Escribano corta su primera oreja en Las Ventas
 

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Foto Efe, tomada de internet

 

 

 

Manuel Escribano cortó una oreja a un toro de Adolfo Martín  (como toda la corrida), que tuvo trasmisión y dificultades. Escribano logró resolverlas y cortó  su primera oreja en Madrid.  Diego Urdiales dejó en Las Ventas muchos detalles que le permitieron salir a saludar en sus dos toros. Sebastián Castella se justificó ante el peor lote de la tarde. Resumen de prensa

 

La torería de Urdiales y la efectividad de Escribano

Zabala de la Serna - elmundo.es

Decíamos ayer: si toros como 'Distante' de Victoriano del Río portasen divisa torista no se protestaban. Verbigragracia: 'Mulillero II' de Adolfo Martín. Mismos parámetros: mucha cara y cuerpo chico. Silencio. Como ha escrito Carlos Ilián en 'Marca', en Madrid ya se protestan los hierros no el trapío. Filias y fobias de la radicalidad.

Según para quién, también. Las verónicas broncíneas de Diego Urdiales desprendieron un empaque monumental por el lado derecho. Una hondura que volaba más allá del embroque. Ganado el paso, genuflexo por el izquierdo por lo cruzado que se venía el toro. La media verónica en los medios tuvo sabor añejo. No le sobraban las fuerzas al Adolfo. Tampoco la guasa mirona. Una mezcla difícil para caminar sin toques. El riojano se sacó al cárdeno apenas sangrado con un molinete al paso. Amagaba la arrancada al cuerpo del torero. Como un guanteo de prueba el inicio. Hasta que Diego Urdiales decidió poner las cosas en su sitio. Y tragó derechazos que impactaron por la emoción. Otros por la estética. Valiente en todos ellos. A pulso una tanda de naturales resuelta con una trincherilla de bramido. Pisó terrenos de fuego. De nuevo en redondo el pecho ofrecido al pitón contrario. Torería entonces, en un cambio de mano y en el broche de despedida. Media estocada sólo. Tendida y sin muerte. Y dos descabellos. No hubo premio mayor que una atronadora ovación saluda desde el tercio.

Castella no quiso saludar la suya de recibimiento como triunfador de la feria. Debutaba con los adolfos como un gesto superior ahora ya con la gloria en el esportón. De haberlo sabido... Una tabla de planchar como toro cinqueño que le buscó las vueltas al caballo con instinto de sabérselo todo. Ya se quedaba por debajo en los capotes. Lo mismo en la muleta de 'Le Coq'. Tobillera la prenda de Adolfo, de no pasar antes de hora. Ni empuje ni querer. Valiente Sebastián. Algunos pagaban con el torero la mierda de toro.

A portagayola marchó Manuel Escribano como el soldado a la trinchera. Como si no le viera, el toro de Adolfo lo rodeó. Tremendo el aguante del sevillano, que libró la larga girando sobre su cuerpo, como si el despistado viniese desde el '1'. O por los estrellones contra los burladeros, o porque venía así de serie, se quedó rozando el pañuelo verde. Ni fortaleza ni atisbo de raza. Moruchos los topetones frenados y frentudos. En el testuz de su cara paletona anunciaba su condición. Escribano cumplió valeroso con los palos y la muleta; con la espada fue otro cantar.

Diego Urdiales apareció de nuevo para tapar un poco con su torería la adolfada. Siendo grande, debería ser oceánica para camuflar semejante pufo. "¡Hay que dar de comer a los toros, ganadero", le gritaron desde el '7' con cariño. Urdiales se encajó y dibujó una serie de categóricos redondos al mansito, humillado todavía con sus palas vueltas. Un cambio de mano y otra tanda que desembocó en el más lento derechazo de 28 días de toros, un parón al tiempo. Inmenso como la trinchera. Se aburrió el toro desengañado y se soltaba de la muleta descolocando al torero. Enfrontilado a izquierdas y embrocado a derechas, metido en tablas para dibujar la última joya de La Rioja despaciosamente. La estocada que antes no se produjo sucedió ahora con una contundencia mortal. La plaza se volcó en una de esas ovaciones tan sentidas que revalorizan a un torero como Urdiales.

