López Simón por la puerta grande de Las Ventas

Foto Efe tomada de internet

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López Simón ha salido por la puerta grande de Las Ventas después de cortar una oreja de cada uno de sus dos toros de Las Ramblas. Dos faenas acordes a las características de sus oponentes, distintas. Apostó  y no se   afligió ante las condiciones de sus toros, sacando su  tarde adelante. Sumó su segunda puerta grande en Las Ventas en menos de un mes. A diferencia de la del 2 de mayo, esta vez hubo foto y menos dolor.

 

Y ahora ¿Qué?
C.R.V mundotoro.com
 

Cojo, dolido, herido, verde la cicatriz, las carnes sin pegar aún: un torero sale en hombros por la Puerta Grande. Herido, humillado, con la dignidad apaleada, abierta la herida de la precariedad, incrédulo de líderes que refugiaron al ladrón en lugar santo: un partido que no nos desea, se alza en las urnas. En pleno cambio, desatado de prejuicios y en una búsqueda desbocada de la felicidad, de la justicia para el que se arrima: el público de Madrid ya no es el mismo. ¿Y ahora, qué? ¿Que hacemos con López Simón, cuatro orejas, un quirófano, dos puertas grandes, veinte años apenas? ¿Que hacemos además de enrocarnos en nuestros bemoles con Podemos y esta política a la que no hemos sabido acercarnos a dialogar? ¿Y ahora, qué?. Porque el sistema actual ya ha sido condenado a lo inservible.

Una corrida de alevines del toreo, hombres de valor los tres Galván, Barrio, Simón, en la misma eterna línea de salida los tres. Coincidencias del azar, en el mismo día que se debatía el duelo entre vieja y nueva política, entre veteranos del sistema y alevines de la democracia. Ojalá Ortega y Gasset hubiera vivido para ver esta jornada: toreo como reflejo de España. Con una decisión encomiable, con un desprecio por la seguridad y una apuesta sin fisuras, con fe en sus aún mermadas facultades, con un buen toro de Las Ramblas y otro de plomo, López Simón nos deja el ¿y ahora, qué? Ahora se da de bruces con este muro de piedra conservadora y hostil que son los carteles cerrados de casi todas las ferias con siglos de antelación. Ahora esos huecos de las corridas duras. Este sistema no funciona. Si funcionara, habría lugar para lo justo. Se acabaría el infame uno por delante. Y que el público, el pueblo, decida luego si se lo merece o no.

Que decidan ellos, no un sistema maltrecho, reiterado, blindado para su defensa, inmovilista, ciego frente a una realidad social, política y económica a la que, o nos ensamblamos, o nos deja tan en minoría social, que se nos acaba el ‘bisnes’ en un suspiro. Esto es tan cierto como que no se quiere ver. Porque estas corridas como las de hoy no son de ir a cortar el cupón, un trámite, un relleno. Son tres hombres nuevos aspirando legítimamente a ser tres nombres nuevos. Les dejó intentarlo media corrida de Las Ramblas, desigual de tipos, de caras hacia arriba, algunos de cuello escondido o cuesta arriba. En el límite los buenos, tercero manso de gran embestida al coger celo en la muleta de López Simón, que luego sacó de la chistera de sus cojones una faena de fe adolescente que daba coraje verlo.

Marcó querencia el colorado tercero de pitones casi camargueses aunque bajo y estrecho de sienes. Muy huido en varas, de calidad sin celo o codicia, es decir, de continuidad para ligarlo, pues tendía a irse a la tapia. Huyó de los caballos, a su aire se movió en banderillas y López Simón comenzó la faena por arriba, estatuarios (los que llevan los toreros tienen que lograr coherencia en esos inicios que desean ser más efectivos de cara al público que buenos para la condición del toro) finalizados en tres pases por abajo donde crujió la plaza. Hubo dos tandas con la mano derecha en las que no dejó nunca al toro puerta abierta o ventana para huir, puesto el engaño, anclado el cuerpo que andaba maltrecho de piernas. Tanto es así que no pudo irse de la cara del toro y éste pudo herirlo en el suelo.

