Entre lágrimas se acabó la feria
 

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Resumen de prensa

Foto Efe, tomada de internet

7 de junio 2015

 

 

 

Las  de Rafaelillo que pinchó una gran faena. Había acariciado la apoteosis, tuvo cerca la puerta grande y se le escapó. Sus lágrimas no aguantaron más, no era primera vez que algo así le ocurría en este ruedo. Fue,  en el cuarto de la tarde cuando Rafael,  ente un Miura, se rompió a torear con la izquierda de forma despaciosa. El torero dio una vuelta al ruedo mientras su llanto, que ya asomaba, recordaba lo perdido. Resumen de prensa

Sin Consuelo
Daniel Ventura mundotoro.com
‘Rafaelillo’ no encontraba consuelo. Mascullaba, sacudía la cabeza, crispaba las manos, miraba al infinito y hasta golpeó un burladero con la frente. Tenía dentro la rabia del triunfo que no llega, aunque esté a punto. Lloraba con la aflicción del torero que tuvo la gloria en las yemas y la del hombre que necesitaba el aldabonazo. En esos momentos, como en otros muchos, no hay frontera entre el torero y el hombre. Rafael Rubio ‘Rafaelillo’ lloraba su fortuna, herida de muerte por su propia espada. Lloró roto y largo, también mientras daba una vuelta al ruedo que era puro reconocimiento y cariño puro, pero que no era suficiente. Que no estaba, como premio, a la altura de su faena al cuarto de Miura. Una obra importante, un valioso artefacto de quietud y temple, que le habría valido seguro la oreja precisa para seguir respirando y quizás las dos para subir un peldaño en el circuito. La espada no entró y en las lágrimas de Rafaelillo estaban, seguro, las lágrimas de las ocasiones anteriores en las que tampoco lo hizo; en su tristeza de esta tarde, la última de San Isidro, la tristeza de otras tardes en las que la Puerta Grande fue una posibilidad real, como aquella de 2010 con una corrida de Dolores Aguirre…

Ese toro cuarto, quizás el más reconocible por hechuras de la Marca Zahariche que salió por toriles, fue el único de toda la corrida que ofreció posibilidad, y por supuesto buscándosela como se la buscó Rafaelillo. Insisto: el único. Porque el quinto, que cogió a Marco Galán y le rompió la bolsa escrotal en un tercio de banderillas complicado, fue en la muleta reponedor, orientado y difícil, aunque Javier Castaño lograse meterlo a veces en la muleta y trazar muletazos buenos y dispersos. El sexto, aunque sirviese de excusa a cierto oportunismo para echarse encima de Serafín Marín, no fue nada más que inercia, y por eso tomó la muleta cuando el torero le dio distancia. En cuanto quiso quedarse quieto y construir, el toro no fue nada. Los tres primeros fueron eso mismo, prácticamente nada: el primero un inválido que debió ser devuelto a corrales y el segundo y el tercero tan sin poder que no pudieron enseñar bondad ni desarrollar maldad verdadera.

Al cuarto, que se llamaba ‘Injuriado’, lo habían visto muy pocos antes de que Rafaelillo lo brindase al público. Era alto, huesudo y agalgado; tenía el lomo recto y la expresión diciendo ‘Soy un Miura’. Rafaelillo lo recibió con una larga cambiada de rodillas, de la que el toro salió queriendo saltar al callejón. No le llegaron las fuerzas, así que las tablas seguían zumbando por el golpe mientras el toro se dejaba pegar, nada más que eso, en el caballo: sin humillar y sin tirar de riñones. No se salió de la norma de la corrida en darles a los banderilleros motivos para sudar: poco desplazarse, superdotado radar, cabeza enhiesta… Difícil, y cumplidores los de plata. Después del brindis, Rafaelillo volvió a hincar las rodillas para enlazar cuatro muletazos. El quinto, en pie ya el torero, lo tomó sin celo el toro. Y en la tanda siguiente, de revolverse, perdió los cuartos traseros. No hay que engañarse: cundía en Las Ventas un ‘puf’ que era un ‘otra vez lo mismo’. Pero no, porque Rafaelillo lo hizo romper. Con dos instrumentos imprescindibles, aunque no los únicos ni exclusivos, del toreo bueno: la limpieza y la firmeza. Clave la primera para que la fijeza del toro no se convirtiese en sacudir de tornillazos; fundamental la segunda para animar a la embestida a un tardo que se lo pensaba mucho.

