La Santamaría se vuelve a sentir

 
 
 

29 de enero de 2017

Una oreja cortó Pablo Hermoso de Mendoza en la tarde más sobresaliente de su discreta temporada. Manuel Libardo y Miguel Ángel Perera mancharon sus faenas con la espada.

Por Rodrigo Urrego B.

Fotos Diego Caballero y Rodrigo Urrego

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A la puerta de toriles se le llama la ‘puerta de los sustos’, paradójicamente, de ese túnel oscuro de chiqueros no provenían ninguna de las intimidaciones de la tarde. Volver a la Santamaría, después de la guerra campal que acompañó el regreso de los toros, era un auténtico acto heroico volver a sentarse en el tendido de la catedral del toreo colombiano.

Los casis siete mil aficionados que se vistieron de valientes, fueron llegando a la plaza como quien va a un velorio. Ni los pasodobles con los que afinaba la banda de músicos cambiaban las caras de acontecimiento.

Salió el primero de tarde, y la afición de Bogotá parecía intimidada. El famoso silencio de la Santamaría era sepulcral. Solo hasta el segundo, cuando Perera empezó a enroscarse el toro, en muletazos que parecían convertirse en un solo ole, la plaza volvió a ser la de cinco años atrás.

Manuel Libardo lo comprobó. El cuarto toro, un serio castaño de Las Ventas, tenía unas hechuras tan imponentes y una cornamenta bastante generosa, que el público lo aplaudió tan pronto salió por esa puerta de los sustos. Volvió ese público hostil con los toreros colombianos. Esas voces que esperan el aplauso de la multitud para gritar ‘Toro, toro’, y consiguen el cometido de que muchos lo repliquen. El torero de Ubaté, que como nunca antes se le vio más sembrado en la arena, y pasándose el toro con valentía, dio pretextos con la espada para que sus adversarios en el tendido se impusieran.

A Perera, en cambio, el público de Bogotá le perdonó los pinchazos, en buena medida porque la primera faena del español fue de tanta categoría, de tener dos toros sin mayores posibilidades, terminar hipnotizados en su muleta.

Fue evidente que Pablo Hermoso de Mendoza había sido el gran aliciente de la tarde, o el que motivó a que los aficionados dejaran el susto en el que se había convertido llegar a la Santamaría. Y en tarde tan condicionada, del rejoneador se esperaba que estuviera a la altura de la leyenda, la del mejor rejoneador de la historia, la del que cortó un rabo en la Santamaría. Sus caballos, que en las demás plazas se habían visto como aprendices, en el ruedo de Bogotá dieron la cara y argumentos como para llegar a ser toreros también de leyenda. Y Pablo, con mucha pasión, y emocionado cuando le gritaban vivas a sus caballos, se fajó en una serie de piruetas de pitón a pitón, hizo el desplante del teléfono, y pasó más tiempo toreando, jugando a poner el pecho del caballo en los pitones de los toros sin que estos lo tocaran. Bueno, la del último, terminó siendo una faena a toro parado. Una oreja, quizás la más justa del navarro en una temporada discreta. En Bogotá los toreros suelen andar a un nivel superior.

 

 

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