Valor otra vez de Sebastián Castella con un quinto muy bajo -cercano al toro enano-, recortado y descarado. Si en las dobladas lo esperó para ver si rompía, el resto de la faena fue la constatación del desfondamiento convertido en marmolillo. Ni suma ni resta a su San Isidro de órdago a la grande. Pero calibre la espada, matador...

Escribano se postró a portagayola. Los pitones veletos del feote sexto le pasaron rozando. Levantado del piso y degollado, sería a la postre el mejor con todos sus matices. Al matador banderillero de Gerena le pegó un arreón con los palos que le hizo perder las zapatillas en la carrera. No le volvería a coger de improviso en los dos siguientes pares de arrojo. Más lo espero en el tercero, y Escribano forzó hasta querer clavar con la querencia a la espalda. Las puntas lamieron el chaleco en el derrote. Un milagro. Como no clavó, pidió un par más. Muchos cojones, por resumir. Y mucho mérito. Banderillear un obús siempre lo tuvo. Se puso el tipo con la izquierda también conectando con la galería. El toro descolgaba en el tramo inicial del natural. Y para apurarlo se enfrontiló a pies juntos. A los vuelos y suave el cite. Efectiva la manera de venderlo todo, que también cuenta. Contada la faena. Lo mató por arriba y se embolsó una oreja del nivel de otras muchas de la feria.

"La Casta"

Miguel Fernández Molia - mundotoro.com

Convertir en dogma una opinión y enfrentarla a los ojos del mundo libre es dejar la puerta abierta al fracaso. Fracaso de unas ideas que siguen inmóviles pese a que todo a su alrededor gira. En ese giro constante, de Madrid, su público, incluso su toro, el dogma sigue invariable para repartir dones como el de la casta. Entregada a unos, negada a otros. Pase lo que pase. Hoy era tarde de dar: se anunciaba casta en la corrida de Adolfo Martín y, al reclamo de su enfrentamiento con el triunfador de San Isidro, se llenó Las Ventas. Pero, cosas del toreo, que por fortuna no es inmóvil, la casta estuvo a la vuelta de una tarde que iba contra lo ordenado. Porque no todos son ‘casta’, diga lo que diga el estereotipo.

Casi ahogadas en la nada, la tarde y la corrida se salvaron al reclamo de ‘Baratero’ y Manuel Escribano. Uno en tarde de seis. Dos, si sumamos la casta del de Adolfo con la del torero sevillano para, en perfecta sintonía entre ambos, darse la importancia que merecía una tarde de ‘No hay billetes’. Y esa fue la casta. Cosas del toreo, la misma que luego muchos no supieron premiar al arrastre del sexto toro en una tarde que se iba en triste rumor de desencanto. Porque lo que es debe reconocerse, pero, y ahí reside la cuestión, cuando de verdad lo sea, no cuando lo mande el dogma. A Sebastián Castella le tocó pagar el precio de ser el triunfador de San Isidro y le midieron con dureza en una tarde capaz sin lote propicio para nada. Y porque a Diego Urdiales, que le tocó el lote más noble, le faltó ese intangible que convierte los detalles en faenas rotundas.

Casta es, siguiendo con el leit-motiv, lo que le hace a un tío irse toro tras toro, día tras día, a la puerta de chiqueros. Hasta el punto tiene casta Escribano que se arriesga a que el público convierta en rutinario un acto valiente. Hoy, claro, dos de dos. Por delante, con el ‘Adolfo’ que bajó la media por presentación, el tercero, que además notó un fuerte golpe contra un burladero nada más salir. Sobrio Escribano cuando cogió los palos, en un tercio de poder a poder y en corto, especialmente en el tercer par, el de mejor resolución. La ovación de resumen le valió para sustentar el casi inexistente último tercio: el toro cambió a peor, a tener una embestida muy corta, a soltar la cara y a revolverse con rapidez. De haber tenido más poder, una prenda. Sin tenerlo, pudo haber herido horrible a Escribano al tirarse este a matar. Se llevó un pitonazo en el cuello que quedó en el susto y en el golpe.

