Jerónimo Pimentel, entre la gloria y el olvido

Si bien había nacido en Cenicientos, en la provincia de Madrid, Jerónimo Pimentel pasó casi toda su vida en América. Entre toros, vacas, fincas, aviones, carreteras y plazas de toros, quedaron muchos de sus 96 marzos, la mayoría de ellos en Colombia y Venezuela, sin que le faltaran estaciones en Ecuador y Perú.

De su campaña americana, extendida por 60 años, y de su tiempo como torero y empresario, contó una y otra vez los hechos a quien se lo preguntó. Lo de menos era el lugar, tampoco, casi nunca, le debió importar el momento; bastaba que alguien se lo preguntara. Y entonces, daba igual una calle en Choachí, cualquier tienda, como antes su oficina bogotana, para convertirla en un tertuliadero donde el maestro Pimentel hacía gala de su memoria prodigiosa. Ahí, en cualquiera de esos lugares, contaba su historia, empezando por esa paliza que le dio un novillo del ganadero Lorenzo Ceballos, el primero que toreó, con 13 años, y al que remató, decía, “a mordiscos”.

De eso, de sus charlas, notas de prensa y recuerdos a oídas, está hecho este viaje por la vida del maestro.

 

Por Diego Caballero D.

 

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Fue así, por ejemplo, escuchándolo, como muchos nos enteramos que antes de llegar a estas tierras, había nacido por lo menos un par de veces. Porque aparte de la vida que le dio Cipriana Gómez, su madre, otra le regaló un grupo de soldados en plena Guerra Civil Española, o por lo menos se la perdonaron. Contaba el maestro Jerónimo que luego de evadir balas nacionales y republicanas en su pueblo, del que tuvo que huir con su familia, se vio frente a un patíbulo de fusilamiento. Que fue en Madrid, después de apoderarse de lo que por entonces era un verdadero tesoro, aparte de un escaso botín de guerra: una buena cantidad de carbón y leña, la que había en un taller de automóviles. Una sonrisa suya siempre acompañó el desenlace: “Les dije a los soldados ‘no hay derecho, por tan poca cosa matar a un hombre’, les dio tanta risa a los militares que me adoptaron”.

Y ahí, seguidamente, contaba que, acabada la guerra, y de nuevo en Cenicientos, y con el permiso de Cipriana, se fue a trabajar con Tomás Domínguez, el tipo que lo había adoptado, y quien no solo le consiguió un capote, también ese novillo que Jerónimo dijo haber rematado a “mordiscos”. Y como Tomás se había colocado como chofer de Isidro Jumillano, entonces veedor de las ganaderías salmantinas para Francia, Pimentel empezó a recorrer lo que a la larga sería su camino, el del campo bravo. Y no solo eso, hasta llegó, como contaba, a repasar las vacas del mismísimo Manolete.

BRINDIS. De Jerónimo Pimentel a Vicente Pastor. De madrileño a madrileño, en Las Ventas.

 

LA ALTERNATIVA Y UNA VIDA MENOS

Años después, otro pedazo de vida se le escapó en Palma de Mallorca, el 30 de agosto de 1953, cuando un toro de Martín Márquez le partió la vena safena. “Grave cogida de Pimentel”, se reseñó en los diarios de España, y también en el diario bogotano El Tiempo, siendo quizás esta la primera vez que se tipeo su nombre en la prensa colombiana. Tan grave resultó la cornada, que se hizo necesario trasladarlo a Madrid, para internarlo en el sanatorio de toreros, en donde permaneció 16 días. “Casi me quita la vida ese toro. Es que, socio, si no es porque a Julio Aparicio le pegaron un cornalón, una semana antes, esa enfermería que poco tenía, no hubiera estado lista”.

Eso, después de haber tomado la alternativa, dos años antes, en septiembre de 1951, en Burdeos, con julio Aparicio, Antonio Ordóñez y toros portugueses de Palha en el cartel, y no alejada de cierta polémica. Resulta que por entonces no eran efectivas las alternativas en Francia, y “no me la valían, toreé un par de corridas más, una en San Martín de Valdeiglesias, otra en Ávila, y no me las contaban. A la final se hizo mucho ruido sobre el tema y sirvió, porque cuando llegué a confirmarla a Madrid había un ambientazo. Llegaron a decir que ahora sí iba a tomar una alternativa de verdad. Y ahora – sonreía Pimentel- la toman todos en Francia”.

Eso que contaba el maestro Pimentel, lo del “ambientazo”, está escrito, y mucho más. Cuentan las crónicas de ese 20 de abril de 1952 que, a pesar de que era la primera corrida del año en Las Ventas, desde muy temprano se puso el cartel de “No hay Billetes”, que intentar atravesar el hervidero de gentes en el patio de cuadrillas era casi imposible. Se anotó, también, que el torero de Cenicientos llegó vestido de heliotropo y oro, un violeta oscuro, “del color de las ojeras”, se dijo. “Me había costado siete mil pesetas, lo estrené ese día. Un periodista se quedó mirándolo y me dijo que si tenía miedo que un toro me lo rompiera, yo le dije que, si era necesario, hasta la cabeza. Es que esa plaza estaba hasta arriba de gente. Ahí vi, en una barrera, al mismísimo hijo del millonario John Morgan. La corrida fue de Manuel Arranz. Socio, si esa tarde meto la espada….

PUERTA GRANDE. Jerónimo Pimentel salió cuatro veces a hombros de Las Ventas de Madrid .

Y sí, había razones para ese ambientazo, no solo era su padrino, Antonio Bienvenida, ni el testigo, Rafael Ortega; también era Pimentel que había triunfado como novillero en esa plaza, la de Madrid. Por ejemplo, a hombros lo pasearon por el ruedo venteño en la tarde de su debut, en la que “iba vestido de celeste y oro. Mi primer novillo se llamó ‘Mimbrero’, era de García de la Peña”, recordaba el maestro quien por agosto y septiembre de ese año 1949 volvió a salir a hombros de Las Ventas de Madrid.

