Sevilla, domingo de resurrección

Espartaco por la puerta del príncipe en la tarde de su adiós

Redacción puerta grande

Fotos Efe

Abril 5 de 2015

 

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Fueron dos orejas, una en cada toro, un pinchazo, quizás, se llevó el doble trofeo en su segundo toro, el último para un torero hecho en La Maestranza. El reglamento, que poco sabe de pasiones, poco importó, se rompió ante la historia de un torero que acepto un reto y que lo asumió como un torero histórico que no podía poner una mancha a su carrera.  Se abrió la puerta del príncipe sin que se cortaran las tres orejas, ya,  en  cinco oportunidades, el torero de Espartinas había cumplido con los requisitos.

Sus hijos y los toreros, vestidos de paisanos,  saltaron al ruedo para izar al ídolo de los 80’,  al del toro “Facultades”, al que lideró por siete temporadas el escalafón a su antojo, al rubio torero de la eterna sonrisa. La tarde del domingo de resurrección del 2015 pasará a la historia,  se respiró de otra forma, Espartaco volvía, tras 14 años,  a La Maestranza. Volvía  para irse, para dejar añoranzas de maestro que solo el tiempo da, lo dejó claro en su primer toro, de gran clase de la ganadería de Juan Pedro Domecq. También fue tarde para ver al torero que no se marchaba a pie, que ganaba batallas, ganó la última ante un toro, ese último toro, al que hubo de poner esa eterna técnica que tanto le dio y la  que acompañada de valor, como no, logró seducir durante tantas y tantas tardes.

A Espartaco lo vieron los de ayer y los de hoy, entre ellos sus hijos que hoy ya pueden decir que vieron a su padre torear en la Maestranza,  y además,  salir por esa soñada puerta del príncipe. La última, porque el maestro hoy ha dicho adiós. Se fue,  dejando la marca de seis puertas del príncipe, como las de Curro Romero, a quien brindó su primer toro en un gesto que removió recuerdos, cuantas tardes de los dos en este dorado albero, cuantos domingos de resurrección. Tardes,  que como en la de hoy, se puso el cartel de no hay billetes, un cartel que hizo parte de sus temporadas y de sus records.    Espartaco se fue cumpliendo un sueño, dejando añoranza de otros tiempos.

Antes de irse en busca de la puerta del príncipe,  su hijo (en presencia de su padre, el viejo Antonio),  le cortó la coleta. Juan,  que así se llama el hijo de Espartaco, con el tiempo dimensionará lo que hizo a través de un símbolo. Cerró  un capítulo, con muchas páginas,  de la historia de la tauromaquia.

Aunque la tarde tenía en letras mayúsculas el nombre de Espartaco, el domingo de resurrección presentó más alicientes, la reaparición,  tras un año de ausencia, de José María Manzanares  al que el público le dio un abrazo a través de una emotiva ovación, dejando en claro el cariño y el recuerdo a su padre. Manzanares logró momentos, pero sin asomarse al protagonismo de la tarde. Borja  Jiménez, que tomó la alternativa,  se llevó una oreja del último toro de la corrida, una oreja para aquilatar la ilusión del joven torero que empieza un largo camino en el que las dificultades están en cada esquina o que lo diga su padrino, el mismo que hoy ha dicho adiós.