Don Fermín, un vacío en la barrera del tendido de Sombra

 
 
 

 

19 de octubre de 2016

La muerte del ganadero Fermín Sáenz de Santamaría, a la edad de 87 años, volvió a conmover a la afición colombiana. Un ganadero de leyenda, un  apellido que es la historia misma del toreo en Colombia.

 

Por Rodrigo Urrego

Fermín tenía solo dos años cuando Mariano Rodríguez, Ángel Navas ‘Gallito de Zafra’ y Manolo Martínez hicieron el paseíllo el 8 de febrero de 1931, frente a los ojos del presidente de la República Enrique Olaya Herrera, que ocupaba una barrera de Sombra. Eran tres toreros sin fama, cuya única proeza conocida, por la que encontraron un lugar la historia, fue por haber inaugurado la plaza de toros de Santamaría, la construcción más hermosa de Bogotá, la que siempre sale en las fotos de las enciclopedias, la que más veces sale cuando se ‘googlea’ el nombre de la capital colombiana. La cara de mostrar de Bogotá, ni más ni menos.  

No tenía edad para ir a los toros, apenas si sabría caminar, pero al pequeño Fermín no le faltó estar en los tendidos de la plaza que lleva su apellido para vivir la primera tarde de toros, la que dio inicio a 85 años de historia, leyenda y tradición. Ignacio Sáenz de Santamaría, su abuelo, o “papá abuelo” como el viejo Fermín evocaba al hombre que siempre fue su espejo, seguramente le contó una y otra vez las anécdotas de aquella tarde, y de las que precedieron a su primera vez en los toros.

Habrá sido de niño, en esos años donde la fantasía y el corazón escriben los sueños infantiles y se convierten en presa fácil para que el gusano de la afición pique y deje efectos de por vida. Fermín no podía eludir el destino.

Los libros de historia taurina poco hacen referencia a la familia de don Ignacio, aquel aficionado enloquecido que no solo se le ocurrió la insólita idea de criar toros de lidia en el trópico colombiano, sino que entregó su fortuna para dejarle de regalo a la ciudad, la plaza de toros de Santamaría. Pero a Fermín siempre se le identificó como su nieto predilecto, y por varias décadas, el patriarca de Mondoñedo, la primera ganadería de lidia del país. Toda una leyenda. Así como el nombre de Miura lo es en España, en Colombia, sin esa fama trágica, a los toros de lidia por muchos años se les denominaba ‘mondoñedos’, esa palabra era sinónimo de esos animales de casta que intimidaban en los campos colombianos.

Era lógico que Fermín, en sus años juveniles, se la pasara de arriba abajo por toda la Calle 26, entre la plaza de toros y la hacienda La Holanda, en inmediaciones de Mosquera. Eran sus dos casas. El ruedo donde se lidiaban los Mondoñedos;  los potreros donde los veía nacer.

José Sanz de Santamaría, Manolete y Fermín en el descanso de una tienta en la vieja plaza de La Holanda

Se dio el lujo de alternar de traje corto, en la antigua plaza de tientas de La Holanda, nada más y nada menos que con Manolete y Carlos Arruza, en aquel febrero de 1946 cuando el Monstruo de Córdoba paralizó el país con sus actuaciones en Medellín, pero sobre todo en Bogotá. De la mano de uno de sus mayores rivales en el ruedo, el astro mexicano. Una fotografía en el Libro de Oro de la Santamaría (1981) da fe de un joven Fermín, con planta de torero, departir con confianza y total desparpajo con esas dos leyendas del toreo. Una imagen, un recuerdo de la que sería la única vez de Manolete en Bogotá, un año después vendría la tragedia de Linares.

 

 

Aquel traje corto no era solo por tradición, por elegancia, por respeto al campo y a la estirpe ganadera. También era su piel de torero. Sin ambiciones profesionales, pero cómo no le iba a picar el bicho del toreo. Así fuera como aficionado práctico, pero no para demostrar su valentía, para entender aún más los secretos de esa locura llamada toreo, que  lo apasionó tanto como el Polo, noble deporte del cual era seguidor.        

Después de la quiebra de Don Ignacio, cuando la ganadería pasó a manos de la Corporación Colombiana de Crédito, y la plaza a poder del Distrito, y la depresión que lo llevó a la muerte,  Fermín empezó a ocupar la barrera de Sombra donde siempre vio los toros el pionero de la fiesta brava colombiana.

