Antonio García, el número 1

 
 
 

 

Durante cuatro décadas, a Antonio García no había quien lo destronara del podio de los ganaderos en Colombia. Su hierro de Vistahermosa fue el orgullo de la Santamaría, y sus toros hicieron afición durante décadas.

Por Rodrigo Urrego B.

21 de junio de 2016

 

Entre 1940, cuando lidió por primera vez en la Santamaría, y comienzos de los años 90, cuando el toreo aún despertaba pasiones efervescentes por toda la ciudad, Vistahermosa fue el sello de las tardes de gloria. En esas cuatro décadas, cuando el toreo era junto con el fútbol la principal entretención de los bogotanos, quienes se aficionaron al toreo lo hicieron en buena parte por estos toros. De solo anunciarse, la gente se frotaba las manos o se las llevaba a la cabeza. Los toros de Vistahermosa se los peleaban las figuras y por mucho tiempo eran los de los carteles señalados, los que más hacían palpitar los corazones de los aficionados.


En aquellos años dorados del toreo en Colombia, la Santamaría de Bogotá era una auténtica gallera donde las ganaderías fundacionales se peleaban la supremacía en el toreo colombiano. Jugaban de local la prestigiosa y primera ganadería del país, Mondoñedo, como también la reconocida divisa de Achury Viejo. Pero Vistahermosa marcó diferencia porque sus toros llevaban a un grado de emoción extremo, y fueron protagonistas de tardes que jamás se borrarían de la mente, ni mucho menos del corazón.

 

Los Vistahermosa parecieron haber patentado en el país el indulto, y por si fuera poco, tiene el récord de tres indultos en la misma tarde. Jamás visto y jamás imaginado. Para los incrédulos, eso pasó el 12 de diciembre de 1972. El Viti indultó a  Rompegala, Palomo Linares  a Rehiletero y  El Cali a Soleares.
Palomo Linares es el torero con más tardes en la Santamaría y se hizo ídolo de Bogotá cortando orejas y rabos e indultando toros de Vistahermosa durante 15 años.


Fueron los toros de la alternativa de César Rincón, con Antoñete y Manzanares en el cartel, , un 8 de diciembre de 1982. Un mes más tarde, Rincón, que alternaba con Paquirri y Tomás Campuzano, indultó su primer toro como matador. Sonajero, que diez años después se convirtió en el único toro en la historia en ser indultado dos veces, pues en 1993 le perdonaría la vida el Cordobés de los Pobres, en la plaza de Fuente de Oro, en los Llanos orientales.


Antes de que los antitaurinos aparecieran, en 1988 hubo un toro que amenazó con destruir la plaza de Santamaría. Literal. Su bravura y fiereza no la contenían ni las tablas de la barrera, pues las levantaba sobre sus lomos. El Cali lo toreó como media hora hasta indultarlo, y para que regresara a los corrales no había remedio. Se rehusaba a abandonar el ruedo mientras seguía despedazando puertas y tableros. Se llamaba Telestar. En el 89, César Rincón indultó a Mandarín, el día de la alternativa de Joselito Borda y la despedida de El Cali. Y para entonces la fama de Vistahermosa ya no era exclusiva de la capital sino de todas las plazas del país.


En el 91, César Rincón salió cuatro tardes a hombros en las Ventas y regresó al país como máxima figura en el mundo. El 15 de diciembre reapareció en la Santamaría ante seis toros de diferentes ganaderías. A la altura del quinto toro Rincón no tenía la puerta grande, pero salió Flor de Jara (Punta Umbría) para que salvara la tarde, se lo brindó a Gabriel García Márquez que estaba en una barrera, y la corrida pasó a la historia. Se fue a hombros de decenas de personas que se habían tirado al ruedo para izarlo a hombros.


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Antonio García fue el indiscutible número uno de los ganaderos del país y su hegemonía se prolongó durante más de 40 años. Su padre, Francisco García, nacido en Puebla del Río, Sevilla, fue recomendado por el Conde de Santacoloma para viajar a Colombia y ser el primer mayoral de Mondoñedo. Como don Ignacio Sanz de Santamaría quebró, la ganadería pasó manos de Corporación Colombiana de Crédito y años después García pidió que lo indemnizaran con las cabezas de ganado. De allí nació Vistahermosa.  Antonio se acostumbró de pequeño a ver los toros en el campo y fue quien más le aprendió los secretos a su padre, pero sobre todo el amor por el encaste Santacoloma, por una sencilla razón: “El santacoloma humilla más, transmite más emoción que todos los demás y tiene temple”, solía decir. Vistahermosa prácticamente fue la ‘sucursal’ en Colombia de los toros sevillanos de Joaquín Buendía, tan apetecidos por las figuras en el siglo pasado en España.

