San Isidro

Castella abre la puerta grande con un gran toro de Alcurrucén

 

 

Fotos Efe tomada de internet

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Sebastián Castella abrió la puerta grande con un gran toro de Alcurrucén de nombre "Jabatillo" al que le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre. El frances dio un paso al frente en el escalafón. Poco más en la corrida. Las actuaciones de Moarante de la Puebla y de Julián López El Juli, se vieron condicionadas por el mal juego de los toros.

 

C.R.V mundoto.com
Castella pinta un ‘Guernica’
Castella pintó un ‘Guernica’ en Las Ventas. Iconoclasta. Rebelde frente a lo aceptado. No somos conscientes, pero ahí está ese cuadro que hizo evolucionar el toreo al siglo XXI. Fue faena de Museo. Cuadro cumbre porque lo pintó y por su significado. Tanto y tan bien y tan mejor que nunca toreó a un toro que quizá no exista, que dinamitó con los vuelos de una muleta ese concepto rancio de sacristía en latín y pecado mortal que dice que bravura es el peto. El tercio de varas. Pero esta plaza se mece y se acuna ya en el ritmo pautado de la evolución. Tan apegada a ese tercio, lo había convertido en más que un tercio de tres partes, en un todo dictador de bravura. Concepto acuñado hace dos siglos, inamovible, obsoleto. Tenía que salir un toro para que el toreo aceptara el cubismo, aceptara otro arte, otra sensibilidad, para que certificáramos que andábamos detenidos mientras el mundo se mueve. Cómo sería el toro para que esto sucediera. Como de mejor no torearía Castella para lograr el milagro de ese cambio.

Castella toreó mejor. Sin comparaciones. Torear mejor es un concepto natural de le evolución misma del toreo. La vida y el toreo, tiene naturalmente a perfeccionarse. Como Castella. Ha aprendido este toreo a reducir, a traspasar esa frontera llamada temple, que consiste en hacer de lo templado algo más lento.  Reducir la velocidad del toro con el toreo de cite enganchado, mano baja, cintura flexible, cuajo encajado y ligazón en la profundidad. Lo profundo reduce. Esa fue la mejor faena del toreo mejor a un toro muy en tipo de lo de Núñez, colorado, cuesta arriba, pitón bien dibujado y tocado, con mucho cuello, largo y manos cortas. Esa salida tímida de irse, esa forma de frenarse en el primer capotazo, la forma de salir del peto sin que el picador pudiera recargar.

Insistimos que este tercio de picador es pecador para el toro que se emplea. Suelto y libre de pecado se fue, pero no huyendo hacia la tapia. Se escupió mucho en el quite por chicuelinas del francés. Lo vio perfecto Morante, que le dibujó dos lances cumbre abriéndose mucho el toro. Pero, sin nadie en la plaza, solos toro y torero, crujió la plaza con un inicio que sumó el cite lejano desde el horizonte de la boca de riego, toro en las tablas, dos cites cambiados en el último instante, un derechazo largo por abajo, una trincherilla, un cambio de mano y uno de pecho. Velocidad y reducción de velocidad con el público puesto en pie.

En el mismo terreno, imantado el toro, humillando antes de llegar al embroque, yéndose tras los vuelos con un celo y un tranco tremendos. Castella se vio desarmado por llevar sólo hilvanado el palillo con las yemas de los dedos en una gran tanda con la izquierda, superada por la siguiente. Él mismo se había puesto alto el listón en ese inicio, y lo mantuvo y lo elevó con un toreo al natural de hasta siete muletazos en los que jamás acompañó o se sirvió del temple. Redujo, con la derecha y con la izquierda y con un toreo a dos manos, piernas flexionadas, de gran largura. Otro icono de cambio fue la estocada. Mimó la suerte, la cuidó buscando que cuadrase bien, fue por derecho y no cayó arriba. Pero de la misma forma que un tercio, el de varas, no es todo sino una parte de tres, donde cae la espada no es el todo de una estocada. Puede caer arriba, yéndose el torero, y caer más abajo, buscando a ley el embroque.

No hubo más en la corrida. La forma de puntear el engaño el primero, toro salpicado, muy lleno y de raza justa, al que Morante trató de lancear bien de salida, al que se cuidó en varas y al que pasó de muleta con despaciosidad casi siempre, respondiendo el toro sin agrado a las caricias. Tenía nobleza el cuarto, al que le pegó dos o tres lapas geniales, saliendo el toro huyendo. Sin fuerza ni fondo, caminó triste tras los vuelos de la muleta doblando manos varias veces.  Ese lote fue anodino y el de El Juli, con más movilidad, pero de condición escasa. Uno negro, lavado de cara y degollado, escaso de trapío, no obedeció a las ventajas que le concedió el torero, ahora con la muleta adelantada, ahora atrasada, ahora mano derecha, ahora izquierda.

Sin fondo el quinto, le duró para animarse a brindar, pero poco más. Lo poco que tuvo se gastó en los tercios anteriores, con un quite de encaje por gaoneras y una réplica de Castella por saltilleras. El sexto, suelto de carnes, nada apretado, se defendió mucho echando la cara arriba. No hay discusión posible ni con la tarde, ni con la corrida ni con ese toro y esa faena. Nada fue a pie de urna ni encuestas de calle. Fueron, toro, faena, vuelta al ruedo, salida en hombros, resultado de la votación de 23.000 gentes. Las que dijeron que el toro fue expcional, la que dijeron que un tercio solo es una parte de tres. La que vieron una faena que fue un cuadro. Un Guernica. Cubismo en su día rebelde, alejado de las normas del arte de sacristía y reclinario en latín.