Esos fueron los cimientos del edificio de temple y quietud que Rafaelillo iba a construir. Siempre con la muleta sin tocar, yendo la franela de una a otra mano, el torero murciano fue hundiendo la muleta cada vez más en la arena, tiró del toro con el único y gran propósito de crear lentitudes que no existían y que hicieron que Las Ventas rugiera. Porque lo logró, sobre todo por el izquierdo: sin desatender nunca la limpieza, muletazos hilvanados de cuatro en cuatro, todos bajos y todos despaciosos, más largos de lo que quería el toro, porque también hizo eso el torero: alargarle las embestidas, con el valor que hace falta para llevar el trazo más allá de la cintura. Y sin moverse, y abandonándose tanto que en un desplante, Miura es Miura, el toro le prendió con ímpetu como de venganza por haberlo sometido. Le rasgó toda la taleguilla y por milagro no le desbarató el cuerpo. Todavía más metido Rafaelillo por la sacudida del toro, volvió a la cara, más cerca, más cerca, para mandar con la muñeca y los brazos, con la quietud y con el temple, sobre un toro al que sólo le quedaba ya orientarse cada vez más. Después vino la gloria que no vino, los dos pinchazos y el llanto del torero. Faenón sin premio; faenón que merece memoria.

Todo lo contrario que el primero, un ‘Miura’ menor en todo que debió ser devuelto. O que el segundo, alto y largo, montado y estrecho de sienes, que estuvo a punto de comerse a Castaño nada más salir de los toros, haciendo al entrar en un lance uno de esos cambios de dirección con las traseras que los toros solo suelen hacer cuando han visto ya muchas telas y muchos cuerpos. O sea, a los finales de las faenas y no a los comienzos de las lidias. El caso es que Ángel Otero y Fernando Sánchez saludaron tras parear con valentía y Castaño lo intentó con él, sobre ambas manos, mientras al toro se le escapaba el poder a borbotones. A lo mejor era de agradecer, porque se orientó rápido y sin mapas para irse al cuerpo y tapar las salidas al torero. El quinto no fue orientado, sino que fue peligroso. Ni se desplazó ni quiso hacerlo; prefería esperar y echar la cara arriba cuando presumía que podía hacer presa. Por los dos pitones y sin posibilidad de más de lo que le hizo Castaño. Fue ponerse en la cara, citarlo con firmeza y robarle varios de los que tenía que quitarse antes de que el toro le rebañase.

El tercero, el más lleno de kilos de la corrida, fue también el que más se empleó en el caballo y el que menos dificultades puso en banderillas. No le llegaron las fuerzas al último tercio, en el que Serafín Marín, deseoso de aprovechar su nobleza, lo cuidó de primeras antes de desistir. En el sexto, el torero catalán fue víctima de un ‘favor recriminado’. Era ése toro todo hueso y zancos, mazorca ancha y mucha ‘gaita’. Mansurrón de salida, caminador en banderillas… un 1 que Marín convirtió en un 4,5. ¿Cómo? Con una colocación impecable en los primeros compases de la faena: le dio distancia para lograr que se viniera y construir series ligadas con el único material de la inercia. Así lo hizo, en tres tandas buenas que parte del público entendió de otra manera: le colgaron la medalla al toro. Y cuando el torero, que en lugar de probar y pedir la espada lo había enseñado, quiso pararse y tirar de él, el enemigo era él. Aunque el toro, noble por otra parte, dijese ‘nanai’. Aunque hubiese sido él el que había mostrado la única manera en la que el toro podía responder… Algunos le pitaron, y eso también es para llorar sin consuelo.

 

Rafaelillo goza a cámara lenta de un miura pastueño
Zabala de la Serna elmundo.es

