda, un puño de hierro con el que se hace al poder para obligar a los toros a ir hasta donde decía el Guerra que no puede ser. Es ahí cuando lo imposible se hace posible.  Que no solo es agrandar las embestidas hasta hacerlas  largas cuando estaban condenadas a ser ínfimas, sino multiplicar la duración de los toros, por encima de lo creían ellos mismos – los toros - , el ganadero, los otros alternantes, los toreros que visten de paisano en el callejón y todos los demás que han y hemos  venido a ver un  hecho cada vez más común pero no menos asombroso: la tauromaquia de Julián.


Y si a eso le sumamos la lentitud, pues no hay verdad más palpable. Lo del sábado no se hizo despacio, se hizo en fotogramas, que no son otra cosa que la acción reducida a la absoluta quietud. Solo que si se junta un instante tras otro resulta el movimiento. Entonces, los olés se hicieron cada vez más extensos hasta volverse eternos en las gargantas y en los corazones de una afición que no pudo hacer otra cosa que recordarle lo que es: ¡torero!
La puerta grande fue chica para ver pasar a un emperador que ya rompió todos los registros de diestro español en la historia taurina de este país, no solo desde las cifras sino, más importante, en el significado que tiene para el aficionado raso.


Se fue El Juli en andas junto a Luis Bolívar, quien firmó dos faenas ante toros de Ernesto Gutiérrez Arango (tercero y sexto) de notable calificación. Mejor, qué duda cabe, ese ‘Reyecito’, al que le sobre el diminutivo. Fue un auténtico Rey. Bravo, encastado, fijo, generoso en las embestidas y pronto. Luis lo aprovecho para sacar esos derechazos tan largos como los naturales de mano izquierda, en los que no faltó nunca respuesta de un toro digno de esa vuelta al ruedo y de una profunda mirada en los libros de la ganadería. Noble y con duración fue también fue el del adiós de la tarde, sexto, al que Luis le cortó el tercero de sus trofeos. Y con calificación para ganar un lugar en la historia de la corrida, el comportamiento del cuarto al que Pablo Hermoso de Mendoza no desorejó por culpa de su mal pulso con el rejón de muerte. Pero todo eso, interesante y más, quedó en segundo plano. El Juli hizo posible lo imposible, más allá de el Guerra y de Talleyrand