Esa época novilleril solía recordarla Jerónimo Pimentel con tono orgulloso. Contaba que cuando debutó con caballos, en 1949, estaban de novilleros Litri y julio Aparicio, que “ellos toreaban por todas partes, y yo me las tenía que arreglar entre Madrid y Barcelona”. Y se quejaba, aunque ya habían pasado un montón de años: “Al año siguiente no me pusieron en San Isidro, tenía méritos para que me pusieran, había salido tres veces a hombros. Anunciaron a Litri y a Aparicio, y del sombrero se sacaron a Chávez Flores y me dejaron fuera”. Debió influir, seguro, el haberse negado a ser apoderado por Pepe Camará, apoderado de Litri y Aparicio, y, antes, de Manolete. “Creo que fui el único que se atrevió a decirle no a Camará. Era muy rebelde y me peleé muchas veces con los que tenían el poder”.

Así las cosas, asomar la cabeza esa temporada de 1949 tenía mucho mérito. Es que no solo fue el año de la explosión de Litri y Aparicio, también estaban Antonio Ordóñez, Rafael Ortega, Enrique Vera y Juan Posada. Y había más, empezaba a ponerse de frente Manolo Vázquez, mientras cogía temple la muleta de Castilla, la de Pablo Lozano; y asomándose, Antoñete. Un escalafón que de menor tenía muy poco.

ALTERNATIVA. Julio Aparicio, padrino de la ceremonia. Burdeos, septiembre 30 de 1951.

Ya como matador de toros no se quedó sin cruzar la puerta grande de Las Ventas. Sucedió el Domingo de Resurrección de 1953, “con una corrida de Lisardo Sánchez, tomaba la alternativa un mexicano, Nacho Treviño. Yo corté una oreja de mi primer toro, al que tuve que descabellar. Al otro también lo pinché, pero me sacaron a hombros. Por cierto, esa oreja fue la primera que en Madrid entregó un alguacilillo, antes lo hacían los banderilleros”, comentó alguna vez el maestro de esa tarde en la que las crónicas, como en otras tardes suyas, tuvieron un común denominador, el manejo de su mano izquierda: “Sus naturales con la mano izquierda fueron un primor y pudieron parangonarse con los de los mejores muleteros por cómo adelantó la muleta, llevando la baja, y cómo templó el encuentro para despedir a la res con limpieza y con garbo. Casi, casi, desde luego para muchos aficionados, una revelación”, se escribió en la revista El Ruedo.

Tenían de revelador esos naturales, la forma en que Pimentel adelantaba su muleta para traerse al toro toreado y luego alargar su embestida. Y eso, que los de la prensa le cortaron las alas a su toreo, cuando le criticaron, en una de sus primeras novilladas en Madrid, su forma de distanciarse de los novillos para citarlos de lejos. En pleno duelo por la muerte de Manolete, ocurrida un año atrás, ese “atrevimiento” de Pimentel – en contravía de la tesis manoletista – debió parecerles un sacrilegio. “Qué necesidad de llamar al novillo desde tan lejos”, se escribió.

Tras su salida hombros de Las Ventas, la del Domingo de Resurrección de 1953, repitió paseíllo en la misma plaza ocho días después, ante toros de Juan Cobaleda. Y a punto estuvo de repetir el triunfo, pero esa espada…   Igual, “ese muchacho rabioso por ocupar el puesto para el que tiene merecimientos indudables”, se ganó un lugar en esa lista en la que don Livinio Stuyck escribía los nombres de los toreros para la Feria de San Isidro, a punto de empezar, y que por entonces llegó a su sexta edición.

Todo indicaba que 1937 era su año, pero llegó la cornada en Palma de Mallorca y ya nada fue igual. Hasta el protagónico de la famosa cinta “Tarde de toros”, junto a Antonio Bienvenida y Domingo Ortega, se le esfumó por aquel muslo roto; “curé muy mal”.  Tenía razón el maestro Pimentel cuando decía que en Palma se le había escapado una vida, la del torero.

CONVALECIENTE. Tras la cornada en Palma de Mallorca, ya nada fue igual. Agosto 30 de 1953.

Y para darnos una idea de lo que fue su manera de interpretar el toreo, traemos las letras escritas por Alfredo Marquerie, tras una actuación de Pimentel en Madrid: “Se le vio desde el principio la intención de agradar. Son detalles que no escapan ni a la falta de experiencia de los profanos. En la manera de estirarse y ceñirse en las flexibles, juncales verónicas; en su codicia para poner al toro en suerte: en la petición que hizo a la presidencia para que cambiara el tercio: en su temor de que los piqueros se pasaran con las puyas, estaba ya inscrito el prólogo de la faena. Brindó Pimentel a la plaza, no por cumplir, sino porque se hallaba seguro de que recogería la montera entre ovaciones… Y cuando se cayó ante la cara del toro y se levantó, lleno de rabia y de coraje, le bailaban en los ojos los deseos de dar el molinete entre los cuernos, que es, simbólicamente, la mayor burla que le puede hacer un espada a su enemigo: algo así como meterle los dedos en la boca y decirle: ‘¿Ves como no me puedes morder?’”. Y de su toreo al natural, ya contamos.

 

AMÉRICA

Jerónimo Pimentel no sumó muchos paseíllos tras la alternativa, cinco más en Madrid, pero sin la suerte necesaria. Por lo mismo, pronto vio en América una nueva oportunidad, ya en 1957. Lo hizo para llegar a Ecuador. Empacó en su maleta no solo la ropa de torear, también la libreta de empresario. “Había debutado en la México, en el año 51, con una novillada de La Laguna, esa fue mi primera vez en América. Mi segundo viaje fue porque en España andaba el ecuatoriano Manolo Cadena Torres, yo le ayudaba en lo que podía, y como había interés por verlo a él en Quito, pues viajamos. Allá estaban Cayetano Ordóñez, Mario Carrión, Victoriano Posada, Bartolomé Jiménez Torres. Los había llevado El Pando – Fernando Traversari, torero ecuatoriano-, entonces yo llamé a Enrique Vera y al rejoneador Bernardino Landete.

Nos juntamos todos y dimos toros muchos domingos en la plaza Arenas, con ganado criollo que había en Yanahurco y Chiriboga, en el páramo. Aquella plaza era pequeña, parecía una gallera, un embudo para cuatro mil personas; se llenaba, pero no nos quedaba ni para pagar el Majestic, que era el hotel. Había otra plaza que había inaugurado Luis Miguel Dominguín, unos años antes, mucho más grande, para nueve mil personas, pero tenía líos de terreno, creo, así que nos pusimos a pedir una plaza para Quito. Se hicieron unas conferencias, reuniones, ese fue el inicio de Iñaquito, y de su feria que fue obra de Manolo Torres Cadena”.

