Valencia, quinta de Fallas

Urdiales es otro tiempo

Por Zabala de la Serna, tomado de elmundo.es

Fotos Alberto de Jesús y Cayetano Talens, tomadas de internet

Marzo 17 de 2015

 

NOTICIAS

 

 

 

 

Diego Urdiales encarna otro tiempo del toreo, una época pasada de la historia. No sé cuál. Pero te reconcilia con la actualidad. No contó con toros para la gloria y sin embargo el poso de la gélida tarde fue suyo. Gélida de bravura y torería. Sólo Diego de Arnedo dejó sabor. Como en las dobladas con el tercero inexpresivo, distraído y sin cuello de Alcurrucén. No había morfología para humillar ni con los doblones de categoría de Urdiales. Pero en su media altura lo interpretó la mar de bien. Un buen acompañamiento de cintura por la derecha y sobre todo esa cosa magnífica de torear sólo con los vuelos de su izquierda. Los naturales de pureza dormida se traían al toro por su vereda. Muy puro, asentado, el medio pecho ofrecido. Un gozo muy sencillo y muy difícil. La expresión sepia de un ayer diferente. A pies juntos y enfrontilado remató más en Manolo Vázquez que en Andrés Vázquez, con el respeto y las diferencias entre los dos maestros. Y así sonaba a campana y bronce de trofeo que la espada chingó.

Para cerrar su lote y ya la noche helada, se apareció un alcurrucén acodado, cinqueño, bruto... Urdiales le dibujó algunas verónicas y un poderío de prólogo genuflexo que no rompió hacia delante la embestida de la bestia.

Miguel Abellán contó con el toro más claro y posible de la corrida de los Lozano, que no sumará nada a su año. Largo, ensillado, guapo, berrendo en 'colorao' y sueltecito, tuvo un notable pitón derecho para que Abellán aprovechara en su corte y confección al más humillado de todos los núñez de ayer. Puede que M.A no se lo acabara de creer, pero en su mano estuvo la oreja que el puntillero le levantó, nunca mejor dicho.

Por Abellán es como si no pasaran los años, por su vestido blanco y plata, digo. El quinto lo brindó a la parroquia con fe, y puede que hubiera posibilidades en aquella movilidad tosca que quizá necesitaba los medios más que la querencia que pedía.

Padilla sorteó la bolita negra sin apuros: el cuarto se le suicidó cual espía nazi con la cápsula de cianuro en las muelas. Al menos Padilla cubrió el expediente de un exitoso tercio de banderillas. Y el anterior se le paró con la falta de motor de toda la corrida y dos puyazos a ley.