José Tomás en la Plaza México: tardes que alimentan el mito

 

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Rodrigo Urrego B. 
Ciudad de México

Foto @TauroAgencia

30 de enero de 2016

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Por Rodrigo Urrego B. 
Ciudad de México

Desde aquel 30 de mayo de 1982, cuando Manolo Martínez decidió cortarse la coleta actuando como único espada, no se registraba un lleno hasta el reloj en la Plaza México. Tuvieron que pasar 33 años para que los 46.000 asientos del embudo de Insurgentes, la plaza de toros más imponente del mundo, volvieran a verse totalmente abarrotados de público.

José Tomás, promocionado como “el mejor torero del mundo”, un hombre de carne hueso convertido en el mayor mito del toreo contemporáneo, fue el protagonista de esta nueva gesta, que tiene mayor trascendencia, ahora, cuando la afición, por cuestiones políticas, ha tenido que disfrazarse de minoría.

La movilización taurina provocada por José Tomás no tiene precedentes. Desde que se anunció su reaparición en la México, en la temporada del 70 aniversario, las localidades se agotaron desde todos los rincones del país azteca y de otros lugares en el mundo. Pero el aroma de acontecimiento empezó a respirarse con la cercanía del 31 de enero, cuando el de Galapagar volvería a la plaza donde había tomado la alternativa 20 años atrás (el 5 de diciembre de 1995).

El sábado, un día antes de la corrida, la monumental empezaba a ser cercada por cámaras de medios de comunicación de todo el mundo, y por cientos de aficionados que se acercaban a la taquilla con la esperanza de verla abierta. Las 24 horas antes del festejo las pocas localidades que se ofrecían fuera de taquilla se negociaban y pasaban de mano en mano, y a medida que se acercaba la hora su valor se incrementaba. El diario El País de España informó que hasta 8.000 dólares se llegaron a ofrecer por las barreras. El precio oficial de los boletos era de 80 pesos mexicanos (4 dólares) en Sol General,  hasta 780 pesos (42 dólares) en primera fila de Sombra.

Decenas de carpas y casetas se instalaron cerca de la puerta principal convirtiéndose en un completísimo mercado taurino. Recuerdos de todo tipo, carteles, vasos, pocillos, toda clase de libros taurinos, capotes trajes de luces, banderillas, videos, cabezas de toros… Todos buscaban fortuna con el Mito.

En la Ciudad de México se hablaba con especial ansiedad de la corrida. Se conocían nuevos detalles de la presencia de José Tomás. Se decía que entre sus últimas exigencias estaba traer el cuerpo médico que le salvó la vida en Aguascalientes hace 5 años, cuando el toro Navegante le partió la safena y la femoral, o que se había ordenado el traslado de cuatro unidades del tipo ‘O negativo’, y hasta se filtró que el torero percibiría por su actuación, mano a mano con el mexicano Joselito Adame, 1,3 millones de dólares.

Tanto se hablaba de la corrida que en la noche del sábado, a pocos metros de la Plaza México, en el estadio Azul, los seguidores de Cruz Azul acompañaban con óles las jugadas de su equipo, y los comentaristas advertían que eran el preludio de una tarde para la historia taurina.

A las nueve de la mañana del día señalado, la taquería Villamelón levantaba sus rejas y como un torero a porta gayola, esperaba a los primeros clientes. Desde ese mismo momento no daban abasto. Sus administradores confesaron que se habían abastecido para ofrecer más de 40.000 tacos. Probablemente, la mejor venta de su historia.

A trescientos metros, la entrada para general ya bordeaba hasta el estadio del Cruz Azul. Hombres y mujeres de todas las edades se resignaban a pasar toda la mañana frente a las puertas de entrada. Esta fila se chocaría con otra igual de prolongada, la que hacían aficionados de todo tipo para entrar al sorteo de los toros.

Griles, restaurantes, hoteles. Por todas las calles no se hablaba de otra cosa. Los aficionados apostaban por acertar el color de traje, o por el resultado que tendría José Tomás. Había una ilusión, que la tarde fuera histórica. Que cortara un rabo, o porque no, que perdiera la vida. Todo estaba en los deseos públicos y reprimidos de quienes habían conquistado el boleto para garantizar su silla en el embudo de insurgentes. Había quien comparaba la expectativa por la corrida con la pelea del siglo, la de Mayweather vs. Paquiau en Las Vegas, precisamente el día que toreó José Tomás en Aguascalientes, el 2 de mayo de 2015, la que hasta ahora era su última tarde en público.

Los rostros de alegría y júbilo fueron el común denominador desde las 2:30 de la tarde, momento en que se abrieron las puertas de la Monumental. La logística, según los abonados que van cada ocho días a los toros, inventó nuevos procedimientos, por motivos de seguridad, aún cuestionables, se sellaron varios accesos tradicionales. Y a la gente no le quedó otra que apretujarse de forma peligrosa para acceder por la puerta principal. Hubo hasta quienes tardaron una hora en poder ingresar a la plaza.

A las 4:30 se produjo uno de los mayores espectáculos. La Plaza México, la más grande del mundo, la que no se llenaba hace más de tres décadas, era un hervidero, un escenario imponente, y difícil de superar. Un embudo copado de gente, desde sus barreras hasta el reloj, todos reunidos allí por una sola razón, por un hombre. José Tomás es quizás el único en generar tamaña expectación por el toreo.

