Gran faena de Castella a un gran toro de El torero

 

Resumen de prensa

Mayo 21 de 2015

 

NOTICIAS

 

 

 

 

Un sobrero de El torero y Sebastián Castella protagonizaron la tarde.  Castella,  logró una gran faena premiada con una oreja, que puesta en la balanza de la feria, pesa oro. Tampoco fueron justos con el toro al que se le debió dar la vuelta al ruedo. La corrida de Núñez del Cuvillo decepcionó. Diego Urdiales,  en su segundo toro,  dio motivos a los madrileños que comulgan con sus buenas formas. Dio una vuelta al ruedo. Alejandro Talavante, en el sexto,  escucho pitos, nada más alejado de su tarde y más de su momento. Su espada, hoy, no quiso cumplir rápidamente su finalidad y dejó a Talavante sin mayor reconocimiento.

 

‘Castella no se arrima’

C.R.V. mundotoro.com

Sin arrimarse, Castella suspendió a Madrid. Cuando no necesitó de meterse entre los pitones, no mostrar muslos y cuerpo, tan solo torear fluido y sereno en el centro del ruedo a un excepcional toro de El Torero, Castella sacó nota y este público un aprobado. Afirmación atrevida que abrirá la caja de los truenos. Pero bien abierta sea: las orejas de este ciclo no guardan proporción con la de esta faena ni alguna de ellas entre sí. Un acta notarial de que los públicos están cambiando y que el cambio conlleva parabienes y paramales.

Fue faena en boca de riego a pesar del viento. Compacta, limpia y curva con la mano derecha, y arriesgada al natural por el viento. Jamás ocultó al toro cerca de tablas o en el tercio y si es cierto que la estocada fue caída, la opinión de quien firma es que toro y torero merecieron premio superior. Al lado de esta una de Urdiales muy torera y muy ‘madrileña’ con un toro de matices en alturas y terrenos y algunas cosas que recordar de un Talavante que da gloria verlo.

Andaba la gente en contra, venida arriba porque todo era a medias, porque la corrida de Cuvillo baja y torera de cuerpo y amplia y abierta por delante, tenía escasez de fondo y/o fuerza. Uno fino de cabos y de embestida nada clara le había permitido a Urdiales gozar del fervor de Madrid cuando salió ese sobrero de culo de pollo, bajo de pitón, serio y astifino que tras el primer puyazo comenzó a romper en los capotes marcando sitio y distancia con el caballo, al que se le fue encima de bravo en cuanto el picador le cito correcto. A más en banderillas. Castella lo dejó lucir puesto en la boca de riego en un inicio de faena emotivo en el que el toro cantó más a bueno por abajo en el final de mano cambiada.

La faena creció según se fue desarrollando. De tal modo que las series, ligadas siempre, con ritmo e intensidad, ganaron en longitud y profundidad conforme la obra avanzaba. Tuvo el toro la cualidad añadida de embestir despacio y el torero la virtud de, enganchada y sometida, ralentizar aún más su embestida. Faena grande, que tuvo un nivel notable con la derecha y subió aún más con la zurda. Con el engaño sin la ayuda , el viento fue mas fuerte y, para que el toro la siguiera por abajo, hubo de ayudarse con la guía. No hubo postre entre los pitones. Ni circulares y arrimones. Ni falta que hizo. Reventó la plaza en una última serie con la derecha y crujió luego en el final a dos manos, cerrando al toro entre las rayas.

Pero ¿Qué pasó luego? La espada no cayó arriba pero tampoco se fue al sótano. La muerte del toro fue fulminante y espectacular y la petición, nutrida y ruidosa. Pero de una sola oreja. El público, ese público cambiante, irascible unas veces, sensiblero otras e imprevisible siempre, incluso dentro de una misma tarde, suspendió en el modo de calibrar la obra y de premiar al torero. Y al toro. Porque no hay justificación posible para que el sobrero de Lola Domecq, sin duda el mejor toro de lo que va de feria, no fuera arrastrado en vuelta al ruedo.

Seguramente (porque ya es difícil hacer cábalas) también hubieran asomado los pañuelos para pedir premio a Urdiales después de su faena al cuarto. Fue el toro de más alzada del envío. Tambien el más suelto de carnes, pero, acapachado y astifino desde la mazorca, su aspecto denotó una gran seriedad. No mostró excesivo celo en el capote del riojano, pero muy bien picado por Óscar Bernal, el toro comenzó a moverse y a apretar en banderillas. Luego del brindis al Faraón, Urdiales se encajó en una primera serie con la derecha de trazo vertical, acompañando la embestida con la cintura, que fue muy jaleada por la parroquia.

Por esa mano insistió luego pero, con el toro moviéndose ágil y tendiendo en ocasiones a meterse por dentro en el último muletazo de cada serie, Urdiales optó por espaciar los muletazos, y ese unipase restó ligazón y continuidad al conjunto de una faena que sin embargo se nutrió de varios muletazos sueltos de excelente dibujo. Por ejemplo una trincherilla bellísima y varios naturales de frente a pies juntos en el epílogo de una obra que necestitó del refrendo de varios descabellos. Después de dos avisos recogió el cariño del público en una vuelta al ruedo.

La espada también dejó sin mayor reconocimiento a Talavante después de su faena al tercero. Comenzó el extremeño a cambiar en ese toro el sino de una tarde que había arrancado de modo tibio, con un toro con tranco y poca fuerza al que Urdiales no pudo sostener y otro feo y deslucido con el que Castella no tuvo opción. Tampoco ofreció muchas posibilidades el primero de Talavante, pero modélicamente tratado en los primeros tercios (para enseñar en las escuelas el ahorro de capotazos y le mesura del castigo en varas) el animal aún embistió una docena de veces antes de que, cuando la faena estaba en un tris de romper, se fugara a las tablas.