 

De Ecuador a Colombia 

El 28 de diciembre de 1957 se inauguró la plaza de Cali, y Jerónimo Pimentel vio en esa copa champañera un sorbo de oportunidad: “Estando en Ecuador nos enteramos de la nueva plaza y me encomendaron a mi para buscar organizar algo allí. Hablé con Ernesto González Piedrahita y Ramiro Guerrero, y como habíamos dado corridas de toros no solo en Quito, sino en Guayaquil y Latacunga, donde montamos plazas portátiles; y también en Riobamba, pues nos dieron la plaza por tres fechas por julio: sábado, domingo y el lunes que era día patriótico”.

En una de ellas, la primera, la del sábado 18, anunció a Enrique Vera, lo que terminó siendo un problema. Veamos cómo lo recordaba el maestro: “Enrique había hecho el último cuplé con Sarita Montiel, una película que estaba por todas partes en Colombia. Y puse la propaganda alrededor de su imagen. Para los otros toreros apenas unas tiras con sus nombres: a Pepe Ordóñez, le pusimos ‘De la dinastía de los Ordóñez’ y a Mario Carrión ‘El mejor torero de Sevilla’. Enrique aparecía de cuerpo entero, dando una revolera, y Sarita Montiel a su lado, con mantilla”. Pero se quedaron esperando al torero actor. Y peor, ya le habían comprado el pasaje de ida y vuelta. “Nos mandó un cable que decía no puedo ir. Yo lo quería matar”. Se sacó un comunicado diciendo que no le habían dado permiso de salir de España por estar en edad militar, pero la realidad era otra: “Andaba rodando otra película, ‘El niño de las Monjas’ y no lo dejaron venir, y nos arruinó”. Fue entonces, cuando Pimentel se tuvo que poner el vestido de torear para sustituir a Vera, pero “cuando aparecí yo por ese patio de cuadrillas, y la gente no vio a Enrique, el de la película …”.

Así fue como el 18 de julio de 1958 Jerónimo Pimentel toreó por primera vez en el país en el que pronto echó raíces. Se las vio con dos toros de Benjamín Rocha, y no solo uso su capote y muleta, también el descabello, pieza que ya parecía obligada en su tauromaquia. Por lo mismo no abrió la puerta grande, lo que no fue obstáculo para abrir otras: se quedó como gestor de la plaza caleña y con la amistad de Ernesto González Piedrahíta, el ganadero que lo nombró tentador oficial en su ganadería, en esos “tentaderos de verano”, como los llamaba don Ernesto. Labores que también hizo en El Tablón, la ganadería de José María Estela.

En esas andaba, tentando en Las Mercedes, recién inaugurada su plaza, pues habían cambiado de lugar la ganadería, cuando le propusieron torear en Bogotá, por septiembre. El maestro lo solía contar: “Un tipo de apellido Zamudio se comunicó conmigo, también Antonio Reyes, de quien era la corrida. Yo encantado les dije que sí. Pero a la hora del sorteo los toros no pesaron lo que tenían que pesar y se suspendió la corrida. No te imaginas la que se armó entre el empresario y el ganadero en esos corrales”. Era la segunda vez que se quedaba sin torear en Bogotá: “En 1953 me bajé a última hora del cartel porque me querían dar menos dinero del pactado con la empresa, y no vine”. Al final, Jerónimo Pimentel se quedó sin hacer el paseíllo en la plaza que nació el mismo año que él, en 1931, con apenas días de diferencia.

Y tras la visita fugaz a la capital bogotana, la de 1958, de vuelta a España. Había mucho por hacer: buscar toreros y toros para la feria de Cali: “Traje a Jaime Ostos, quien era primera figura del toreo, como también lo eran Juan Antonio Romero, Victoriano Valencia y Curro Girón, y también importé los primeros toros españoles que llegaron a Cañaveralejo, los de Juan Guardiola Soto, de Felipe Bartolomé y los santacolomas del Duque de Tovar”. Fue en la segunda feria caleña, y la primera de muchas en las que Jerónimo Pimentel fue veedor de los encierros de esa feria sin que no faltara algún disgusto: “En esa feria –  1958/59 – estábamos enchiquerando la última corrida, y había que cambiar un toro de corral, uno de Bartolomé que terminó pegándome una cornada fuerte, ahí, en los corrales. Estuve varios días en una clínica. Allí me contaron que al toro le habían dado la vuelta al ruedo”. Una vida menos, maestro.

Eso, aparte de empezar a dar festejos cerca de Cali, en Palmira, por dar un ejemplo, donde se puso el traje corto para participar en un festival benéfico, como también lo haría en Medellín y Manizales. Y por ahí mismo terminó en Venezuela, organizando novilladas que a la postre fueron el comienzo de varios toreros colombianos, como El Puno,  El Cali y Jorge Herrera, además de ser alivio de muchos ganaderos nacionales: “Dábamos novilladas todos los domingos. Yo vi cómo muchos ganaderos de segunda se hicieron ricos”.

Y fue en esos viajes a Venezuela, cuando conoció a Over Fresneda quien andaba por allí con un espectáculo cómico al que anunciaban como Fantasías Taurinas de Walt Disney, contratado por Hugo Domingo Molina. Y Over, tan veloz como el personaje del indio que alguna vez representó, pronto pasó de ayudar en las cuarentenas del ganado que adquiría Jerónimo Pimentel, a transportarlo en un Ford de la época. Así, desde el Cauca, en tierras de Ernesto González Piedrahíta, Pepe Estela y las de Abraham Domínguez, o desde la Sabana, en terrenos de Felipe Rocha, José del Carmen Cabrera, Nicasio Cuellar y los de Domiciano Camelo, Over, montado en su camión, atravesó el país en los años 1970, llevando toros y novillos hasta Cúcuta, a donde Jerónimo Pimentel los recibía. Días en que Pimentel conoció al hijo de Over.

