Se marchó Benjamin Herrera

 

 
 
 

Por DiegoCaballero

Foto cortesía de Andrés Rivera

7 de mayo de 2016

 

La última vez que lo vi, hace un mes y pocos días, supe que no había marcha atrás. Su delgadez, propia de otros mundos, me lo confirmaba; sabía que pronto marcharía.

En Ubaque fue esa última vez, en una tarde en la que él, probablemente lo sabía, vería su última corrida de toros. Extrañamente la vio desde el tendido, alejado del callejón que representaba a tantos otros que había caminado con una muleta, un par de banderillas o un vaso con agua para su torero. En la tercera fila de aquella plaza de pueblo, recibió el brindis de su amigo Cristóbal Pardo y luego buscaría refugio porque la lluvia llegaba. Era la última vez que lo veía, yo lo pensaba y él me lo confirmaba sin ningún complejo, estoy “mentalizado”, me decía.

Hace unos meses lo pillo una enfermedad sin cura y ya solo esperaba que le tocaran los tres avisos como jocosamente me lo contaba aquella tarde, mientras su cara, con cierta dificultad, dibujaba una sonrisa. Llevo dos…

Aquella tarde, antes de ir a los toros y sentados en un banco del pueblo, me contaba lo inhumano de los centros médicos, lo difícil que es llevar una enfermedad si no hay dinero en los bolsillos. Me contó, sin asomo de amargura en su voz, la decepción que tenía por ciertos amigos. Note agotamiento, como alegría en sus ojos, de orgullo, al contarme que sus hijos se estaban portando maravillosamente y repetía una y otra vez, los tratos de su hija y el desvelo de sus hijos.

Recordó a los amigos que no lo olvidaron en ese duro trance de su vida, y me contaba con cierto asombro, que un hombre cojo y humilde, al que muchos reconocemos en los callejones de las plazas de pueblo, lo visitaba con dos naranjas y un paquete de galletas en su mano. Esas naranjas y ese paquete de galletas, posiblemente eran las únicas pertenencias de aquel hombre humilde que con la grandeza de su alma, caminaba varias horas para visitar al amigo que algunas vez, quizás, le tendió la mano.

Seguramente fue así, me consta su generosidad, su humilde y desinteresada generosidad en un medio en el que las mentiras y la envidia tocan a la puerta. Lo conocí hace muchos años, cuando yo, de niño, jugaba en el ruedo de La Santamaría. Con amigos lo veíamos llegar, siempre pasada la mañana, dispuesto a contarnos sus historietas y aventuras de “gachis” y de tangos, nos hacíamos a su alrededor, en un tendido de la plaza, para escucharlo y terminar con carcajadas los días de entrenamiento.

Pasó el tiempo y se convirtió en un buen profesional, recorrió todas las plazas del país, con Rejoneadores y Matadores. Pero por lo que más lo recordaremos, es porque siempre estuvo al lado de los novilleros que lo necesitaron.

Se marchó “Benja”, el de la gorrilla y pañoleta en cuello. El compañero de tantos viajes en busca del próximo pueblo, el amigo de muchos. Querido Benjamín, que Dios le abra sus puertas y a mi amigo Andrés, su hijo, le envió un abrazo lleno de fortaleza. La vida sigue, aunque no siempre por el camino que queremos.

 

 

 

 

NOTICIAS