Valencia, cuarta de Fallas

El ídolo roto

Por Diego Caballero

Fotos EFe, tomadas de internet

Marzo 16 de 2015

 

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El Soro regresó tras 20 años, con 40 operaciones y 52 años encima. Fue el regreso de un ídolo roto. Tuvo mérito, sí. Ver a un hombre con esa fuerza de voluntad y con esas ganas de comerse el mundo merece respeto y la ovación que le dieron todos en la plaza y puestos en pie, al romper el paseíllo. Todos, también, comprobaron que el hombre pudo, como pudo, eso sí. Para empezar, llenó la plaza y luego la puso boca abajo. La suerte ayudó con un toro de Juan Pedro Domecq, con clase y fijeza,  al que le cortó una oreja. En vivo o a través de la televisión, todos fuimos un manojo de nervios a cada paso que daba con su pierna biónica, mientras su cuerpo resistía cada vez menos. Quedó, una serie de naturales, su puesta en escena frente a chiqueros y esas banderillas que alguna vez le dieron la vuelta al mundo taurino, también,   un teléfono y la bandera de la comunidad valenciana clavada en  la arena como parte de un espectáculo que nos hubiéramos querido ahorrar.

En la plaza, aficionados que lo vieron debutar como novillero en este ruedo hace 37 años y jóvenes que querían verlo por primera vez, vibraron y hasta lloraron por ver al hombre que alcanzaba un sueño. Un sueño que debió haber terminado hoy mismo, con ese grito de aleluya que dimos cuando su segundo toro rodó, tras haberle roto su taleguilla.  Dio dos vueltas al ruedo, la última a carreras, como pudo, mientras alzaba sus manos y apretaba sus puños. Besó la arena y se retiró a la barrera a pedir contratos a través de los micrófonos.

Todos lo quisimos entender, y él,  debió entender que era el momento para cortarse la coleta, no fue así y se fue a la enfermería. Él, como su tarde debe ser historia.

Enrique Ponce salió al ruedo en el que hace 25 años tomó la alternativa. Su tarde tenía tintes especiales, hasta cambio el clásico bordado de sus vestidos. Pero su lote dijo no. Igual, le alcanzó para arrancar una oreja de su primero. José María Manzanares tuvo un lote que por momentos dejó lucir clase y alardes de valor cuando el toro, su primero, se paró.  Su espada falló.

Tarde de  emociones y angustias, unidas al nombre de un torero mermado, vestido de verde botella y oro, de figura deformada, un ídolo roto que dijo más cosas (malas y buenas)  que muchos del escalafón. Algo pasa, sin duda.