Toro para torearlo paralelo a tablas, pues en perpendicular, hacia adentro, se iba a querencia. Y eso lo vio el torero que a veces pecó de no perder pasos, de amontonarse un tanto, en ese ansia de quedarse quieto, de ser todo brazos y nada piernas. Faena sincera y de coraje y de apuntes de buen concepto y trazo para una oreja. Nada le dio el sexto, cuesta arriba, corto de cuello, sin descolgar y muy pegado al piso. Apenas embroque tuvo, con la cara a su aire. Pero ahí le echó el torero lo que le quedaba, que es cojones. Sí, con las cinco letras. Insistiendo en la distancia corta, en la que le robó pases que no se veían. Y en la distancia mínima, en donde se pegó un arrimón solvente, fiero a veces. Pinchó feo, luego a espadas. Y oreja, que este público ya no lo es para esa caducada forma de ver, sentir y valorar el toreo.

Tuvo la tarde un halo de hombría, una insistencia de querer ser gente. Casi tierna. Porque, a la que pudieron, se fueron con el capote a quitar, a recibir toros, a estar presentes. Víctor Barrio en el tercio frente a chiqueros en el segundo, un farol de rodillas y un galleo en el quite, réplica de López Simón rematada con larga afarolada, capote a la espalda Barrio y Galván el que abrió plaza… todo fue deseo de ser gente. Luego las cosas salen como suceden. El segundo fue a menos pero fue toro de buen aire y son con el que Barrio inició en los medios y de rodillas, eligiendo inercia llamativa antes de intento de temple. En esa duda de distancias, a veces larga, a veces más corta, inercias o enganchar, la faena fue mal diálogo de decisiones en firmeza y valentía poco lucida. Ya no le dejó el quinto, toro de movilidad rebrincada, calamocheo continuado, reponedor sobre las manos.

Tuvo buen corte el toreo con la zurda de David Galván, buenos naturales, toreo ceñido, buen concepto y argumento. Por ese pitón sirvió lo mejor de una faena que se vivió sin calor, incrédula a medias a causa de las embestidas de un toro noble al que le faltó lo que Madrid sigue deseando: más motor. Que el toro exprese más vida. Pero fue faena de buen corte, de valentía, muy ceñida, muy pegados toro y torero. El cuarto, hecho cuesta arriba, no quiso ir para adelante y repuso por no poder hacerlo, rebrincándose a la defensiva. Quizá pudo ser de otra forma. Pero la tarde, saliendo en hombros López Simón, nos deja ese ¿Y ahora, qué?. Qué hacemos con él. Qué le decimos. Qué decimos a los que van a mandar en Ayuntamientos, en este Madrid de Las Ventas, y nos quieren o nos sospechan o nos recelan. Quién negocia. Dónde tendremos el talento, el talante, los argumentos que nos sean esos tan de siempre que en Barcelona sirvieron para nada. Quiénes son nuestros líderes. Qué piensa. ¿Piensan? Qué decimos de estos cambios de público de toros.

Quién le pone el cascabel a este gato que nos araña para que solo diga, miau.

 

Puerta Grande para el nuevo y maduro López Simón
Zabala de la Serna   Elmundo.es

Como una señal para el nuevo Simón, no hacía viento alguno. Después de más de 10 días de vendaval ininterrumpido, las banderas descansaban sobre sus mástiles. Podía echar las redes tranquilo. Los capotes no temían los azotes navajeros ni las muletas los golpes traicioneros. Los toreros tan 'sólo' debían ocuparse de entender al toro. Y López Simón no sólo lo entendió sino que incluso se lo inventó cuando la nave zozobraba de su destino: la Puerta Grande por la que merece resucitar.

Al matador del pueblo de Barajas le ovacionaron al romperse el paseíllo por su reaparición en Madrid después de la cornada y las orejas del 2 de mayo. La gloria pendiente. La enfermería como agria moneda de pago. Simón la tiene ahora en la mano, la moneda, digo, y ayer volvía para cambiarla. Y vaya si la cambió.

En frente, un toro veleto, armado con un garfio como pitón izquierdo, un punto alto de cruz, pero generoso de cuello y con una mansedumbre pacífica y obediente. Esa que a favor de querencia entendió López Simón con el capote, la misma que le llevó al colorado y largo toro de Las Ramblas a escupirse de los caballos.