Ambos, el hijo de Over y el maestro Pimentel, recordaban ese episodio casi al pie de la letra. “Yo le dije a Over que si quería llevara a su niño al campo, pues Fabio Grisolia había organizado un tentadero para El Capea y Morenito de Maracay. Me acuerdo que quedaba una vaca que se había fastidiado un pitón, y yo, en guayabera, la toreé. Y luego le pregunté al chico de Over: ¿Quieres torear? Y él cogió la muleta”, contaba Jerónimo Pimentel. “El maestro me decía ‘espera la vaca, espérala’, y ahí fue cuando di mi primer muletazo. Me dijo: ‘Si terminas el colegio te llevo a España’. En 1982 ya estaba en Madrid”, comentaba el hijo de Over, el mismo que en 1985, 10 años después de ese tentadero en La Carbonera, apoderado por el propio Pimentel, y tras una intensa campaña como novillero en Europa, recibió su alternativa en Bogotá, anunciado como Gitanillo de América.

APODERADO. Gitanillo de América brinda a Jerónimo Pimentel el toro de su alternativa. Bogotá, 6 de octubre de 1985.

Ese festejo, en La Santamaría bogotana, en la llamada Corrida de Crotaurinos, celebrada en homenaje a la prensa taurina de Colombia, como la del año siguiente, al igual que la feria de Quito en ese mismo lapso de tiempo, resultaron ser algunos de los últimos coletazos del capítulo empresarial de Jerónimo Pimentel. Ese que empezó a escribir, en el caso de Bogotá, en un ciclo de novilladas. Lo recordaba el maestro: “Con Joaquín Rodríguez ‘Pereque’ hicimos cuatro novilladas con ganado criollo que tenía él. Eso salió bien, las mujeres y los niños pagaban media entrada, se llenó varias veces la plaza. Me sacaron a hombros en la última tarde, y ahí un señor, de apellido Parra, me propuso dar otras cinco. Le dije que sí, pero con la condición de comprar ganado de casta y que fueran picadas. En esas toreó mi hermano. La última la hicimos en homenaje a los fotógrafos taurinos, recuerdo que iba a torear Manuel H., pero no encontramos un becerro”. Aquellos festejos, nueve en total, en 1962, fueron el abrebocas de lo que vendría cinco años después.

 

BOGOTÁ Y MANIZALES, FERIAS DE PRIMERA

Fue en diciembre de 1967, cuando Jerónimo Pimentel y sus socios, el también español Víctor Rodríguez y el industrial judío Miro Abitbol, se hicieron cargo de la plaza bogotana que se encontraba vetada, entre otras cosas porque los impuestos exigidos por el municipio, dueño de la plaza, se volvieron imposibles de pagar. Tanto que en ese año tomó fuerza la construcción de una plaza, con capacidad mayor a 20 mil espectadores, en terrenos de la carrera 68 con avenida El Dorado, y en la que tendrían participación los nuevos empresarios. Una empresa que a la larga no tomó forma. La que si se inició fue otra, la de Pimentel y Rodríguez, en La Santamaría:

“Arrancamos en diciembre, montamos la temporada Señor de Monserrate con El Cordobés, El Viti y Pedrín Benjumea que tenía una película – Cicatrices – rodando por Bogotá que era un éxito. El Cordobés triunfó por primera vez en La Santamaría y se llenó la plaza. Aquello fue un éxito a pesar de los impuestos”. Al año siguiente, 1968, Pimentel y sus socios fueron los encargados de programar la que luego resultó ser la Corrida del Siglo: “Hay que dimensionar cómo fue aquello, una locura. Lo del Cordobés, Cáceres –Pepe- y Camino –Paco- con los toros de Abraham Domínguez. La Santamaría se puso a un nivel muy alto. En todas partes se habló de la plaza de Bogotá”, comentaba el maestro cuando le preguntaban, una y otra vez, por esa histórica tarde.

 

La disputa con Manolo Chopera

Se habló, y mucho, de la plaza bogotana, tanto que pronto otros empresarios, a pesar de los altos impuestos, quisieron hacerse con los destinos de La Santamaría, entre ellos, Diego Martínez, representante de la empresa de Madrid, la de Jardón y Livinio Stuyck. También, sobre una mesa del despacho del Gobierno del Distrito, quedó la propuesta del entonces “todopoderoso” Manolo Chopera, hijo, hermano, primo y sobrino de empresarios taurinos.

“Cogimos La plaza de Bogotá en un momento – 1967 – en el que el mismo Manuel Chopera consideró que no tenía importancia. Hoy – 1969- que es posiblemente la plaza más importante del continente, luego de una administración sin tacha, Chopera aspira a su administración”. Estas fueron las declaraciones de Jerónimo Pimentel en el diario El Tiempo, cuando a punto estaba de saberse quien era el nuevo gestor de la plaza bogotana.

MANIZALES Y BOGOTÁ. Empresa  Rodríguez – Pimentel.

Pero ahí no pararon las diferencias entre Pimentel y Manolo Chopera. Había más. En la misma nota del diario bogotano, Jerónimo le pidió al empresario vasco depositar los dineros referentes a los impuestos de Paco Camino en Manizales que la empresa, de la que hacía parte Chopera, quedó debiendo al municipio. Siendo está la razón por la que el empresario vasco no pudo continuar organizando la feria. Se hizo cargo de ella Jerónimo Pimentel y sus socios, no sin antes depositar los dineros adeudados por Chopera, requisito obligado para poder lanzar los carteles de la feria manizaleña de 1970. De ahí el reclamo de Pimentel: “Que el señor Chopera deposite lo que nos debe”.

Finalmente, Jerónimo Pimentel ganó la nueva licitación de la plaza bogotana. Pero de entrada tuvo que enfrentar una disputa empresarial de Manolo Chopera que tendría coletazos en América. Resulta que, durante la temporada española de 1969, Manuel Benítez El Cordobés, junto a Palomo Linares, se negó a torear en las plazas de los empresarios poderosos, los que se hicieron ricos con El Mechas, se dijo, incluidas las de Chopera quien lo apoderó en 1966. Ambos toreros montaron a lo largo de la geografía española sus propios festejos, torearon con quien quisieron y los toros que eligieron. En represalia, al finalizar esa temporada, la que fue bautizada como la de La Guerrilla, el empresario vasco lanzó una advertencia que iba a traer consecuencias en las plazas de Pimentel: las de Bogotá y Manizales, además de las de Mérida, Maracay y San Cristóbal en tierras de Venezuela, todas a punto de lanzar sus carteles. Donde toreé El Cordobés, no lo harán mis toreros, dijo Chopera, o por lo menos ese fue el rumor que corrió por esos meses, de quien entonces apoderaba a medio escalafón. Lo cierto, fue que ningún torero apoderado por el vasco apareció en los carteles de las plazas bajo el mando de Pimentel & Rodríguez.

