El Pana, el torero que conmovió a los toreros  

 
 
 

 

César Rincón, Joaquín Pablo ‘El Toti’, y Ricardo Rivera son tres toreros colombianos que conocieron a Rodolfo Rodríguez, el hombre detrás de El Pana, ese artista mexicano que supo llegar al alma de todos los que se visten de luces. Aquí algunas sorprendentes revelaciones.

Por Rodrigo Urrego Bautista

Fotos Archivo y tomadas de internet

4 de junio de 2016

 

Cuando Rodolfo Rodríguez (Apizaco, 1952) aterrizó en el viejo aeropuerto El dorado de Bogotá, una noche de 1988, pocos, muy pocos sabían que detrás de ese nombre se escondía un torero. Eran otros tiempos. No existía ni la televisión por cable, ni el internet, ni las redes sociales, y las hazañas taurinas solo se encontraban los martes en los diarios o se oían los domingos en los programas de radio. Allí no había espacio para El Pana. De quienes se hablaba era de los toreros españoles, pues esa costumbre de los colombianos de deslumbrarse ante la ‘Madre Patria’. Era natural que la presencia de un torero mexicano pasara inadvertida para los aficionados.


Pero el que aterrizó con una espuerta cargada de personalidad, resultó ser el más singular de los toreros que han aparecido por el viejo muelle internacional. Solo bastaba verle caminar por las calles del Centro para comprobarlo. Por la calle 22, la de los hoteles más acostumbrados a recibir espuertas y fundones, por el Café La Normanda, la Carrera Séptima, la Plazoleta del Rosario, el Parque Santander. Enamoraba con cada paso que daba, con cada palabra que decía, cuando declamaba un poema, o tocaba la guitarra. En la mañana, en la tarde, en la noche y en el amanecer. Una coleta natural, el paliacate al cuello, traje, chaleco, gorra o sombrero. Siempre un puro en la boca y un clavel en la solapa. ¿Actor o torero?, le solían preguntar. “Actor y torero”, era la respuesta.


‘El Pana’ llegó a Bogotá por cuenta del empresario Carlos Fuentes. Lo trajo para la feria más importante del mes de Julio, la del Sol y el Acero de Sogamoso, en la que, un año antes, el toro ‘Monín’ de San Esteban de Ovejas había corneado mortalmente al maestro colombiano Pepe Cáceres. Tenía 36 años de edad y 10 de alternativa. Pero ya estaba sufriendo la amargura del olvido de los empresarios mexicanos, y por eso aceptó venir a Colombia, por lo menos para volver a “zumbarle” unos tricherazos a un toro, como solía decir.


En La Pradera de Sogamoso cortó una oreja a un encierro de Icuasuco, que por aquel entonces llevaban fama de ‘terroríficos’. Pero en lugar de traer fortuna supuso incertidumbre. El señor Fuentes lo abandonó a su suerte. El Pana siempre tuvo la cualidad de dejar amigos por donde pasaba. Pablo Becerra ‘Calica’, un banderillero obsesionado con el toreo, apasionado cuando habla de toros (y del América de Cali), y preparador de toreros, era su subalterno de confianza, y como mandan los códigos de los toreros, el peón de brega no abandonó a su jefe de filas. Fue quien le echó un capote. Le abrió las puertas de su casa y lo acogió como a uno más de la familia.


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En Arbeláez, la última oreja en Colombia, atrás, "Calica"

El matador Joaquín Pablo ‘El Toti’, hijo de ‘Calica’, tendría unos 10 años cuando vio al Pana atravesar la puerta de la casa. “Era gente buena y una persona muy filosofal –recuerda-. Daba gusto oírlo hablar con su acento mexicano-caló. Siempre hablaba bien de los toreros, del único que largaba fue del mexicano Manolo Martínez (El perfeccionador del toreo) porque le cerró el paso. Le decía la gorda Martínez”.

 

 


El Toti comprobó la leyenda de bohemio que arrastró el Pana toda su vida. “En casa hablaba de toros y más del campo mexicano, se deleitaba con sus historias, cuando recorría la legua (los caminos mexicanos), sus cornadas”. El matador recuerda a Rodolfo, el hombre, como “anímicamente frágil”, aunque por fuera “era una piedra”. “Adoraba a su madre, Alicia, y a su familia. Era casado con una gringa y su hija nació en Estados Unidos. Allá viven”.


