La llave que le esconden a Roca Rey

 

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Por Rodrigo Urrego B. 

Fotos Rodrigo U. y Hector Espitia

6 de febrero de 2016

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Para Roca Rey la tarde del pasado sábado en Medellín no solo será su despedida de Colombia, tras una temporada en la que rindió a todos los públicos a sus pies. También era una oportunidad para hacer historia. Podría convertirse en el único torero de la temporada en abrir la puerta grande de las tres plazas de primera. Pero tuvo que resignarse a salir caminando de La Macarena. La llave de la puerta grande se la habían escondido en el palco presidencial.

En buena medida, los cerca de 5.000 asistentes se habían acercado a los tendidos bajos de la plaza (los únicos habilitados) para comprobar todo cuanto se decía del torero peruano, esos comentarios que se han ido propagando de boca en boca y que no lo bajaban de nuevo fenómeno del toreo.

Su reto ante los encastados toros de Santa Bárbara no fue nada fácil. El tercero fue uno de los más célebres, por la seriedad de sus embestidas. ‘Trajerroto’ tuvo buena condición, y violencia por momentos, pero toda su conducta fue encastada. El peruano lo desafió al pasárselo de forma inverosímil, cambiados por la espalda a milímetros, arrucinas inesperadas, manoletinas de rodillas. Superando los límites propios del sentido común. Así cautivó a las mayorías, aunque un sector reclamaba mayor profundidad. El consenso general reclamaba la puerta grande, pero la presidencia solo asomó un pañuelo y se resistió en su decisión.

Manuel Libardo tuvo mayores opciones de salir a hombros. Primero porque en su lote se reunieron los dos toros más sobresalientes del encierro. ‘Cantaclaro’, segundo de la tarde, fue un auténtico volcán de emociones, se zambullía tras la muleta con desbordado ímpetu. No era fácil acomodarse a semejante vorágine, y Libardo lo hizo con decisión. Las primeras series pusieron al público en pié, pero luego la intensidad de la faena no fue la misma. La estocada entró en el podio de lo mejor de su actuación.

Algo similar sucedió con el quinto, ‘Barretino’ de Achury Viejo, que sustituyó al titular de Santa Bárbara que se malogró en el ruedo y que con su sola salida le alcanzó para enamorar a la afición. El sobrero, de muy respetable trapío, tuvo buena condición aunque no dejaba de ser una imponente mole nada fácil de dominar. Las primeras series con la muleta auguraban el triunfo. Pero la relación entre el toro y el torero se fue diluyendo, y esta vez la espada no fue suficiente para arañar la llave de la puerta grande.

El Cid, por su parte, ratificó ese amor propio, esos deseos de un hombre curtido de no quedar en inferioridad de condiciones ante sus jóvenes alternantes. Con un toreo abandonado de esa calidad que algún día brotaba con mayor facilidad de sus manos, y más lleno de alardes, faroles y desplantes, quiso mantener su prestigio, en una plaza que aún le guarda cariño y respeto, y que de momento se le sigue entregando.

Quien salió encumbrado de Medellín, una vez más, fue el hierro de Santa Bárbara, de los seis toros cuatro fueron ovacionados apenas se asomaron al ruedo, por su ejemplar presentación, y casi todos mantuvieron a todos con los ojos bien abiertos, tanto en el ruedo como en los tendidos, pues hasta las dificultades también transmitían emociones.   

 

Ficha 

Medellín, Plaza de toros La Macarena
Sábado 6 de febrero 
segunda de abono 
Dos tercios 

Se lidiaron cinco toros de Santa Bárbara y uno de Achury Viejo (5ºBis), serios de presentación y de emocionante juego. Se destacaron los lidiados en segundo y quinto lugar, salvo el  sexto, todos aplaudidos en el arrastre. Pesos: 472, 455, 450, 458, 490, 486 Kilos.

El Cid (azul pavo y oro): palmas y silencio 
Manuel Libardo (celeste y oro): una oreja y saludo desde el tercio
Roca Rey (sangre de toro y oro): Una oreja y dos vueltas al ruedo tras fuerte petición de dos; y palmas.