No se amedrantó Pimentel, de quien se dijo, llegó a retar a duelo de pistolas a Chopera. Y para duelos, los que se vivieron en sus plazas con la lujosa nómina que logró anunciar: Paquirri, Miguel Márquez, Gabriel de La Casa, Ángel Teruel, Manolo Cortés, Pepe Cáceres, y claro, El Cordobés y Palomo Linares. Esos toreros fueron los tiros con los que Pimentel retó a Chopera. “A Colombia llega La Guerrilla”, titularon varios periodistas.

Y si Jerónimo Pimentel y sus socios le dejaron a Bogotá la Corrida del Siglo, en Manizales también marcaron un capítulo inolvidable en la historia de su feria: la tarde del 11 de enero de 1970, en la que los manizaleños, por la mañana y por la tarde, vivieron un día inolvidable de toros. También hay que anotar que esa jornada se vivió porque la tarde anterior, y por primera vez en Manizales, se suspendió una corrida de toros a causa de la lluvia. Pimentel solía recordar aquella tarde de agua: “No había una sola boleta en las taquillas, y habíamos llevado al Cordobés que había costado lo suyo, y con lo de las primeras dos corridas apenas juntamos su dinero, así que el resto de la feria dependía de las otras dos tardes. El papel estaba agotado, pero se puso a llover como nunca. Imagínate, socio, cómo sería ese aguacero para que suspendan una corrida en Manizales por lluvia… Total, hablamos con las autoridades y rápido decidimos que había que darla al otro día. Salieron al ruedo Miro Abitbol y Pedro Domingo quien toreaba ese día, y le dijeron a la gente en los tendidos que a las 10, ¡Mañana a las 10!, les decían con la mano a esa gente que esperaba ahí con los plásticos soportando el agua. Así fue, a la mañana siguiente la plaza estaba llena, y enseguida la otra corrida. Fue la primera vez que en Colombia se dieron dos corridas en un solo día. Menos mal no volvió a llover…”.

 

La ruina

En Bogotá, los del Distrito no accedieron a bajar los impuestos. La plaza se llenaba, pero apenas si se emparejaban los deberes y los haberes. No había lugar para un traspié. “En Manizales dimos la siguiente feria – 1971- , levantamos aquello que venía mal. Pero al año siguiente se la volvieron a dar a Manolo Chopera… Como también había pasado en San Cristóbal. Y en Bogotá me quedé solo con Víctor Rodríguez. Total, echamos para adelante, pero…”.

EMPRESARIO. Un contrato para El Cordobés. Pimentel & Rodríguez, la empresa de Bogotá y Manizales, en presencia de Paco Ruiz.

Los traspiés, así, en plural, aparecieron en Bogotá desde el 24 de enero de 1970. Ese día llegó el primero, en forma de lluvia, la que terminó siendo la causa de la suspensión de la corrida que abría la temporada. Mal augurio. “Ocho días después, casi ocurre lo mismo, pero al final se echó la corrida”. Lo peor estaba por pasar. Como había ocurrido en Cali, con el torero del último Cuplé, ahora El Cordobés, contratado para tres tardes, fue baja en los carteles tras la primera, en la que resultó herido en su cuello, de forma dramática, pero sin consecuencias más allá de la cicatriz que aún lleva. “Toreaba el siguiente sábado, por entonces dábamos corridas sábados y domingos, y nos dijo desde su habitación en el hotel Intercontinental que lo anunciáramos. Entonces doblamos la inversión de la propaganda, se le hicieron muchas notas, una muy famosa de Germán Castro Caycedo en El Tiempo. La gente agotó las boletas el mismo martes en que anunciamos la reaparición de Manolo, pero llegó el jueves y él se fue para España, así no más, tan tranquilo… Tocó devolver el dinero de muchas entradas. Y como no paraba de llover, la gente no volvió a la plaza. Una ruina”.

Sin embargo, Pimentel y Rodríguez intentaron seguir con el contrato firmado al Distrito que señalaba un año más. Dieron la temporada de diciembre, a la que no le faltaron contratiempos: otra tarde suspendida, por lluvia, escasa, pero es que “no había gente en los tendidos y El Viti prefirió marcharse al hotel Tequendama”.

Peor aún, como si fuera un designio del destino, otra vez se cayó el torero estrella del abono: Luis Miguel Dominguín. Lo recordaba Pimentel: Había sido su representante en América, y como había reaparecido, me prometió torear en Bogotá. Lo anuncié dos tardes, pero faltando unos días me llamó a decirme que se había fracturado un dedo, en Lima, si mal no recuerdo. Le dije: ‘vente, a ver si la gente no piensa que es mentira’. Vino, y con su meñique entablerado se sentó en un tendido de la plaza, pero eso fue peor, al público le pareció insignificante lo de ese dedo, también a la prensa. Total, ya teníamos el agua arriba del cuello, así que…”.

Lo que todos presentían pasó días después, en enero de 1972, cuando Jerónimo Pimentel y su socio, Víctor Rodríguez entregaron la plaza. La Santamaría se quedó sin toros. “La dejamos como la encontramos, llena de deudas”, dijo Pimentel a un periodista de la revista española El Ruedo. Fue evidente que poco le sirvió a Pimentel la Cruz Magnética, ese amuleto de la suerte que por entonces le vendió un paisano suyo, Constantino Sánchez Él Zorro de Toledo’, en su local de la avenida Jiménez con calle cuarta, tal cual se anunció en la prensa.

Aquella ruina, a la larga, significó lo contrario para los que llegaron un año después, los hermanos Lozano. Pues al quedarse la plaza sin tardes taurinas, el Distrito se abrió a la posibilidad de bajar los impuestos, como al final sucedió. Así, La Santamaría siguió viendo sus tendidos llenos, pero ahora, dejando dinero en los haberes de la nueva empresa.