También recuerda la elegancia de El Pana para decir las cosas. “Parecía un brujo. Lo que decía así salía. Como maestro fue de los mejores que han pasado por mi vida. Aprendí a coger el capote gracias a él y me enseñó toda esa cantidad de suertes que patentó. Me gustaba verlo torear. Aparte era un amigo incondicional, muchas veces invitó a mi papá a México, era un pan como persona y ante todo muy transparente”.


Su paso por Colombia lo llevó a otras plazas. En Arbeláez cortó una oreja a una corrida de Clara Sierra, otra en Mosquera a un encierro de Mondoñedo y  otra en Silvania. Tres meses fueron suficientes para dejar lazos de hermandad. “De Colombia se marchó nostálgico y muy agradecido”, recuerda El Toti.

 

Fue su maestro, no solo en el ruedo y ante el toro, sino en la vida. Le mostraba los muslos remendados por las cornadas, y le dijo cómo se impuso dos veces a cornadas en la misma femoral móstrando una impresionante cicatriz. Hace cuatro años, El Toti o "Serranito" como le llamaba El Pana, fue a poner banderillas en un festival en Zipacón, el novillo le atravesó con el pitón la femoral. Dos horas en ambulancia a Bogotá, desangrándose. Logró salvar su vida, pero le pronosticaron que no volvería a caminar. Quizás el espíritu de El Pana, pero El Toti no soló volvió a caminar, sino que ya ha empezado a ponerse delante de los toros.


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Ricardo Rivera había tomado la alternativa en Guadalajara en noviembre de 2007, y antes de regresar a Colombia para su primera temporada como matador de toros, se fue a preparar a Apizaco, en Tlaxcala, el estado mexicano donde se concentra el mayor número de ganaderías de lidia. Cuando no había tentaderos, iba al ruedo de la plaza de Apizaco a entrenar junto al matador Mariano del Olmo, hasta hace unos días apoderado de Alejandro Talavante. 


Con Ricardo Rivera en Guadalajara

Allí, en el ruedo, Ricardo lo vio por primera vez, aunque no desconocía su historia. Hacía una cantidad lances, faroles, manguerazos,  de pie, de rodillas, citando de espaldas, girando, de mil maneras.


-“El Pana está loco el viejo”-, fue lo primero que pensó Ricardo.


-. “¿Loco? todo eso que está haciendo se lo he visto hacer a los toros”- respondió Mariano.
El Pana y Rivera fueron cómplices de entrenamiento durante tres semanas, Ricardo viajó a Colombia, toreó en Cali, luego en Manizales, y el 7 de enero de 2008 en la plaza de toros de Duitama. Ese día, en la Monumental de México, El Pana reaparecía para despedirse de la afición de la capital. Fue el día en que el Brujo de Apizaco se encontró con Rey Mago de Garfías, la tarde de su vida, la del adiós que se volvió resurrección. Tenía 55 años.

Ese día El Pana y Rivera salieron a hombros en sus corridas.  

 

 


Dos meses después, en marzo,  se volverían a encontrar en Guadalajara. Rivera había toreado el día anterior y se alistaba a matar a puerta cerrada uno de los sobreros de la corrida. El Pana, que andaba por la ciudad, se enteró y se fue a la plaza. Estaba a punto de abrirse el toril cuando el Brujo se apareció por el callejón con su puro en los labios. Después del toro, les dio el resto de mañana poniéndose al día de una temporada especial para los dos.


La primera vez que se encontraron vestidos de luces fue el 15 de noviembre de 2009, en plena temporada grande de Guadalajara. El Pana llegaba como gran estrella del cartel, que completaba Aldo Orozco. Rivera cortó la única oreja. Volvieron a verse casi tres años después. El 7 de enero de 2013, en Arandas, Jalisco, cerca de Guadalajara. El Pana reaparecía tras varios meses de tinieblas en los que el alcohol había vuelto a asumir las riendas. Era una de sus nuevas reapariciones. Lidiaron en mano a mano un encierro de Medina Ibarra. “En la mañana empezaron a decir que El Pana no aparecía – recuerda Ricardo-. “Nadie sabía dónde estaba. Su cuadrilla lista pero El Pana, nada. El empresario salió buscar torero y en las taquillas ya había protestas”. No era la primera vez que sucedía, esa vez la noche de El Pana se prolongó hasta el medio día, apenas con el tiempo justo de vestir el traje. Apareció sobre la hora, custodiado por una horda de fanáticos. Entró a la plaza y se fue a saludar a su compañero de cartel. “Cachetadas por allí, besos por allí, y mucha coba”. El Pana era quizás de los más cariñosos compañeros de cartel que hayan existido.