Los más positivos recuperaron la esperanza al ver en la tablilla del sexto su nombre: ‘Baratero’. Historia del toreo, nostalgia de décadas pasadas, les invitaba a mantener la fe. Negro entrepelado, fino de cabos pero con expresión y trapío, empujó de bravo en una vara fuerte que no tuvo continuación en la segunda. Repitió guión el sevillano -portagayola y banderillas- pero el desarrollo del segundo tercio pudo cambiar en un segundo. Esperó y apretó para dentro el toro -casi toda la corrida lo hizo- y en el tercer par, de tanto exponer Escribano, se le arrancó directo al pecho. Le tiró una cornada que, menos mal, se la llevó el aire. Con ese galope peligroso y encastado llegó el toro al último tercio. La clave de inicio, ver quién ganaba la batalla de la casta. Bien Escribano al natural, su mejor pitón, ganándole la acción el torero con el fin de alargar sus cortas aunque emotivas arrancadas.

Siempre por fuera de la segunda raya, aunque moviéndose por varios tendidos, Escribano se trabajó cada tanda con un merito técnico incuestionable. Faena de fondo que buscaba llegar al final a más. Acertó de pleno el de Gerena, que se reservó para el último tramo lo mejor. Con el toro metido en la muleta, gracias a haberle sabido cambiar de pitón entre series sin exigirle más de la cuenta, surgió una tanda de muy bella composición al natural, de frente y a pies juntos. De uno en uno, en muletazos cortos de precioso embroque y final tras la cadera, acabó su labor en alto. Ahí sí rompió Madrid; en el momento exacto. La estocada era de asegurar el merecido premio: una casi entera tendida sirvió para cortar una oreja de peso antes del tibio reconocimiento final al Adolfo.

Al segundo le faltaba el apoyo de la tablilla, pero le sobraba seriedad en su expresión. Quiso evitar al caballo en un par de regates de final de Champions y salió suelto en las tres leves varas que tomó. Fue una prenda en banderillas: sabía lo que se dejaba atrás e hizo pasar un mal rato a la cuadrilla. En cambio no rompió a alimañana como tal; de hecho, no rompió a nada, sólo a malo. Malo y con peligro. Siempre con una medio embestía, sin ir metido en los engaños por el único pitón que dejaba algo, el derecho. En él se basó Castella, siempre sobrio, sin atacarse pero sabiendo ganarle la acción en cada cite. No le echaron cuentas y fue silenciado. El quinto, exagerado de cuerna aunque sin correspondencia a unas hechuras correctas, se lo guardó todo -lo malo- para el último tercio. Echó la cara arriba y se apagó muy pronto, sin permitir la ligazón. Pero tuvo peligro, muchas veces no evidente del todo, cuando se paraba a mitad de viaje. Castella estuvo muy firme con él, toreando quizás más para sí mismo que para el desentendido público. Incluso robó algún muletazo entre la nada. Su feria ya estaba hecha.

Se abrió rápido de capa Diego Urdiales en cuanto vio el buen pitón derecho del primero. Varias verónicas de capote bien mecido y muy jaleadas desde arriba. Sin celo en varas ni banderillas, el de Adolfo llegó a la muleta exigiendo que le llegasen mucho para arrancarse. Lo hizo el riojano, entre parones y cambios de ritmo del toro. Muy elegante en la composición y el embroque, Urdiales logró derechazos -siempre ese pitón- de sumo gusto; sueltos o de dos y parón, porque al animal le faltaba ritmo uniforme. Entre coladas, miradas y algún viaje humillado, sobresalió la última tanda, ya de uno en uno, y un desdén. Saludó una ovación tras media estocada. El cinqueño, cornipaso, bajo y largo que hizo cuarto también tuvo seriedad en su ‘puesta en escena’. Se le vio rápido su poca raza y su buen aire, entendido dentro del contexto que llevaba la tarde, algo que le acompañaría hasta el final de otra faena elegante de Urdiales. De nuevo el embroque, siempre bello; el muletazo deslucido en ocasiones por la tendencia inicial del ‘Adolfo’ de soltar la cara. Bien Urdiales, que vio como bajaba el conjunto de su faena al cambiarse al natural. Dos excelentes en una tanda sin unidad, por lo que el cierre, con ánimo de remontada, era obligadamente con la derecha. Ahí, mas conjuntados toro y torero, le puso otro sello de calidad a otra labor de ovación.