La aventura de Jerónimo Pimentel en América, que ya llegaba a un cuarto de siglo, de momento, continuaba en el campo bravo, en Venezuela.

 

EL PARAÍSO

Si bien El Paraíso fue la cima ganadera de Jerónimo Pimentel, no se pueden desconocer las otras ganaderías que emprendió, y menos su aporte al campo bravo colombiano. Como ya contamos, fueron suyas las primeras importaciones de toros para la feria de Cali, en 1958. Y por el mismo camino, el que conduce a España, pronto empezó a traer los sementales que se encargaron de poblar el campo bravo colombiano. Eso, aparte de los toros que importó a Venezuela, desde 1964.

Célebre fue el toro de nombre Pescador, traído por Pimentel desde la finca de Joaquín Buendía, en Morón de La Frontera. Aquel toro, marcado con el número 55, llegó a tierras de Silvia, en el Cauca, con la misión de refrescar la sangre mexicana de la ganadería de Ernesto González Piedrahíta. “Lo trajimos en el año 65, y transformó lo de Las Mercedes, la volvió muy importante. Lo malo fue que el doctor González Piedrahíta no pudo disfrutar aquello. Algunas vacas y novillos pudo ver en el campo, pero cuando se lidiaron los primeros hijos de Pescador en una plaza,  Medellín-  ya había muerto. Fue una pena, me tenía mucho cariño, y yo a él”, contaba el maestro Pimentel.

 

Santa Bárbara

Aquella tarde en La Macarena de Medellín, a la que se refería el maestro Jerónimo Pimentel, se celebró en enero de 1972, justo cuando él estaba entregando La Santamaría, y corriendo por última vez las cercas de la que fue su primera ganadería, la de Santa Bárbara.

Fue cuatro años atrás, en 1968, y entre los paisajes que dividen los cerros de Monserrate y Guadalupe, cuando Pimentel puso su sueño ganadero a volar. No lo hizo solo, ahí estaban sus socios, Víctor Rodríguez y Miro Abitbol con quienes trajo de Las Mercedes, toros y vacas procedente de Saltillo, lo de Julián Llaguno, cruzado con sangre Santacoloma, vía Felipe Bartolomé. Justo lo que había venido a refrescar el toro Pescador. Hicimos un ruedo improvisado, y ahí probamos los primeros novillos. Salieron con tanta casta que Celestino Correa – torero venezolano- y Mario Restrepo ‘El gato’ – novillero bogotano-, estuvieron por el aire toda la tarde”, recordó alguna vez el maestro.

La nueva dehesa, como vemos, tuvo corta vida. La había comenzado cuando ‘El Poli’, un español arraigado por entonces en Colombia, encontró ese terreno, a unos 20 minutos de Bogotá, se dijo. Tan cerca debió parecerles, por ejemplo, a los del diario El Tiempo, que la anunciaron como “Una ganadería en un barrio de Bogotá”. Pimentel lo confirmaba: “Socio, es que es del barrio Las Nieves”. En realidad, aquella ganadería nació más para albergar los toros que la entonces empresa bogotana traía a La Santamaría, pues “una sustitución de última hora nos ofrecerá ningún problema, son únicamente 20 minutos de camino, estamos más cerca que el Batán de Las Ventas”. Que se sepa, nunca hubo ocasión para comprobar tan rápida solución.

Lo que, si se llegó a comprobar, fue ese letrero, escrito en letras mayúsculas, sostenido por un palo, a la entrada de la finca, y que muchos se negaban a creer: “PROHIBIDO PASAR POR LOS POTREROS. ES DE PELIGRO DE MUERTE, PUEDE SER GANADO DE LIDIA O EL CAPORAL LE PEGUE UN TIRO”. Lo había colocado ‘El Poli’, no para ahuyentar a maletillas, sino a los paperos, “el problema es que si no sabían leer…”, recordaba, entre risas, el maestro Pimentel.

Aquel nombre, el de Santa Bárbara, estuvo a punto de quedar en el olvido. Tras la ruina en La Santamaría, Pimentel y sus socios tuvieron que venderla. La compró el picador Félix López, pero no con el fin de hacerse ganadero famoso, y más temprano que tarde, le puso otro letrero: “Se vende”. Tan Pronto se enteró Jerónimo Pimentel de la intención del picador, convenció a Carlos Barbero Muñoz, a quien siempre trató como a un hijo, de comprar esos terrenos desde los que, por entonces, se veían claramente muchas calles bogotanas. Eso sí, Jerónimo se tuvo que quedar con los toros, pues Barbero Muñoz apenas llegó a la finca, lo primero que hizo fue tumbar lo que quedaba de la vieja y rudimentaria plaza. “La volverás a construir”, le dijo Pimentel al nuevo dueño de las tierras de Santa Bárbara, sabedor de su afición. Afortunadamente, el maestro no se equivocó.

 

Con la “ONU” metida en La Bolsa

Aquellos toros, de nuevo en manos de Jerónimo Pimentel, debieron ser parte de lo que llevó a otra finca, muy cerca a la de Santa Bárbara, a La Bolsa, en terrenos donde el maestro Pimentel fundó una nueva ganadería que se lidió con su nombre. Para el recuerdo quedan páginas en los diarios donde se reseñó el indulto del toro de nombre Consentido, con el hierro de la nueva divisa. En aquella tarde de la feria caleña de 1987, hicieron el paseíllo Dámaso González, Joselito y Gitanillo de América. Los hechos de aquel día, 2 de enero, los contó el maestro:

“Aquel sorteo fue intenso, pues alguien dijo que el toro tenía una nube en el ojo. Entonces, Enrique Martín Arranz – apoderado de Joselito- y los banderilleros españoles se mosquearon, querían echar el toro para atrás. Yo les dije que cómo se les ocurría, que aquí en Colombia no había toros de Jandilla como para ponernos en esas; eso en España, donde hay mil. Se armó una importante allí, pero al final todo se calmó y el toro entró al sorteo. Le tocó a Gitano”. Y tranquilo se fue Pimentel para el hotel, pero al volver al patio de cuadrillas “las cosas se volvieron a torcer. A Gitano lo crie como un hijo y le conozco su mirada, y no estaba, no era su tarde. Joselito lo invitó a banderillear su toro, que era el tercero de la corrida, y le pegó un volteretón fuerte, quedó por fuera de la tarde. Entonces, el toro, el que no querían por la mañana, lo tuvo que torear Dámaso. Fue extraordinario, noble y encastado, se quería comer la muleta, siempre humillando. Ese toro marcó para siempre mi concepto de bravura”.