 

 

Llegaron en tres importaciones, en 1940, en el 66 y luego en el 79, se adaptaron de la mejor manera a la sabana de Bogotá, y empezaron a forjar su leyenda. A tanto llegó la fama que a finales de los 70, Vistahermosa pudo ser la primera ganadería americana en lidiar en la feria de Sevilla. Un contrato que nunca tuvo firma, y que Antonio García recordaba en sus tertulias, da fe de una corrida a la que le faltó fecha y cartel. Tras la muerte de Francisco, a mediados de los 80, Antonio fue quien asumió las riendas de Vistahermosa y dedicó su vida, su alma y todo su tiempo a preservar un encaste, que empezaba a ser amenazado por las nuevas tendencias del toreo. Abrió las puertas de su casa a cuantos maletillas se asomaban para pegar un muletazo, y ayudó a muchos toreros a los que les dio vacas en los tentaderos que hacía casi todo el año, pues en el palco de la plaza de tientas era el lugar donde más feliz se le veía. Cuando asomaba por el patio de cuadrillas y el callejón de la Santamaría no paraban de saludarlo y atendía a todas las manos que le estiraban, y en los tendidos la gente lo identificaba como el “de Vistahermosa” y hasta le tiraban un aplauso.


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La fama de Vistahermosa empezó a venir a menos a mediados de los 90. El toreo imponía nuevos modelos, el toro del encaste Parladé, principalmente de procedencia Domecq, predominaba en España y empezó a multiplicarse en Colombia. Y el Santacoloma, el encaste del país, desaparecía con el auge de nuevas ganaderías. Toros de mayor tamaño y volumen, mayor fijeza y menos fiereza era con los que las figuras hacían la fiesta en el ruedo. La época en que Vistahermosa empezó a ser excluida de las grandes ferias es quizás la más apasionante de Antonio García. Podría haberse acomodado a las modas, seguir en los carteles, y como no, sacando rentabilidad a sus toros. Pero jamás se traicionó. Como quien se empeña en salvar una especie en vía de extinción. “El toro de Santacoloma es mi vida, y la de mi familia. Todo se lo debemos a él. Lo único que debemos es preservarlo”, decía Antonio (El Toro de Lidia en Colombia. Fedegan, 2009) Uno de sus nietos recordó que la mejor enseña de Antonio fue el “renacer de las cenizas”, y en ese empeño se podría resumir la última etapa de su vida.


Con la misma dedicación de antes, de siempre, seleccionaba las vacas en los tentaderos, y preparaba corridas para que las empresas llegaran a visitarlo, casi siempre se quedaba esperando. No importaba. Si las plazas grandes no se abrían, pues a los pueblos, y allá siguieron haciendo leyenda. Que lo digan los toreros colombianos, que cuando se encontraban los toros de Vistahermosa disfrutaban como nunca cortando las orejas y saliendo a hombros.


En el 2005 fue el esperado regreso de Vistahermosa a Bogotá, con Uceda Leal, Sebastián Castella y Cristian Restrepo, pero la tarde fue decepcionante.  Medellín se convirtió en el refugio de Antonio García. En La Macarena se sentía feliz, incluso iba siempre así no se lidiaran sus toros, pero allí disfrutó de la bravura de varios, como Naranjito, el que se ganó el concurso de ganaderías de 2009, al que lidió Dinastía. No importa si había que viajar horas y horas por una destapada trocha, hasta allá iba Antonio a ver lidiar a sus toros. Era lo que más lo hacía feliz, lo que más emocionaba a su corazón. Nunca se perdía una feria de Sevilla, donde caminaba como cualquier nacido a la orilla del Guadalquivir, y su finca Punta Umbría, entre Bojacá y Zipacón (Cundinamarca), la convirtió en un pedacito de Puebla del Río, la tierra de su padre, de su familia, y ahora célebre por los hermanos Peralta o por Morante de la Puebla.

 

Quienes lo conocieron difícilmente lo olvidaron. Decente y elegante, de andar pausado y con una sonrisa fácil. Ayudó a cuanto torero pasó por su casa, y los que trabajaron en sus fincas  se la jugaron y dieron la vida por él. Dueño y protagonista de anécdotas únicas, y de una devoción por el toro más que conmovedora. Siempre buscaba un toro como para Manzanares, era el torero que más lo emocionaba.
La noticia de la muerte de Antonio García, la semana pasada en Medellín, fue un duro mazazo para el toreo colombiano. Un ganadero de novela, y quien durante más de cuatro décadas fue el indiscutible número uno de Colombia.   

 

 

 

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