Medellín, segunda de temporada

Una noche sin términos medios

Por Víctor Diusabá Rojas, Columnista invitado

Fotos Rodrigo Urrego B.

 

Hubo dos extremos. Uno, el de ese noble y fijo segundo de la noche, digno de vuelta al ruedo. El otro, aquel del cierre, ese de quinto y sexto, toros preciosos y serios como todos sus hermanos de Achury Viejo, pero sin mucho por dentro.  Por eso, antes de que doblara el último, la gente buscó pronto la salida, con el lejano recuerdo de lo bueno y la memoria cercana de lo que no pudo ser.


Suele pasar esto en los toros. Ya también en el boxeo. Nos quedamos con la imagen del último asalto y rápido olvidamos los rounds anteriores. Aunque, a decir verdad, el momento de gloria, aquel  toro que cayó en las buenas manos de Iván Fandiño, pesó poco a la hora de poner la balanza del rendimiento.


Igual, vale la pena comenzar el análisis por el trozo de pastel y no por las migajas. Ese, ‘Campesino’ de nombre, tuvo muchas bondades, comenzando por su nobleza para ir siempre franco y entregado a la muleta de Iván. No reparó en nada que no fueran los engaños, buscó a los banderilleros hasta dar con los tableros, tuvo tranco de esos que permiten adelantar los olés, metió la cara y tuvo duración.


Fandiño supo encontrarle pronto el secreto de la distancia y, además, halló el sitio para estar a gusto.  O para algo más, disfrutar. Y con él, todos en una plaza que cada vez deja escuchar esos silencios que confirman su categoría. De las verónicas templadas y firmes, a esa determinación de dejarlo crudito, Iván siempre creyó en lo que tenía por delante. Por eso las series de derecha tuvieron largura y fondo. Y los naturales rezumaron sabor. Faltaba cobrar y el de Orduña no se paró en mientes para ir a la ventanilla y reclamar dos orejas tras ese estocadón de Feria. ¿Y el toro? Entre  palmas y ovación de los más agradecidos.

Claro está, a esa hora de la corrida ya atisbábamos luna llena. Y es que el anterior, primero,  se había sentido ajeno al caballo, pero, en cambio, muy cercano al capote del subalterno, que lo vio siempre venir como un tren bala, con la codicia como bandera.  Pero el destino suele ser caprichoso y lo suyo era un rejoneador.  Allí fue otro cuento: distraído, yendo más por arreones que por convicción y tirando mucho a los adentros. Ventura trabajo duro con ‘Oro’ y con ‘Toronjo’ para sacar algo de esa piedra. Y estuvo a punto de lograrlo, de no ser porque el rejón decisivo siempre encontró hueso. 


De ahí en adelante las nubes se hicieron al cielo y todo comenzó a ser más oscuro. Por ejemplo, para Sebastián Ritter, quien porfió en sus dos turnos para encontrar una puerta, o al menos una ventana, que le permitiera asomar la cabeza. Ni el tercero ni el sexto (un  auténtico tío, un toro hondo de los que pocos se ven por estos lares) valieron. Eso sí, valió él, Sebastián, anduvo muy firme y con la cabeza despejada. Sus progresos son evidentes. Ahora, ojalá que la suerte le caiga de arriba.


Iván Fandiño tampoco pudo hacer otra cosa que tratar de resolver los evidentes problemas del quinto. En lo que coincidió con Ventura en ese cuarto bis que se movió y dio pelea, aunque con el defecto de cortar mucho. Los tres rejones de castigo parecieron excesivos, pero el tiempo y el comportamiento del toro le dieron la razón a Diego. Una faena de conocedor y una oreja que pudo ser más si es que la suerte suprema cumple pronto con su cometido.


Sí, hubo un buen toro. Pero entre ese y los demás, un abismo. Sin términos medios.