Lo que sucedió aquel día Rivera siempre lo recuerda como de las tardes especiales de su vida. Comprobó en carne propia la desbordante actuación de El Pana y sobretodo la forma como el público se conmovía, se ponía a llorar  con su toreo. “La gente se enloquecía tras cada muletazo”, lo jura. Y cuando Ricardo estaba toreando alcanzaba a oír como su compañero de cartel lo jaleaba y le mandaba voces de aliento.


El Pana cortó un rabo, Rivera tres orejas. Las vueltas al ruedo del mexicano eran interminables con las botas que le arrojaban, los tragos que se sorbía, y el pulque que tenía escondido su mozo de espadas y que le ofrecía como si fuera agua. Fue la última vez que torearon, la más feliz, ambos se fueron a hombros llevados por la gente del pueblo. 

 

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En enero de 2008, César Rincón ya estaba en la recta final de su campaña de despedida de los ruedos. Había dicho adiós a Cali, Manizales, Cartagena, Duitama, pero aún le faltaba Medellín y Bogotá. En ese interregno, y en una de las tantas entrevistas que concedía por esos días, el periodista Víctor Diusaba dialogó con él en una mesa en la plaza de comidas del Puente Aéreo de El dorado.


La entrevista, era lógico, discurría por los recuerdos de la carrera del mejor torero colombiano de todos los tiempos. Sus hazañas, sus dramas, su tauromaquia. Hasta que Víctor le preguntó por los toreros que ha admirado. El maestro Rincón sorprendió con su respuesta, pues en su selecta lista incluyó a El Pana. Lo había descubierto un año antes, cuando llegó a sus manos el video de la faena al toro Rey Mago, la tarde de su resurrección. “Eso es el toreo”, decía César. Y se paró del puesto y trató de emular ese famoso  trincherazo en el que El Pana deja caer la muleta a la arena, se lleva las manos a la cabeza, y sale andando como diciendo “me voy, no hay nada más qué decir”. Rincón también se llevaba las manos a la cabeza al recordar ese instante que lo conmovió para siempre, incluso en el video.


César quiso robarle un último deseo a la vida y al toreo que se lo ha dado todo. Y aprovechando su despedida en la México, prolongo su estadía unos días más, y hacer el paseíllo con El Pana antes del retiro. Y lo cumplió. Y como maoma fue a la montaña, Rincón Viajó a Apizaco y aprovechó para debutar y despedirse mano a mano con quien fuera el ‘Panaderito de Apizaco’ que duró solo una tarde. César supo lo que es ver andar al Pana, líado en un sarape de saltillo, fumando su inseparable puro, parando a mitad de camino y voltear la cara atrás, para comprobar si su cuadrilla aún lo acompañaba. Lidiaron toros de García Méndez y Teófilo Gómez. El Pana llegaba con las heridas frescas de una cornada que había sufrido 10 días antes en la Monumental de México. Rincón cumplió ese último deseo. Cortó dos orejas, y el pobre Pana apenas pudo matar la corrida. César no aceptó salir a hombros y se fue caminando, al lado del Pana.


Siete años después, el Pana andaba de periplo por España, preparándose por si la vida le regalaba el milagro de confirmar la alternativa en La Ventas. César Rincón le apartó unas vacas de su ganadería El Torreón, en Trujillo, provincia de Cáceres. 


“Amanecimos consternados, es un día muy triste para la tauromaquia. Triste pero relevante. El maestro deja una huella imborrable a todos los amantes de una personalidad, a un torero único y que para todos los toreros fue un ejemplo, y deja una escuela de personalidad. No era un torero que se fijara en los demás toreros, era el torero en el que nos teníamos que fijar todos los toreros. Tuve la suerte de torear con él en su patria chica”, recordó César el pasado jueves 2 de junio, tras enterarse de la muerte del Pana”.