En el que después fue llamado el Tendido Especial, donde tenían lugar los presidentes de la República, las grandes personalidades políticas, los ganaderos, lo más granado de la sociedad capitalina. Allí, en ese tendido detrás del burladero de matadores, a donde suelen para los capotes de paseo de matadores y banderilleros. Allí, siempre se le vio a Fermín, en todas las corridas, cómo no en las de Mondoñedo, donde se le veía siempre el orgullo de tener los toros más fieros del país.

Allí, en la Santamaría, Fermín se sentía como en casa. Se lo hacían sentir los aficionados, cuando bajaba una a una las escalas del vomitorio de la fila 10 de Sombra hasta su barrera habitual. En cada fila tenía que extender la mano, o simplemente levantarla, para corresponder el saludo.

De carácter serio, tan serio como sus toros. Culto. Elegante como el más cachaco, puntual como el más puntual de los londinenses.  Estricto y refinado. Un hombre que dejaba escapar su sonrisa ante los apuntes finos, y que esquivaba la coba de sus admiradores.

Pero sobretodo apasionado. Una colección humana de recuerdos, de faenas que se hicieron cada vez más heroicas a medida que las narraba; de memoria tan prodigiosa, capaz de tener en la cabeza cada renglón de cada página de los numerosos libros de la ganadería, las familias, los sementales, los toros que hicieron leyenda con sus embestidas; admirador de los buenos toreros, que se mantenía enterado de todas las corridas en Europa y en los pueblos de Colombia, que le abrió las puertas a los toreros colombianos, novilleros, y a las figuras de todos los estilos. Todos los que han escrito la historia del toreo nacional, todos, escribieron alguna página en los libros de visitantes ilustres de La Holanda.

Si algo caracteriza a los apasionados por el toreo es precisamente ese baúl de recuerdos que van alimentando con el paso del tiempo. Es probable que no hubiese otra persona en el país que tuviera la mayor colección de contraseñas, de colillas de boletas taurinas.  Habrá sumado más corridas que Pedro Romero y El Espartero juntos.

El 6 de febrero del 2012, don Fermín tenía 83 años, dos más que los que en ese momento iba a cumplir la Santamaría. Fue la última vez que le vio bajar de la barrera hasta el ruedo. Mondoñedo había lidiado un encierro que había emocionado, una vez más, al exigente paladar capitalino. La ovación no paró hasta que se asomó por el burladero, junto a sus nietos, los hijos de su hijo Gonzalo, que minutos antes habìa salido en hombros, junto a Luis Bolìvar. Fermìn dio una vuelta al ruedo lenta, como si fuera la última, en ese momento sin imaginar que así sería.

Aquella corrida sería la última de Mondoñedo en el ruedo de la capital. Tres domingos más tarde, Pepe Manrique, El Juli, Talavante, harían el último paseíllo que se vio en la Santamaría. Don Fermín no falló a la cita, y allí se le vio en su barrera de siempre. Al año siguiente, la que fuera su casa, fue clausurada por el capricho de un alcalde.

Como si la historia de Don Ignacio se repitiera, mientras la plaza de toros de Santamaría se llenaba de grafitis, de basura, presa del abandono, y rota por unas obras de reforzamiento estructural, la salud de Don Fermín también flaqueaba. Y las fuerzas que siempre tuvo parecían abandonarlo cada día, cada mes, cada año que completaba la Santamaría sin abrir sus puertas.

En la corrida de Mondoñedo de la pasada temporada en Puentepiedra, a Fermín no se le vio. Su ausencia pudo caer como un terrible aviso, como una terrible premonición, como aquella foto dramática de Manolete, apoyado sobre las tablas de la Santamaría días después de tentar en Mondoñedo, y que pareció ser mal augurio de la cornada mortal del toro Islero, de Miura.

Las noticias de que su plaza, la Santamaría, tendría que reabrirse por una orden constitucional, no fueron  suficientes para darle un nuevo aliento. La tarde del regreso de los toros a Bogotá no ha llegado, no se sabe cuándo llegue, pero ya no tendrá el relato, la reseña, del hombre que forjó la leyenda de los Mondoñedos. Ese día, el más esperado por toda la afición, habrá un vacío que ni el más grande de los ramos de claveles rojos podrá llenar, ese vacío que tendrá la barrera de Sombra de la plaza de toros de Santamaría, el vacío que deja Don Fermín Sáenz de Santamaría.  

El lunes 17 de octubre, después de un fin de semana de toros en Manizales, se conoció la noticia. Nadie merecía un homenaje en el ruedo de la plaza de toros, una vuelta al ruedo póstuma  sería lo mínimo. Pero la que fue su casa hoy  esté enferma, adolorida, tanto que no sería la imagen más adecuada que a Don Fermín le gustaría llevarse al palco celestial. 

 

 

 

 

 

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