Sebastián Cáqueza vuelve a triunfar en su pueblo

 

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Texto y fotos Rodrigo Urrego B.

17 de noviembre 2015

 

 

 

Por primera vez la ganadería de Guachicono se sumaba a las novilladas de Choachí, un certamen que ha supuesto oportunidad para muchos maletillas nacionales, y que ya va por su cuarta edición. Y no falta tener buena memoria para reconocer que, hasta la fecha, no se había lidiado un toro con todas las de la ley en estas novilladas. Bueno, el novillo de esta ganadería tenía cara de toro, y hechuras para plaza de primera. No debería de sonar extraño, pero a veces lo correcto parece serlo. Y es que en estos cuatro años el aporte de algunas ganaderías no es de lo que sobresale en los potreros, sino lo que sobra.

El novillo de Guachicono, del que desconocemos su nombre, estaba reseñado para Sebastián Cáqueza. Él es un extraño caso de admirar en el toreo. Se forja en su pueblo, Choachí. Allí tienta, vacas y machos, mata novillos a puerta cerrada, entrena. En la plaza La Morenita, año tras año, se presenta ante sus vecinos.

La gente se emociona fácilmente con su torero. Cáqueza desafió al de Guachicono, de rodillas, en dos largas cambiadas con el capote. Tampoco se recuerda un novillo peleando con noble bravura en el caballo, creciéndose al castigo de Clovis Velásquez. Sebastián se fue con la muleta al centro del ruedo. Volvió a ponerse de rodillas, lo hizo para torear en redondo, con limpieza en ocasiones, pero siempre con valentía.

Fue el prólogo de un intenso duelo. El novillo de embestidas exigentes, y el torero con disposición de torear por bajo. Por ambos pitones hubo toreo, incluso el novillo aguantó prácticamente dos faenas, porque Cáqueza se resistía a dejar de torear. Una nueva oreja para la vitrina del torero. Y una nueva vuelta al ruedo en el ruedo que prácticamente es su casa.    

Pero si Guachicono envió un novillo con toda la estampa, los que enviaron las otras ganaderías que contribuyeron dejaron mucho que desear. Con el hierro de Achury Viejo salió un novillo sin pitón derecho. Y el becerrote de Armerías con uno gacho y tambaleante. Parecían escenas propias de esas películas de los años 50 en los que el párroco del pueblo recurría a la caridad y finalmente daba su corrida con una vaca, o un toro cojo, lo importante era darla.

Probablemente aún no hay conciencia de que habrá toros mientras haya toreros, y por eso, los jóvenes que aún escogen el camino del toreo necesitan toros en condiciones, y más si es en público. Es de suponer la frustración de  José Luis Vega al no enfrentarse a un novillo en condiciones. Y seguramente el enfado del público que puede sentirse defraudado por el espectáculo.

Vega es el artista de ese grupo de novilleros de la escuela de Choachí. Es capaz de hacer saltar de emoción con sus naturales, o sus verónicas. Quiso hacerlo ante ese animal, se colocaba con firmeza, y dejó detalles. Pero faltaba mucho más que emoción. Faltaba integridad. Y en esas condiciones  es difícil que toreros de este corte puedan evolucionar. 

David Rodríguez ‘El Payo’ tuvo que torear el de Armerías. Puso un buen par de banderillas. Careció de quietud con la muleta, y su faena se volvió en un trance en el que el torero esquivaba las embestidas del novillote.

Mondoñedo sí cumplió. Reseñó un bonito becerro para el niño torero Julián Páez que causó admiración por la tranquilidad con la que se desenvuelve frente a la cara del animal. Como si no advirtiera el riesgo, como si no fuera consciente del peligro al que se expone. Y también la facilidad para manejar la muleta, aunque lógicamente ahora debe estar más deslumbrado con molinetes y trincherazos.  

La primera tarde, que había comenzado con la presentación del joven rejoneador, Carlos Español, que cortó una oreja ante un eral de El Capiro, culminó con la lidia de dos becerros por una especie de collera entre los más pequeños alumnos de la escuela Jerónimo Pimentel, de las pocas que quedan en Colombia.