 

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Así como a estos tres toreros colombianos, miles y miles de aficionados en todo el mundo también se conmovieron con un auténtico chalado, loco y enamorado del toreo. Los que lo vieron de novillero, o de incipiente matador naufragar ante los toros más duros, y lógicamente, gracias al internet y al youtube, a quienes lo vieron al borde del retiro hacerle pases y suertes imposibles a los toros. Todo ello por una razón muy simple. El Pana era diferente a todo cuanto se había visto por los ruedos. Único. Con una personalidad irrepetible.


El Pana era un personaje de novela, del cine taurino. Tenía cosas de Belmonte, o de Currillo de la Cruz, de más cornadas da el hambre. De irse por las noches a torear en las ganaderías de Tlaxcala. El Pana los superó, pero en su caso el héroe que salió de la nada terminaba derrotado.


La fortuna pareció esquiva desde que nació, el 2 de febrero de 1952. Tres meses después, su padre, el policía judicial Guadalupe Rodríguez, fue asesinado en una localidad del estado de Puebla. Dicen que cada niño trae el pan debajo del brazo, pero al Pana le tocó salir a buscar el pan para su madre Alicia y sus siete hermanos.
Vendedor de gelatinas, las cuales escondía en el ropero de su madre para que sus hermanos no se las comieran. Luego se ganó la vida como vendedor de impermeables, cargador de bultos en la estación del ferrocarril de Apizaco, y hasta pasó una temporada como sepulturero del panteón.


Hasta que se encarriló como panadero y bizcochero. Entre harina rodillos y pasteles, su maestro en el oficio, Agustín Flores ‘Minutito’, fue quien le dio coba. “Tienes cuerpo de torero, y los toreros ganan mucha parné y tienen muchas gachís”. Rodolfo se dejó convencer.


Como ‘Panaderito de Apizaco’  fue anunciado en su primera novillada, pero como se robaba con facilidad el cariño de la gente, y por las calles lo saludaban mi pana, mi pana. Y así nació el personaje. Se inspiró en la arrolladora personalidad de Lorenzo Garza. Se cortó las patillas, se dejó crecer la coleta, empezó a usar gorra y a fumar puro. Vestía como los clásicos maletillas, camisa a cuadros, atillo al hombro. Pedía aventones en la carretera para ir a los tentaderos, hacía la tapia. Vivía “andando la legua”.


Nunca tuvo padrinos, no gozaba del favor de las recomendaciones. Desesperado por una oportunidad se iba a las plazas a tirarse de espontáneo. “Con el miedo de que te trinque un toro, pero las ganas de estar bien”, decía en un documental sobre su vida. Se le tiró a Manolo Martínez, a Antonio Lomeli y a Solorzano en Tlaxcala; a Paco Camino en Querétaro. Luego vinieron las huelgas de hambre. Tras una de tantas, la empresa de México lo incluyó en una novillada de selección, que en la filosofía del torero de Apizaco, no era más que para sacarse de en medio a seis indeseables.


Desde el paseíllo la gente vio que se trataba de un torero diferente. Cortó 2 orejas a un novillo de Santamaría de Guadalupe. Fue tanto el furor y tras una gran temporada tomó la alternativa el 17 de marzo del 78. La monumental de México llena hasta los banderines. De blanco y plata, pues por lo general vistió de banderillero, Mariano Ramos fue su padrino, Curro Leal dio testimonio, y el toro Mexicano de Campo Alegre lo desbordó. Vinieron años de rebeldía, jamás contuvo su lengua y no temía para andar cantando verdades que nadie se atrevía a decir. La consecuencia, no toreaba. Vetos de los empresarios y de la figura del momento. Los empresarios lo condenaron a los toros más duros, con los que era difícil que explotara su toreo. Sobresalía su personalidad, y las ganas de imponerse. Los que iban a verlo a la plaza lo amaban y eso lo hacía incómodo.
Los años 80, además de vetos, fueron de toros vivos al corral, durísimas cornadas, dos de ellas en la misma femoral, y cada vez menos contratos.  Circunstancias que aprovechó el alcohol para seducir al Pana que dejaba en las botellas y en invitar a sus amigos y a su gente el parné que ganaba en el ruedo. 