De repente, como por azar, el destino propuso un pacto diabólico a Miura con la voz de Al Pacino: «Si quieres salvar la tarde véndeme el alma de Injuriado. La única condición es que deberás renunciar a tu estirpe porque a tu toro le voy a insuflar el alma de lo que tus partidarios llaman con desprecio el toro comercial. Y le voy a hacer embestir como si fuera un juampedro de los tiempos pastueños con goterones de Algarra y una humillación hace tiempo olvidada en Zahariche. ¿Aceptas?».
Al rato salió Injuriado como cuarto con el poder contado y el temple en su galope. Rafaelillo le tiró una larga cambiada de rodillas. Y participó como invitado del pacto con el diablo. Como si se lo hubiese soplado al oído, brindó al público el espíritu santo del miureño cárdeno y pesado. Y penitente abrió su mejor faena en Madrid. Rafael Rubio gozó con la izquierda arrastrada, por abajo, despacioso y a cámara lenta, desencuadernado de cintura, roto atrás. Rafaelillo, hecho para la guerra como Miura, se sentía torero por un día y no gladiador. Sentía su manera de interpretar el toreo y Madrid rugía dominical y bochornosa. No sé quién dijo una boutade en el tendido sobre la estética y hubo que aclararle conceptos gráficamente: «Y si mi madre hubiera tenido manillar, habría sido una bicicleta y no mi madre».
Rafael, hecho para la guerra como Miura, se sintió torero y gozó a cámara lenta del pastueño toro
Rafaelillo remataba a veces con pases del desprecio, otras con cambios de mano, otras con naturales desmayados, y en un pase de pecho Injuriado se acordó de Miura y le prendió sin herirlo, pues ahí apareció el diablo para recordar el pacto. Un desplante volcó la plaza antes de volver a descararse a cuerpo limpio con la felicidad en el rostro. El triunfo grande habitaba en la espada, pero la espada no fue. Y Rafaelillo dio una vuelta al ruedo rotunda entre lágrimas de emoción.
Una formidable bronca se había desatado apenas 20 minutos después de las siete de la tarde. Un miura agalgado de hermosa cabeza y nulas fuerzas y la obcecación del presidente Martínez encendieron los ánimos de la plaza, encabritada como nunca en 31 días con sus noches. El miureño se había dado dos vueltas completas al ruedo, tan abanto y a su bola. Antes siquiera de la primera vara se sintió su temblor de extremidades. Ya cuando abandonó el peto la criatura de Zahariche se aflojaba de las cuatro patas. Don Julio seguía en su trono, reposado como el tequila. Y cambió el tercio. Ardió Troya. Nada para la inflamación del incendio cuando el miureño se derrumbó en la muleta de Rafael. Una ruina. Abrevió el matador como mediador en la gresca, que siguió a la muerte del toro.

Apareció el siguiente de Miura con hechuras ensilladas, altísimo hasta asomarse por encima de las tablas, largo como un tren... Sin carbón en la locomotora. Perdió las manos antes de llegar al capote de Javier Castaño, que abandonó la nave al verse venir la ola. El estribo sonó en varas con los cabezazos y en banderillas la gente quiso ver cosas que no ocurrieron. Marco Galán lidia en la escuela de Martín Recio de correr hacia atrás los toros sin asentar las zapatillas para ver de verdad un toro. Y se ve como no es. Otero, que se ha cuajado en importante rehiletero, no tuvo su mejor actuación como para desmonterarse ante los clamores de los tendidos domingueros.
Castaño agarró la muleta y ofreció pronto la izquierda para obtener una embestida (sic) por encima del palillo. Al menos pasaba. Por el derecho ni eso. A Javier le salvaba la falta de poder del cárdeno. Más o menos como el quinto, que hirió a Galán cuando se quedó en la cara al reunirse con las banderillas y el miureño. De un certero derrote le trituró la bolsa escrotal, y de otro sin puntería le atravesó la armadura de la chaquetilla como si fuese de seda. Un milagro que no fuese a más. Pasó a la enfermería por su propio pie con las partes desgarradas entre las manos.
Ni los 624 del tercero aportaban potencia. Ni motor. Qué tristeza de apoyos en los cuartos traseros. Desde los galopes iniciales. Serafín Marín quiso sacarle por naturales el aire que apuntaba. Pero la escasa vida del miura no decía nada.
El último de la miurada no fue mal toro sin alcanzar a Injuriado. Serafín lo trató bien, generoso en la media distancia, sin que calase su labor incomprendida y mutilada por el uso de la espada. El miura se había rajado antes de morir.
NOTA: Preocupante el declive de las ganaderías que en los 90 protagonizaban hazañas toristas con Victorino Martín en su apogeo como sempiterno colofón. Aquellas semanas últimas como días de gloria se han marchitado; estos siete días de ibanes, pablorromeros, adolfos, cuadris y miuras han sido un puntillazo que no debe acabar con la idea de la semana torista, que tiene su público. Y mucho.