Para quien sufre del dolor de lo que va hacia ser mejor, no hay vacuna que cure esa herida. Se abre sólo, sola se queda, se desubica del mundo. Se les para el reloj del toreo que avanza. Porque la historia dice que el arte escapa a todas las barreras y los prejuicios. El arte y el toreo y la bravura camina, cambia, no entiende de cercados ni estereotipos. El toreo halla siempre el territorio donde pintar un Guernica. Castella lo hizo.

 

Sebastián Castella, tan jabato como “jabatillo” en San Isidro

 

Con la presencia, de nuevo, de Don Juan Carlos, un cartel de máxima expectación. ¿Se produce, luego, la esperable decepción? Sólo en parte. Con fortuna en el sorteo, Castella corta dos orejas al tercero de Alcurrucén, premiado con la vuelta al ruedo. Morante y El Juli sólo apuntan detalles, con reses de escasa fuerza y casta.

Estas figuras han suscitado un ambiente taurino tan cargado que conviene seguir el consejo de Ramón Pérez de Ayala, para cualquier experiencia estética: intentemos disfrutar (o no) de lo que vemos, sin ideas preconcebidas.

Comparece por primera y única vez en la Feria Morante de la Puebla, que levanta pasiones a favor y en contra. Esta tarde no es de las buenas suyas. El primero sale ya embistiendo con suavidad, le alivian el castigo pero queda muy paradito. Es muy torero el comienzo de la faena, con pases de tanteo por alto. Dibuja algún muletazo, de uno en uno, pero también surgen enganchones. El toro se para y el diestro da por concluida su tarea, matando con habilidad. Ha habido detalles preciosos... pero solamente detalles. Recuerdo la conocida canción: «Todos queremos más». Y tiene razón el público, que lo pide al que puede hacerlo.

En el cuarto, traza verónicas muy estéticas, con el mentón clavado en el pecho. El toro flaquea, se para. Apunta algún muletazo pero la res cae, surgen enganchones y corta por lo sano. La facilidad para matar evita que la bronca sea grande. Ya no volverá a torear en Las Ventas, esta temporada, y no ha pisado la arena del coso sevillano. Para una primera figura, es demasiado poco. Pero no es el único que lo hace...
Los quites

El segundo, protestado de salida por algunos, echa las manos por delante, renquea, se queda casi sin picar. Quita El Juli por chicuelinas y replica Castella por el mismo palo. (¡Hay muchos más quites, por favor!). El diestro muletea fácil pero sin emoción alguna, por la embestida mortecina y claudicante de la res. Pincha antes de la estocada trasera, con salto. El vecino que salió a recoger a su mujer no se ha perdido nada.

En el quinto, que mansea de salida, la lidia es desordenada. Quita El Juli por verónicas y, luego, con el capote a la espalda. El toro va bien pero tiene las fuerzas justas. Julián hace el esfuerzo, logra algunos derechazos pero la res flaquea. Siempre lo repito: un diestro dominador necesita un toro que necesite ser dominado. Surge la división. Un desarme acaba por hundir la faena. Mata otra vez trasero, con salto. Aquí no ha pasado nada... nada de lo que debía pasar.
A cámara lenta

A Castella le tocó el jueves pasado el magnífico sobrero «Lenguadito» y lo saboreó a gusto. Esta tarde, la fortuna le da otro toro ideal para la muleta, el tercero, «Jabatillo», colorado, de 525 kilos. (Mi vecina quiere comprar lotería con este torero). Muestra ya su calidad en las verónicas de recibo, a las que contesta Morante, con una hermosa larga. El toro sale huyendo del caballo y se duele en banderillas pero es magnífico para la faena de muleta: es noble, humilla, repite, transmite emoción. ¡Una maquinita de embestir! El comienzo de faena, con los habituales cambiados, queda impecable, y se suceden series muy lucidas, por los dos lados; algunos naturales, largos y a cámara lenta. Aunque la estocada queda baja, el público exige las dos orejas y se concede también la vuelta al toro (protestada por algunos).

El sexto se mueve pero flaquea. El comienzo de Sebastián, sentado en el estribo, no parece el más adecuado. El toro no humilla nada, le pone los pitones en el pecho. Castella se justifica con valor, pasa momentos de apuro, mata caído.

Una salida en hombros y una vuelta al ruedo a un toro: en Las Ventas, no es nada frecuente. Castella ha tenido el santo de cara, ha estado hecho un jabato con este «Jabatillo»: sin diminutivos, como un héroe de tebeos. Su paso por la Feria está siendo inmejorable. Y todavía le queda una corrida: ¡que siga la racha, en los sorteos!

Postdata. En el centenario de Orson Welles, «el Genio», acaba de publicarse en España su novela «Mr. Arkadin». En el prólogo, señala Juan Cobos que, en su biblioteca personal, tenía el tratado de Cossío, biografías de varios toreros y antologías de poesía taurina (y la maravillosa crónica de Indias de Bernal Díaz de Castillo, que tantos españoles desconocen). En la novela, leo esto: «He visto a toreros en España, que perdían, a causa de la mirada de una mujer, toda prudencia, toda conciencia del riesgo... Podía ocurrir que tan desatinada audacia les valiera el triunfo, que el toro se dejara dominar, vencido». Y elogia la belleza del sol poniente, «del color de la sangre de toro».