El torero brindó a Zani Monreal, 'culpable' de su rehabilitación contra el reloj. Y por alto y a dos manos recorrió el camino de la boca de riego. Vertical y concentrado el paso. Allí soltó la zurda con la fluidez que hace correr el agua del toreo y despierta oles en catarata.

López Simón se ha desencorsetado de las influencias que lo envaraban y se ha cuajado por otro palo. Cabeza y redaños para atisbar la media distancia. La mano derecha conducía por abajo la embestida con el punto mansito de quererse ir. Y por ello con un tranco más. Ligazón y estructura. Enorme el pase de pecho. Todos los pases de pecho de la faena cobraron entidad de monumento. Cuando quiso cambiarse la muleta por la espalda, después de una serie en la que buscó el pitón contrario, así a pasitos como camelan en Madrid, el toro le hizo hilo y lo derribó. Su condición quiso que fijara la vista en tablas y le pasase por encima. Del percance regresó Simón con la intención de la izquierda, y bajo el '7' fue el trazo, la soltura y los riñones encajados. Otros obligados enormes precedieron al broche de ayudados por alto. Una miscelánea torera engarzada por bajo. Y la estocada emprendida con rectitud de vela. Tanto como para atracarse con las dagas merodeando el golpe bajo. Dolió el volapié. Mucha muerte en la estocada. Y una oreja maciza para celebrar la nueva vida de Simón.

No veía nadie al altísimo sexto por ningún lado... Más que por encima de las esclavinas. Pero López Simón lo tenía claro desde el inicio tan toreramente sincero. Como su colocación y entendimiento para que el torazo no le tocase ni una vez la muleta. Y encima le sacase series de enorme mérito. Metido entre los pitones finalmente. De tal modo que hacía especular con que en sus manos cualquiera de los otros toros de la corrida de Las Ramblas, que se desfondó en su segunda mitad, habría servido sin servir, por no hablar de los que sirvieron. Tremendo el tipo. Sin una concesión. Manoletinas de despedida. Pinchazo y estocada por derecho. Y la oreja. Y la Puerta Grande debida, pendiente desde que floreaba mayo para un torero que ha madurado increíblemente.

La tarde se había templado bajo un cielo encapotado, y tan templado como la tarde se presentó un castaño cinqueño de Las Ramblas. David Galván se presentó pronto con el capote y, aprovechando las sueltas idas y venidas, lanceó a pies juntos hasta los medios, donde dibujó una media verónica con cadencia y una revolera. A las recortadas y bajas hechuras del toro se sumaba una fijeza extraordinaria. Y así se vio en un quite de Galván por gaoneras bien traídas y otro con el capote también a la espalda de Víctor Barrio por saltilleras.

Galván colocó la montera a sus pies y estrenó la faena con una dosantina antes de obligar por la derecha demasiado a un toro que con lo justo había abandonado el caballo y que quería a su altura la templanza. La encontró DG en la izquierda con pausa y elegancia. Un corte bueno de torero, a lo peor con un aire de matador veterano. Elogio de doble filo. En las manoletinas de despedida sobrevino la voltereta incruenta, casi encunado sin violencia el cuerpo por delante. Un aviso sonó antes de matar para saludar después la ovación. El inmenso cuarto, de una alzada descomunal, no ayudó en nada con su sangre aguada. Galván perdió la noción del tiempo.

Víctor Barrio se clavó en el centro del platillo para recibir al negro segundo. La pretensión de la quietud no se materializó. Manseó el toro. Un farol de rodillas antecedió a un galleo por chicuelinas. Y la respuesta de Simón por Chicuelo again y una larga cambiada de rodillas. El ejemplar de Daniel Martínez tenía un buen inicio de muletazo a falta de final y un ligero punteo. De rodillas el prólogo en redondo y muchas series más derechazos que querían ser largos y acababan enganchados. El epílogo de obra con la muleta más retrasada, más reunido el torero en medios muletazos, dio con la tecla. Pero ya era tarde. Lo mejor la estocada. Como con el quinto que sí que de verdad no dio opciones con sus constante reposición. En manos del nuevo Simón, a saber. Una marabunta lo esperaba en la otra orilla de la arcada de la gloria.