Charalá: Toros en la José Antonio Galán

 
 
 

 

Juan Rafael cortó la única oreja en la corrida de la feria de este histórico municipio santandereano. Ricardo Rivera toreó a placer a un muy buen toro de Achury Viejo al que le pidieron el indulto.

Por Rodrigo Urrego B.

3 de julio de 2016

 

Los historiadores coinciden en llamar a Charalá como la “cuna de la libertad de América”. Lo hacen porque fue en esa parroquia de Santander, hace más de dos siglos, donde se levantaron con fiereza los primeros movimientos revolucionarios contra la corona española. Y hay un hombre, José Antonio Galán, que no solo fue el líder de los comuneros, el que se levantó en contra de los impuestos que desangraban al pueblo, y el que reclamó igualdad para campesinos, indígenas y negros. En Charalá no solo brotó la llamada ‘Revolución de los comuneros’, sino que las batallas lideradas por los charaleños abrieron la puerta al ejercito libertador de Simón Bolívar.


Pocos pueblos en el país se dan el lujo de contar esa historia. No en vano, en el año 2013, una ley de la república consagró a Charalá como municipio patrimonio histórico y cultural de la Nación.  José Antonio Galán, a quien los españoles torturaron, ejecutaron, y luego desmembraron, se convirtió en el prócer, en el charaleño más importante de la historia. Su imagen no solo aparece en el escudo del municipio, tiene un monumento en la plaza central del pueblo, y con su nombre, para seguir honrando su memoria, fue bautizado el principal escenario del municipio: la plaza de toros.


Si hace más de dos siglos Charalá marcó la ruta final de las batallas de independencia, hoy hace parte de una ruta marcada por el toreo, pues para llegar allí, hay que pasar por lugares de marcada afición taurina. 305 kilómetros desde Bogotá, pasando por Ubaté (Cundinamarca), Santana (Boyacá), Puente Nacional, Barbosa y Oiba, donde queda, sobre la carretera, la plaza de toros Luis Carlos Galán.  


Los ‘charaleños’ no recuerdan un día en que la plaza de toros no se haya llenado. El toreo es número principal en la agenda de ferias y fiestas. No importa que llueva, truene, o relampagueé. Estoicos, los aficionados aguantan el temporal y amenazan con armar un lío como el de la revolución de los comuneros si no llega a salir el toro al ruedo. Muchos toreros colombianos, de todas las épocas, saben a la perfección lo que es aguantar un chaparrón en Charalá, pues como si fuera tradición, San Isidro labrador se acuerda de abrir el grifo en las tardes de toros.


El pasado domingo, después de un diluvio con tormenta eléctrica, los charaleños llenaron los tendidos de su plaza y exigieron la salida de los matadores. Ruedo en condiciones impracticables, pero fiesta y fervor en los tendidos. Así se dieron los toros.


Juan Rafael paseó una oreja en el único toro que lidió. El otro, entre el ruedo y la mansedumbre del animal, prefirió dejárselo al sobresaliente de su cuadrilla, lo que generó malestar entre la afición.


La cosa iba para desorden público pero un toro de Achury Viejo, el marcado con el número 310, alejó los conatos de bronca. Toro que será muy recordado por su matador, Ricardo Rivera, por la forma como humillaba. Dio hasta dos maromas, o vueltas campana,  por enterrar los pitones en la arena, de tanto embestir con la cara humillada. Perdió fuerza, pero quizás se transformó en virtud. El toro embestía muy despacio, y el toreo de Rivera también fue muy despacio. La gente pidió el indulto, pero cuando la presidencia lo iba a ordenar, el torero ya se había ido por el triunfo de las dos orejas. La presidencia lo tomó como una especie de desacato, y por eso se negó a dar los trofeos que reclamaba la afición. Los toros volverán en un año a la plaza José Antonio Galán, donde empezó la ruta de la independencia. 

 

 

 

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