Ponce y Roca Rey, pasión en La Macarena

 
 
 

28 de enero de 2017

Enrique Ponce cortó dos orejas al segundo y Roca Rey tres orejas en su lote. Juan de Castilla se hizo matador y cortó una oreja en la tarde de su alternativa.

Por Rodrigo Urrego B.

Fotos Diego Caballero y Rodrigo Urrego

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Juan de Castilla debería haber llegado a La Macarena con la ilusión de dar apenas el primero de los muchos pasos que tendría por delante al momento de tomar la alternativa. Puede que lo haya hecho. Pero en su cabeza, como la de muchos de los que llenaron el tendido bajo de la plaza de Medellín, se posó la idea de que podría ser el último paso. Así como lo cantaban una treintena de antitaurinos en la calle San Juan, parecía ser el último año, la última tarde, por cuenta de la amenaza de un pronunciamiento de la Corte Constitucional. Con esa sensación, como si fuera la última, Medellín vivió una de sus más apasionadas tardes de toros que se recuerden en los últimos tiempos.

Enrique Ponce, por primera vez en  25 años, desde la primera vez que se presentó en la Cañaveralejo de Cali (diciembre de 1992), había hecho un paseíllo con la idea a cuestas de que esta sí podría ser su última corrida en Colombia. Quien lo creyera. Parecía que el valenciano no volvería porque se retiraría, y no porque llegasen a prohibir los toros en todo el país. Una nueva prueba del Ponce incombustible.

Su presencia en la plaza fue todo un suceso. Fernando Botero, quien todos los años aprovecha su paso por Medellín para ver los toros, llegó temprano a la plaza en su Mercedes Benz antiguo, que entró por el patio de cuadrillas y al que solo le faltó partir plaza. El pintor de toros más famoso de Colombia, además, mecenas del joven torero del barrio Castilla que se hacía matador, estuvo frente a la capilla hasta saludar a Ponce. Abrazo entre artistas. El pintor, tras el paseíllo, le cedió el protagonismo al torero. Ponce puso a delirar a la plaza como hacía tiempo nadie lo hacía.

Primer toro, brindis a Botero. El toro de Ernesto Gutiérrez tenía muchas, muchas embestidas. No buenas. Noblonas. Pero poco emotivas. Ideal para Ponce. Todo cuanto hizo tuvo el sello de la elegancia, desde doblones, cambios de mano, y esos muletazos que se hacían interminables, en los que se enroscaba el toro alrededor de su cuerpo. Ponce, vestido de grana y oro, uno de los colores más repetidos de sus hazañas, parecía estar de frac y con guantes de seda. Como si estuviera tomándose el té a la cinco de la tarde en Londres. Y la plaza era un delirio. Dos orejas.

En el segundo toro de Ponce, ya nadie se acordaba de que los toros podrían ser prohibidos. Todas las energías se concentraban en que el toro de Ernesto Gutiérrez embistiera, y ni siquiera, todos concentrados a para ver con admiración la forma como Ponce los convencía a perseguir su muleta. Cada muletazo sorprendía, y arrancaba oles. Y cuando parecía que sería la última tanda el valenciano seguía sorprendiendo, y el toreo parecía no parar. Allí estarían toro y torero, y la gente seguiría delirando.  

Roca Rey, apenas empezaba a disfrutar de las salidas en hombros en las plazas colombianas, y aunque Medellín era la única que se le había resistido, nunca se hubiera imaginado que esa, la del sábado, era la única oportunidad para hacerlo.

No escatimó esfuerzos, ni se dejó nada guardado. Y no por la presión de las circunstancias, pues tarde a tarde demuestra que esa es su norma, su esencia. En Medellín, particularmente, toreó muy bien con el capote. Estatuarios y pases cambiados. Fue cogido, al inicio de la segunda faena. De milagro el toro no lo corneó. Y no se cansó de cambiar la trayectoria de las embestidas de un toro en el momento menos pensado, el toro iba a la derecha pero la muleta aparecía detrás del cuerpo del torero, y el toro cambiaba de camino sin hacerle daño al peruano, que volvía a salvarse de milagro cada vez que lo intentaba. Tres orejas, como para no dejar discusión, y por fin la puerta grande de La Macarena, que se le resistió de novillero y en su primer año de matador.  

La salida a hombros, apoteósica, solo le faltó la presencia de Juan de Castilla. Los dos toros dejaron en evidencia que se trataba de su primera tarde, como también lo demostró la actitud de perro de presa, de afrontar la vida con la casta necesaria para imponerse a las adversidades. No fueron fáciles sus toros, y tampoco suficiente la técnica que el de Castilla les ofrecía. Pero apenas fue anécdota, porque el nuevo matador echó de orgullo para imponerse. Cortó una oreja al segundo de su primera tarde de matador.

 

 

 

 

 

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