El 21 de octubre de 1995, el toro Chocolatero, lo devolvió a la vida en la México. Le dio oxígeno pero no muchos contratos. Seis años después, el 1 de enero 2001, fracasó ante un encierro de La Misión, y ya parecía ser el final. Como no, el alcohol lo volvió a atrapar. “La parte más dura es el ostracismo y la marginación, el desempleo.  Torear dos al año no es grato para ningún torero. Hay tentaderos y no te invitan. La gente te voltea la espalda. Es duro. Eso me llevó al infierno del alcohol en el que hemos caído en varias ocasiones”, decía El Pana en una entrevista.


Estaba en Alcohólicos Anónimos cuando le dieron la oportunidad de despedirse de La México. La historia ya la conoce todo el mundo. El 7 de enero de 2007, un brindis a las buñis. Lo que se suponía la despedida del ultimo romántico de la fiesta, fue la resurrección. El matador Manuel Capetillo, en un reportaje de la televisión mexicana, recuerda “Lo vi por televisión. La gente estaba llorando. ¿Quién llora con un muletazo de un torero? Ese día el Pana nos devolvió a la verdad del toreo mexicano. Me acordé mucho de Silverio y de Procuna”. 


Todo lo hizo después de haber toreado tres corridas en un par de años. “Ese día, si Agustín Lara estuviera vivo diría este es el verdadero monarca del trincherazo”, dijo Capetillo. “Lorenzo Garza decía para ser torero hay que ser un excelente actor. La mitad es verdad, zumbarse al toro, y la otra es teatro actor y el escenario es el ruedo. El mejor torero es el que mejor actúa”, recuerda El Pana una de las lecciones de su torero espejo.


El torero José Tomas también estaba conmovido en los tendidos, y desde ese momento, por todos los rincones de México gente que no es taurina empezó a hablar de toros.  México, Francia y España. Lo empezaban a llamar de todas partes. Después de las duras y las maduras, la vida parecía premiarlo. Hizo el paseíllo en el Palacio Vista Alegre de Madrid, mano a mano con Morante, y con un puro en los labios.
El Pana fue uno de los mayores creativos en el toreo. Se pierde la cuenta del número de suertes que patentó: La veleta, la rielera, el quite del sueño, el cambio de vía, el voy y vengo, la maquinita, el par de Cadafia.  Pero su mayor secreto, conseguía conmover al público.


Solo pedía tener una vejez sin  penurias, ni lástimas, ni una vida de miseria. Parecía su destino, pero la vida le sonrío en el último minuto.  Le dio un tiempo extra que los exprimió al límite. Con 64 años de edad, se veía obligado a torear  cuando quedaba sin dinero. Por eso apareció en Ciudad Lerdo, Durango, el 3 de mayo de 2016. Pan Francés, se llamaría el último toro. El que mandó al Pana por los aires. Cayó de cabeza contra el piso. El Pana nunca más se pudo levantar. Tras un mes de agonía, el chalado más querido de México murió. El pasado 2 de junio, César Rincón, el Toti, y Ricardo Rivera habrán derramado lágrimas de torero.

Si en algo coinciden los tres toreros cuando hablan sobre el Pana, es en una frase: "lástima que usted no lo vio". Y presumen.


Diego García Stern, escultor de 34 años, y quien desde hace dos años es autor del cartel oficial las temporadas grandes de la plaza México, también fue otro artista que al que El Pana conmovió.“Todos deberíamos vivir un poco como lo hacía el Pana; apasionados de la vida, enamorados de lo que hacemos, gozando de la locura y disfrutando de la bohemia. Dejando amigos en todos los caminos recorridos, riendo de nosotros mismos, riendo con los demás. Deberíamos de vivir soñando, dando lecciones, siendo admirados. Todos deberíamos dejar una huella como la que deja el Pana. Todos deberíamos pegar trincherazos a la vida con un habano en la boca, un clavel en la solapa y un aplauso en el tendido”, escribió en su perfil de Facebook. Se fue el ‘chalado’ que le cambió la vida a todos los que tuvieron la fortuna de conocerle.


Suerte Maestro.

 

 

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