Consentido, tras ser indultado por Dámaso González llegó entonces a La Bolsa. “Eso era como la ONU. Imagínate, socio, estaba importando ganado desde 1964, a Venezuela. Allá se hizo lo de Rancho Grande, la ganadería de Hugo Domingo Molina quien era como mi hermano, y otras siete. Entonces me fui quedando con lo que me gustaba, toros y vacas, me lo regalaban los ganaderos en agradecimiento, tenía de todo, y me traje parte a La Bolsa”.

INDULTO. Consentido, de Jerónimo Pimentel. Cali, 2 de enero de 1987.

Y fue a esa finca donde llegaron los toros que Jerónimo Pimentel importó a Colombia en los años 1980, “todo, lo de Marcos y Carlos Núñez, Jandilla… metía hasta 360 reses en un avión, y luego le vendí a todo el mundo aquí y me fui quedando con cositas que me gustaban, hasta que me hice con una gran ganadería”. Y muchos ganaderos también. “No me lo reconocen, solo algunos, pero sí que es verdad que gracias a esa importación Colombia se puso en un gran nivel ganadero.

 

Gracioso, el 120 de don Jerónimo

Y fue en esas ganaderías, donde el maestro Pimentel fue regando su tesis ganadera: “En América, y también en España, los animales que habían, eran hechos para ir al caballo. Los ganaderos se preocupaban de eso, que fueran muy bravos para la pica y no de que tuvieran buenos pases en la muleta. Anotaban hasta 10 o 12 puyazos en sus libretas y calificaban la vaca. Ahora ya se preocupan por los pases que aguante la becerra, y en eso he contribuido acá, en América”. Por lo mismo, es común ver ahora en los tentaderos que las vacas acudan máximo tres veces al caballo, “pero hay que pegarles unos 30 muletazos, que si no lo has buscado en la tienta no lo vas a encontrar en la plaza. Las vacas heredan su bravura y los toros el comportamiento”.

Una tesis con alta nota en El Paraíso, la cima ganadera de Jerónimo Pimentel. “Me tocó vender lo de La Bolsa. Hice empresa en Quito, se llenaba la plaza, pero el cambio de moneda me iba arruinando. Y luego aparecieron por Colombia Enrique Martín Arranz y Joselito que querían una ganadería para traer toros. Habían buscado en Ecuador, y luego aquí, en lo de Clara Sierra, pero no hubo acuerdo, entonces vinieron por mí. Y como estaba sin ganadería, les dije que sí, que pa’ lante. Yo puse la tierra y ellos el ganado”.

De esta manera llegaron a pastos de Choachí, en 1990, vacas de Juan Pedro Domecq, Jandilla y de El Torreón. “Cinco años después se trajo casi un centenar de vacas, de lo de Luis Algarra y de lo de Joselito -El Tajo y la Reina- además de 16 sementales de lo que ya teníamos, más otros toros de Salvador Domecq y de Concha Navarro. Todos erales, incluso los trajimos a granel, en unos aviones rusos. La mitad de las vacas se quedó en Colombia y la otra mitad se mandó para Venezuela. Y en ese lote de toros llegó el 120, Gracioso, hijo de Ilusión. Lo había tentado Joselito, era de lo de Juan Pedro Domecq, pero como tenía poca cara no les valía y me lo enviaron a mí. Ese toro llegó marcado como ‘Estrella’, ‘Superior en todo lo bueno’, con unas notas de 9-9-9. Lo tuve en producción, pero además de ese toro regalé mucho semen; hicimos patria con el 120, al que podía pagar le cobramos, al que no, pues se lo regalaba”.

EL PARAISO. Los toros de Jerónimo Pimentel.

La estirpe de aquel Gracioso comenzó el mismo día en que debutó El Paraíso. “Echamos una corrida en Cali, – 5 de enero de 2001- la torearon Dávila Miura, Diego González y El Juli quien indultó el toro que cerró la tarde, cuando aquello era ya un éxtasis, pues todos los toros, hijos del 120, habían dado buen juego. Nos llevamos todos los trofeos de la feria”. Buboso era el nombre de aquel toro indultado por Julián López, el primero de una larga lista en la que se leen nombres como Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado, Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso… Nietos, y tataranietos. Tú, cuando veas un jabonero en una plaza de toros, es descendencia del 120, no solo en Colombia, también en Perú, Venezuela y Ecuador”, aclaró en su momento el maestro Pimentel.

 

El apoderado

Ya mencionamos como el maestro Pimentel apoderó a Gitanillo de América hasta llevarlo a su alternativa, pero fueron más los toreros que, con contrato o sin él, recibieron su ayuda. Lo solía decir, “no valgo para apoderado, yo lo que hago es ayudar”, como desde esos días en que trajo a sus colegas españoles a descubrir América, en plazas portátiles o de cemento, en ciudades o pueblos, hasta, ya como empresario, o colaborador de empresas, y con la chapa de apoderado.

A PANAMÁ. Jerónimo Pimentel, El Cordobés y Enrique Trujillo, entre otros, en busca de una nueva conquista, a bordo de un avión de carga.

Quizás fue Héctor Jiménez el primer novillero al que envió a España, en busca de su formación como torero, y el segundo poderdante de Pimentel en hacerse matador de toros. Bastó un triunfo del novillero bogotano en La Santamaría, para que Jerónimo lo citara en su oficina, entonces en el hotel Intercontinental, para darse el acostumbrado apretón de manos. Luego, Jiménez acompañó por muchos años al maestro en las labores de campo, no solo en una plaza de tientas, también en los manejos que conlleva la importación de toros bravos.

Antes, Pimentel firmó los contratos de Pepe Cáceres, en tiempo de discordia con Manolo Chopera, por lo que el maestro de Honda pagó los platos rotos quedándose por fuera de la feria de Manizales, a pesar de triunfar en ella. También apoderó por breve espacio a César Rincón. Y luego habría que desplegar una larga lista para mencionar a los novilleros a los que les dio desde un consejo hasta una vaca.