El ‘run run’ de tarde histórica fue interrumpido por la aparición del torero que había provocado semejante movilización. Al lado, Joselito Adame, de azul marino y oro,  trataba de robar parte de las miradas que atraía ese hombre vestido de rosa y oro. El pasodoble Cielo Andaluz dio prólogo al paseíllo, y ese óle desgarrado y único que ha caracterizado a la Plaza México, sonó mejor que nunca, pues fue impulsado por 46.000 gargantas. Un óle que por sí solo pagaba el boleto. La gente empezó a levantarse y aplaudir. José Tomás se hizo acompañar por Adame, y en el tercio saludó a sus fieles.

Era la corrida número 16 de la temporada de los 70 años de la México. Una temporada que ha tenido cotas altísimas, como por ejemplo las faenas que hicieron brotar las lágrimas de los aficionados y que llevaron la firma de Morante de la Puebla y El Juli. Pero, una temporada que ha tenido un lunar: la presentación de los toros. Varios encierros protestados por ‘chicos’, y ese estigma que ha rodeado a José Tomás, de escoger los encierros –tal como lo hacen las figuras de todos los tiempos-, era la principal duda.

La gente de José Tomás había apostado por la misma fórmula de Aguascalientes, el año anterior. Tres toros de Los Encinos y tres de Fernando de la Mora. ‘Bellotoro’ (Los Encinos) ‘Platero’ y ‘Soberano’ (Fernando de la Mora) fueron los toros que sacó Miguel Martín, banderillero del Mito, del sombrero charro en el sorteo.

A ‘Bellotoro’ le faltó fuerza. Pero José Tomás se lo pasó muy cerca del cuerpo, aguantando al límite para provocar un recorrido más largo. Fueron innumerables los parones del toro que el torero soportó, mientras en los tendidos se aguantaba la respiración. Uno de ellos estuvo al límite. El toro caminó despacio, cabeceando, amagó con irse al cuerpo, finalmente lo único que se movía era la muleta. En ese intento por torearlo, los pitones de ‘Bellotoro’ encontraron el cuerpo del torero. Momentos de drama que no pasaron a mayores. Al torero le concedieron una oreja, porque muchísimos pañuelos se agitaban en los tendidos. Pitos para el toro.  Pero cuando el diestro se fue a recoger la oreja, una sonora bronca protestó el trofeo. El torero lo devolvió, se fue a la mitad del ruedo, desde allí saludó, pero se negó a dar la vuelta al ruedo. En ese momento cambiaría la tarde.

‘Platero’ era quizás la joya del encierro. Un precioso toro cárdeno claro con los pitones vueltos hacia las nubes. Nadie podía protestarle. Embestía lento, como es costumbre en los toros nacidos en ese país, pero fue manso y terminó con la boca abierta buscando las tablas. A este José Tomás le hizo un par de series de hasta ocho muletazos. ¿Acaso eso se ve todos los días? La faena tuvo una fea mancha, la espada.

Como si se tratara de un complot previamente organizado, apenas salió ‘Soberano’ al ruedo los pitos empezaron a reproducirse. Ni siquiera los buenos avances de José Tomás pudieron acallarlos. ¿Qué se protestaba?  ¿el trapío del toro, alguna cojera?

Todo pasó tan rápido que el toro fue devuelto y salió el primer reserva, Romancero, de Xajay, la misma ganadería con la que tomó la alternativa hace 20 años en esa misma plaza. Un toro vulgar, de feas hechuras, y sin la más mínima ambición. Como si también se hubiera confabulado con quienes habían ido con las intenciones de destruir el Mito. José Tomás intentó por los dos pitones y con multazos abrevió su lidia. Nadie lo podía creer. Nadie pensaba que tanta expectación fuera terminar en ese vacío. José Tomás por debajo, muy por debajo de las expectativas. “Novillero”, le gritaban.  Había quienes se resistían a creerlo y por eso rogaban con sus gritos para que José Tomás levantara el dedo y pidiera el otro sobrero. El de Galapagar no hizo el más mínimo gesto de complacer ese deseo.

Ese ambiente favoreció el triunfo de Joselito Adame. Convidado de piedra, o actor de reparto en el papel, terminó saliendo a hombros. Pudo cortar orejas en sus tres toros, pero solo pudo matar, y de qué manera, al sexto, con una estocada recibiendo después de haberse quitado las zapatillas. Su toreo fue templado, correcto, limpio, pero si de comparaciones se trata, los muletazos de Adame parecían como salidos de una máquina, de una fábrica de muletazos. Y entre más redondos, más júbilo. Y cómo no, el fracaso de José Tomás lo atizaba un triunfo que fue más provocado por el público que de verdad consumado en el ruedo. En el sexto toro mucho alcohol por todos los tendidos, y la frustración se tradujo en un patriotismo de admirar. Sí, José Tomás es el Mito, pero Adame es la figura de México, y todos los mexicanos allí reunidos querían que el de Aguascalientes derrotara al de Galapagar. José Tomás prácticamente le llenó la Plaza a Adame, y los gritos de ‘Torero, torero’ que estaban destinados para él, se los llevó el torero mexicano. Adame se fue a hombros de muchos entusiastas, mientras José Tomás se iba entre mayoría de pitos. El 31 de enero del 2016 no deja de ser una tarde para la historia. El día en el que José Tomás fue más humano que nunca, y no pudo superar a un público que lo recibió entre amores, pero que terminó indignado, frustrado, y con muchas decepciones. Seguramente el de Galapagar estará obligado a volver a los ruedos, para seguir alimentando su leyenda.