Los numeritos toreros

 

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Por Nicolás Sampedro A.

 

10 de Agosto 2015

 

 

 

¿Que una “figura” del toreo se niegue a matar un toro en señal de protesta? Hasta donde hemos llegado, lo del sábado en Marbella ha sido la tapa, el Señor Morante de la Puebla ha negado su condición de Matador de toros para dar gusto a los que buscan acabar con la mejor de las fiestas, haciendo justamente lo que buscan todos los grupos contrarios a la tauromaquia.


La pregunta es la siguiente: ¿Debemos aplaudir este tipo de gestos?, ¿tenemos que dejar de ser aficionados a los toros para ser cómplices del sistema? En mi opinión ha llegado el momento de que los aficionados protestemos y no permitamos tal manoseo y borreguismo. Ver como en señal de protesta se desmonteran durante el paseíllo, se disfrazan de animales en vía de extinción, se montan numeritos faltando al respeto a un profesional que riega el ruedo con una manguera, y encima ¿lo tenemos que aplaudir? y lo que es peor, ¿pagar? ¿Tenemos que aguantar que en la fiesta de los toros se hable de todo menos de toros, una faena, un lance – no un lince- , un muletazo o una estocada?


No nos olvidemos que, quien paga en el toreo no es el empresario a los toreros, es el aficionado. La fiesta se nutre del dinero de quien aún tiene la ilusión de ver algo que interese en una plaza de toros. Por consiguiente, quien debe exigir es el público. Ver como en todas las ruedas de prensa en las que se presentan carteles anunciando con mucho esfuerzo a todas las figuras con las ganaderías que “funcionan”, rematan siempre al final con la frase: - Ahora vamos a ver si el aficionado responde-. Claro, lo que no anuncian son las fotos de los toros, lo que vale una entrada media y el grado de compromiso con la fiesta de parte de los actuantes, la pelota se la pasan al tejado de la afición con toda la responsabilidad del resultado económico y artístico.  


El compromiso con la fiesta no está en enfrentarse en debates con quien no vamos a convencer, en montar numeritos para satisfacer el ego de ciertos actuantes, ni mucho menos pensar que creando una entidad que regule a todos los sectores se salvará la fiesta, cuando todos sabemos que salvo el dinero, nada ni nadie podrá regular a ningún sector a costa de perder ni un milímetro de su autonomía. Se debe trabajar en un espectáculo que interese, que lleve gente a la plaza y para esto es necesario el compromiso en el ruedo, de todos los participantes del espectáculo.


Los toreros se deben jugar la vida con pureza y verdad, los ganaderos seleccionar en función de la bravura y no de las dificultades, el empresario ajustar al máximo el espectáculo a la situación, la prensa tiene que dejar de hablar de política y prohibiciones para centrarse en lo que pasa entre toro y torero, y el aficionado exigir como buen aficionado, porque siendo quien paga, es quien menos tiene opinión y participación.


Recordemos el 12 de julio de 1987 cuando Curro Romero se negó a matar al toro Giraldillo en Madrid. Un aficionado, Francisco Miguel Galayo, se lanzó al ruedo para agredir al Faraón. Este aficionado, Currista de toda la vida indignado se sintió estafado por el maestro y se manifestó en contra de su torero. Esto hoy no lo podemos ver, porque si un aficionado se manifiesta es porque está en contra de la fiesta. Necesitamos regresar a las pitadas, los almohadillazos y los rollos de papel higiénico, enfrentamientos en contra o defensa de las técnicas y las personalidades toreras pero sin que por ello se tache de ser contrario a la fiesta. El arte de torear necesita de activistas llamados toreros, ganaderos, empresarios y aficionados.


En su momento, Curro Romero o Rafael de Paula, tenían la responsabilidad en la fiesta del torero artista, porque en el escalafón existían veinte figuras del toreo que mandaban verdaderamente. Hoy José Antonio Morante no tiene la responsabilidad del torero artista porque él, junto a algún otro en su situación son los que mandan en esto, así que la vieja frase –Con verte un quite me sobra- hecha para Curro Romero, no tendría que satisfacer la ilusión de sus partidarios, que van a la plaza para ver a un torero artista pero con la responsabilidad de quien tiene que mandar.


¿Que nos queda? ¿Terminar de ver como el sistema ordeña la fiesta? ¿Seguir adquiriendo la responsabilidad del éxito económico de las ferias? ¿Aplaudir los gestos multitudinarios fuera de la plaza donde el único que sabe quién es el personaje es el que toma la foto? En cada uno está.