Eso, aparte de ser representante en América de figuras del toreo. Ya antes nombramos a Luis Miguel Dominguín, pero también lo fue de Manuel Benítez El Cordobés a quien llevó a torear a plazas impensables, pero bien remuneradas, como una en Panamá, donde Jerónimo Pimentel se había puesto el traje de luces años antes, para torear junto a Manolo Zúñiga, al que también ayudó. En 1985 firmó su última exclusiva para América, la que le hizo a José Cubero Yiyo, pero dos meses antes de empezarse a cumplir, se atravesó el toro que le partió el corazón al torero madrileño.

 

Una plaza de toros, un ancianato y una escuela taurina para Choachí

Precisamente era tan larga esa lista de novilleros que, el maestro, en toda la extensión de la palabra, se puso a montar una escuela taurina. Fue en el año 2005, cuando cerca de 15 muchachos llegaron a recibir clases de tauromaquia en la plaza de Choachí. Pero no eran solo esas clases, también una casa para albergarlos, con comedor incluido. Entre esas filas de aspirantes, estuvo Sebastián Cáqueza, la última obra de Pimentel, para el que no solo logró una alternativa, también una tarde en Las Ventas de Madrid.

MAESTRO. En su escuela taurina de Choachí.

Debieron ser muchas las lecciones del maestro en esa plaza de Choachí, o en la cancha de futbol si había llovido. Cuántas veces bajaría el maestro de su finca, en botas pantaneras, para contarles el siguiente tentadero, o para decirles que había que dormir temprano, que no los fuera a pillar un toro fuera de forma, y ahí, entonces, seguro les contó aquello de su presentación en La Real Maestranza: “En el 53 fui a Sevilla como espectador, había triunfado en Madrid, pero no me colocaron en La Maestranza. Apenas arrancar la feria vi como un toro de Guardiola Cobaleda le pegó una cornada fuerte a Antonio Ordóñez. Total, después de aquella corrida me fui a la feria con el cantante Bing Crosby – cantante y actor estadounidense -, que me lo habían presentado. Cuando llegué a la habitación del hotel Colón, a las dos de la mañana, me encontré la silla con el vestido de torear dispuesto. Pregunté ‘¿esto qué es?’ y me dice el apoderado – Cristóbal Becerra-  que estaba a pocas horas de sustituir a Ordóñez en Sevilla con la corrida de Miura. Se me cortaron las copas que me había tomado”.

Aquella plaza, la de Choachí, realizada, también, con participación del maestro, fue inaugurada en 1997. Con capacidad para 5 mil personas, su corrida anual tuvo durante muchos años un noble propósito: buscar beneficios para el ancianato que Pimentel abrió en el pueblo. De cómo nació el albergue, lo contó varias veces el propio maestro: Un día paseando por el campo, en Choachí, vi a una campesina que había parido un niño que se le murió, ahí, en un puente. Una tragedia aquello. ¿Qué hacemos?, me pregunté. Ya sabía de tres viejitos que estaban viviendo en una casa caída, y entonces me dije, hay que hacer un ancianato. Monté una plaza portátil en el pueblo y di una corrida con toros míos. Con el dinero que quedó hicimos un primer edificio, y al otro año otra corrida y otra parte del ancianato, y así… Llegamos a albergar a 23 viejitos, además de los almuerzos que dábamos. La corrida se hizo hasta que se atravesó el COVID, primero, y luego los antitaurinos que nos llamaron asesinos, pintaron la plaza y la gente no volvió como antes, y lo que queda no da para sostener el ancianato”.

 

El secuestro, otra ruina

Cuando llegó el segundo lote de toros y vacas de España a El Paraíso, en 1995, Jerónimo Pimentel fue secuestrado: “En ese transcurso de traer las vacas, el frente guerrillero 53 de las FARC me secuestró. Se corrió la voz de que íbamos a traer de España unas vacas valiosas, y eso los indujo a tratarme como multimillonario. Yo traté de conversar con ellos, pero no hubo manera, me llevaron. Me juntaron con tres americanos, con los que apenas si me hacía entender, y ellos conmigo. Total, se tuvo que vender media finca, se perdió eso, pero en todo caso me fue mejor que a los americanos. A mí me soltaron tras pagar el rescate, a ellos, tiempo después, los mataron. Una Tragedia”.

Ante los hechos, Jerónimo decidió salir de Colombia: “Estaba asustado, y me fui para Venezuela, pero vino lo de Hugo Chávez. Yo tenía todo organizado de nuevo allí, pero le dio – a Chávez- la tontería de decir que como vieran una finca que no estuviera trabajada que la invadieran, pero invadieron todo. A mí me quitaron dos fincas, perdí 40 años de trabajo, no solo de ganado de lidia sino de carne. Se perdió una vacada que iba a ser importante. Eso me perjudicó y prácticamente me arruinó”.

****

JERÓNIMO PIMENTEL.  Con un toro de Escudero Calvo en Madrid. El novillo que remató a “mordiscos” y en un tentadero.

La temporada del año 2008 significó para El Paraíso su adiós. No solo pagó un alto precio por haber defraudado en la tarde del regreso de José Tomás a La Santamaría, también sufrió la falta de memoria de los que pronto dejaron atrás tantas tardes de gloria alcanzadas por las embestidas de los jaboneros de Jerónimo Pimentel. Alguna vez se le escuchó decir que lo dejaban con los encierros listos y al final no se los contrataban. A la larga, no solo desconocieron una ganadería fundamental en el país, también, al hombre que representó el último eslabón del campo bravo en Colombia. Jerónimo Pimentel lo sabía y lo asumía: “El Paraíso ya hizo lo que tenía que hacer, poner a circular en Colombia un toro de lidia que embista bien, humillado, y con muchos muletazos. No le dan el lugar que merece, por encima pusieron a ganaderías que se hicieron bajo su sombra, que le vamos a hacer…”.

****

Jerónimo Pimentel

Cenicientos (Madrid), 5 de marzo de 1931 – Bogotá, 17 de marzo de 2026.

Alternativa: Burdeos, 3o de septiembre de 1951.

Confirmación: Madrid, 20 de abril de 1952.

 

Fuentes:

El Tiempo

El Espectador

Revista 6 toros 6

Papel Salmón / La Patria

Revista El Ruedo

Torerías Ecuador

El Cossío

Comparte este contenido