Hubo sencillez y naturalidad en el saludo a la verónica, ganando terreno, y le cogió la velocidad en un estoico inicio por estatuarios, vaciando cada muletazo por debajo de la pala. La primera serie fue notable, a pesar de que el toro, rebrincado y sin terminar de viajar metido en los vuelos, amagaba ya con rendirse. Ni una vez le rozó la tela al torero, solemne en su descripción, sin forzar la figura ni dar sensación de esfuerzo. Fluyó el toreo con la derecha y creció con la zurda. Dos naturales soberbios, enganchando la embestida y dilatándola emergieron en la primera serie y dos más anunciaban una segunda de escándalo, pero al soltar al embestida en el segundo muletazo el toro dijo hasta luego. A pesar del buen trato dispensado.

Luego se atascó también con el acero en el sexto, un toro sin clase frente al que decidió no alargar lo que no tenía remedio ni solución. Sonaron al final de la lidia los pitos de la incomprensión. Un cambio radical de comportamiento de los mismos que le ovacionaban una hora antes. Un misterio. Un enigma. Y una lotería.

 

La simbiosis (cuasi) perfecta de Castella y 'Lenguadito'

 

ZABALA DE LA SERNA elmundo.es

No se recordaba una corrida de Núñez del Cuvillo más fea, abierta de cara y ancha de sienes. Veedores para qué os quiero. Caminaba la tarde hacia el despeñadero. La reivindicación de la torería, el sabor con un mulo y la vuelta al ruedo de Diego Urdiales no saciaba a los paladares hartos de pan con pan. Nada les valía a los cuatro listos de siempre.

Pero devolvieron al quinto, y Sebastián Castella se encontró con la fortuna de frente en el toro menos frentudo de todos: un sobrero de El Torero sencillamente extraordinario. Propicio para el brindis real aplazado a Don Juan Carlos, abonado a la barrera de Preferente. Castella trenzó un lío formidable en los medios. El suyo con el sello de la casa. Un cambiado por la espalda y a pulso la muñeca zurda. Y toreó a cámara lenta al toro de más calidad que haya pisado el ruedo venteño de todo San Isidro. 'Lenguadito' repetía y repetía y no levantaba el hocico de la arena, ni de los vuelos de la muleta que, en cuatro series, deletreaba cada interminable derechazo arrastrado. El toreo ligado, encajado el elegante galo, Le Coq en estado de gracia. La ayuda para sujetar la muleta ante el viento por la izquierda, hilvanada más que ligada, fina, engrasada y liberada de la sujección. Un cambio de mano de la siguiente serie arrancó el rugido de la comunión. La simbiosis (cuasi) perfecta de Sebastián, Lenguadito y Las Ventas. ¿Por qué cuasi? No lo sé. Más despacio no habrá toreado nunca Castella en Madrid. Quizá porque la estocada rinconera restó. Pero esa oreja valía un mundo, la ley de la lentitud, que en el toreo es el temple en su excelencia. A los mismos tampoco les llenaba.

Las hechuras que portaba el altísimo cuarto las había esbozado un Da Vinci antitorero. Curro Romero había viajado desde Sevilla para arropar a Urdiales. De brindar al Rey al Faraón. Como correspondía a tal ofrenda, Diego le puso sabor al caballote que embestía sin descolgar. Torería en las dobladas y colocación y verdad en su derecha. Una tanda despedida con el obligado de pecho, otra con un trincherazo cabal. De tanto ajustar el embroque hubo un desajuste: los lomos del toro arrollaban al menudo matador de La Rioja. Tomó distancia Diego, cambió la mano y pensó el toreo al natural. No del todo limpio. Ni siquiera inmaculado. Sino bañado de imperfecciones añejas. A pies juntos había una estampa vazqueña. Dos naturales sembrados y una trincherilla que duró de aquí a la eternidad. Un cartel de toros. Ya estaba la cosa. Demasiado para lo que el toro regalaba: nada. Apurar por apurar. Una estocada de travesía sin muerte. Había caído un aviso. Y varios descabellos. Y adiós a la oreja. Y otro recado por despiste. ¿Por qué no la vuelta ruedo? Fue.

A Talavante le despidieron con pitos porque abrevió con un sexto paletón que vino a joder del todo el Perú. Y porque con su espada no funcionó. Pero al colorado tercero de Cuvillo lo había interpretado con varita magistral para evitar sus tornillazos de final de viaje. Pasmosa su seguridad. Desde que se hizo presente en la verónica pausada. Mas en el tercio de muerte -a excepción del prólogo por estatuarios-, le sacó siempre al toro la muleta por debajo de la pala del pitón, evitando el derrote. El dibujo de los redondos concluía limpio y torero. Esperó con la izquierda una inmensidad para trazar un par de naturales espléndidos. Cuando el cuvillo se acordó de su nota en el caballo, se fugó a tablas. Todas las sandeces que vertieron desde el tendido duro (de mollera) puede que lo descentraran con el acero. Aunque visto lo del último, más bien fue su fidelidad al quinto mandamiento...

La tarde careció de buen principio con un cuvillo sin fuerza ni poder que Urdiales brindó al Rey emérito por protocolo. Castella se ahorró el ofrecimiento con un toro de genio desatado en mitad de las suertes que le enganchó mucho. Pero cuando volvió a por la montera a la muerte de 'Lenguadito' le dijo: «Señor, éste sí era de brindis». Y tanto.